MARÍA
La alarma de mi reloj sonó a las ocho como lo hacía cada noche y, como también ocurría todas las noches a esa misma hora, un sentimiento generalizado de miedo se apoderó muy rápido de mi cuerpo, porque sabía que mi esposo estaba a punto de llegar y que todo debía estar listo para cuando eso pasara, porque de no ser así yo terminaría pagando el precio de no haber hecho un buen trabajo, por ser una mala esposa y no servir como mujer, palabras que mi marido usaba de manera habitual, las mismas que me dijo desde la primera noche en que estuvimos juntos, cuando se dio cuenta de que yo no tenía idea de qué era lo que debía hacer para complacer un hombre.
Sí, eso fue lo que ocurrió en nuestra noche de bodas, en esa lujosa habitación de un presuntuoso hotel, ubicado en medio de un hermoso lugar a la orilla de la playa, un paraíso que en aquella noche se vio opacado por el hecho de que ese hombre a quien mi papá me entregó, me violó durante varias horas, diciéndome que no sabía cómo ser una mujer, reclamándome por no saber cómo provocarle el más mínimo placer, torturándome sin piedad mientras yo gritaba de dolor implorándole que se detuviera, sin que mi marido demostrara el más mínimo interés en mi sufrimiento, sin que lo afectara mi llanto, sin hacer caso de mis suplicas para que detuviera esa cruel tortura que me vi obligada a vivir en aquella primera ocasión que recibí a un hombre entre mis piernas, sin que yo pudiera hacer algo para que mi esposo no fuera consumido por el efecto de ese odio tan inmenso que parecía inspirarle estar cerca de mí.
¿Por qué me casé con él? ¿En qué estaba pensando cuando lo acepté como mi esposo? ¿Por qué no me iba de su lado y hacía mi vida por mi parte? ¿Cuál fue la razón de que después de esa noche no saliera corriendo de su lado y buscara refugio en los brazos de mi padre? Esas eran las preguntas que me hacía la gente que estaba cerca de mí, viendo todo lo que ese hombre me hacía, personas que no entendían cómo era posible que una chica de veinte años pudiera soportar las golpizas que me daba, las humillaciones a las que me sometía y los maltratos que tenía que aguantar cada día de mi vida, preguntas cuya respuesta no radicaba en nada que tuviera que ver conmigo, pues el casarme con el comandante no fu decisión mía, sino de mi padre, uno de los jueces más reconocidos del Gobierno Central, y también uno de los más temidos, un hombre con quien no estaba permitido discutir ni negociar, el mismo que me ordenó casarme con ese capitán por razones políticas, a pesar de que estuviera comprometido con otra mujer, de que yo no quisiera estar con un hombre a quien ni siquiera conocía.
El sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal me alertó de que mi marido había regresado a casa, un hecho que me hizo correr desde la cocina hasta el pasillo por donde mi esposo entraría, alisando mi vestido para que no notara la más mínima arruga, mirando rápidamente en todas direcciones para comprobar que nada estuviera fuera de su lugar, que todo estuviera limpio, tratando con ello de evitar que mi marido tuviera excusas para golpearme al menos durante aquella noche, permitiéndome de esa manera dormir en paz, refugiada en el silencio de una cama que no compartiría con el capitán, quien en realidad no volvió a tocarme después de aquella infame y aterradora noche de bodas que viví a su lado.
Lamentablemente, incluso antes de que mi marido terminara de abrir la puerta, todas mis esperanzas de tener una noche tranquila se desvanecieron en el momento en el que noté que el capitán no estaba solo, que lo acompañaban otros oficiales del ejército, los mismos que en cuanto me vieron sonrieron y me miraron de esa forma tan lasciva con la que solían observarme durante esas noches en las que solía convertirme en la atracción principal de sus reuniones, las mismas en las que mi esposo me entregaba sin titubeos a esos sujetos para que intentaran dejarme preñada, pues a pesar de que no me amara y de que el hacer el amor conmigo le resultara tan repugnante como para hacerlo él mismo, el sueño de tener un hijo se había convertido en una obsesión para un hombre tan poderoso como lo era mi esposo.
- Sirve la cena. Estaremos en la sala - ordenó sin más, mirándome de la misma forma despectiva como lo hacía cada noche al regresar a casa, antes de que él y sus amigos pasaran a un lado de mí, dirigiéndose de inmediato al bar donde pasarían algunos minutos bebiendo y hablando de sus cosas mientras yo me dedicaba a servirles, tratando de darme prisa, de que todo saliera perfecto para no hacer enfadar a mi marido, para que aquella noche terminara justo después de que esos hombres me hubieran usado, sin que mi esposo me golpeara o tratara de desquitar su odio y frustración conmigo.
- Ya te lo dije, Damian. El movimiento Aurora se acabó. Incluso si quedó libre alguna de esas revoltosas, no tardaremos mucho en encontrarlas y en serio dudo que se atrevan a hacer algo después de ver lo que hicimos con todas esas rameras que capturamos - dijo uno de los oficiales, con una voz tan grave que resultaba inquietante, un tipo negro y enorme, con la cabeza rapada y el atisbo de una barba incipiente en su mentón, quien me miró con algo de incomodidad mientras me acercaba al comedor y servía los platos de la cena, escuchando aquella charla sin proponérmelo, pero poniendo tanta atención como podía en cuanto noté que estaban hablando del nuevo sistema de siervas.
- ¿Y ya está? ¿Tan fácil como eso? ¿Podemos relajarnos y tomarnos unos días? - le preguntó mi marido, sonando fastidiado, mirando al tipo negro con tal severidad que hizo que ese hombre enorme y musculoso bajara la cabeza, algo que en realidad no me sorprendía, pues el capitán tenía una cierta facilidad para imponer su voluntad incluso si necesidad de usar la fuerza. Era un hombre que inspiraba miedo a donde fuera que estuviera - no, las cosas no son tan fáciles como crees Khan, tienes que pensar mejor las cosas antes de hablar - le replicó mi esposo, con esa soberbia y ese tono lleno de burla y condescendencia con el que solía hablarle a ese hombre - cada una de las mujeres que capturamos vivía en un entorno lleno de hijos, padres, hermanos, esposos, novios y un sinfín de hombres que no verán con buenos ojos lo que hicimos con sus mujeres, tipos a quienes las compensaciones y la reasignación de bienes no los harán quedarse de brazos cruzados, que van a buscar pelea, a quienes vamos a tener que neutralizar o eliminar tarde o temprano por el bien del orden y de la estabilidad del Gobierno Central.
- Entonces ¿No cree que el programa de reasignación de bienes e indemnizaciones funcione como lo propuso La Corporación? - preguntó el otro tipo, el llamado Damian, un pelirrojo que lograba ponerme la piel de gallina con tan solo saber que se encontraba en la misma casa en donde yo vivía.
- El asunto de la reasignación de bienes y de las indemnizaciones es solo un paliativo, ya lo verás, no pasará mucho tiempo para que haya nuevas protestas, para que las calles vuelvan a llenarse de rebeldes, de idiotas reclamando a sus mujeres, enojados con el Gobierno Central, porque no creo que tener siervas a su servicio sea suficiente para los hombres que perdieron a las mujeres que amaban - dijo el hombre con un tono particularmente sombrío, mirándome desde donde estaba, imprimiendo en su expresión todos aquellos oscuros sentimientos y pensamientos que le inspiraba, nada que me hicieras sentir tranquila o que me sugiriera siquiera que esa noche estaría a salvo.
- ¿En serio está hablando de amor, capitán? - le preguntó el tipo pelirrojo, un sujeto más bien delgado, pero muy alto, un tipo astuto, que me deba miedo tenerlo cerca, que me hacía sentir en peligro con su sola presencia y que en esa ocasión habló con una voz irreverente a mi esposo, una que solamente le hizo dibujar una sonrisa en los labios y componer una expresión enloquecida que se rápidamente apoderó de toda su cara.
- No sé por qué te extraña. Soy el hombre más amoroso que conozco - expresó el capitán, haciendo que Damian soltara una carcajada mientras el otro tipo se limitaba a sonreír, sin que al parecer aquel comentario le hubiera hecho mucha gracia en realidad.
- La comida está servida, cariño - dije, agachando la cabeza, sin mirarlo a los ojos a pesar de que sabía que él me estaba observando, pronunciando aquella última palabra porque hacía tiempo que él me había enseñado a golpes a llamarlo siempre de esa forma cuando estuviéramos en presencia de otras personas.
Los hombres se levantaron de sus asientos en cuanto mi esposo les hizo una señal con la cabeza para que lo hicieran, antes de que el capitán pasara de largo sin siquiera mirarme, sin tocarme ni dirigirme una sola palabra, seguido por sus amigos que me observaron con miradas morbosas mientras yo me quedaba ahí parada, muy quieta, sintiendo las manos de esos hombres en mis senos y mi trasero cuando me tocaron de pasada.
Como muchas otras veces ya había ocurrido, la cena se tramitó sin que nadie pareciera notar mi presencia, porque los hombres siguieron platicando de sus cosas sin incluirme en su charla, a veces sin siquiera mirarme mientras yo comía tan aprisa como podía, tratando de no llamar la atención de nadie, sabiendo que si no terminaba mi cena antes de que el capitán lo hiciera, me haría acreedora a una reprimenda y seguramente también me quedaría con hambre, un esfuerzo que me permitió estar de pie a un lado del capitán para el momento en que los hombres terminaron de comer, esperando a que me diera la orden de levantar los platos para que los oficiales se fueran a la sala a continuar con sus charlas mientras yo me hacía cargo de los trastes en la cocina.
- Recoge - ordenó el capitán sin mirarme, levantándose de inmediato, seguido por sus amigos - no te demores mucho en la cocina. Los chicos quieren pasar algo de tiempo contigo - me ordenó con frialdad al mismo tiempo que caminaba en dirección a la sala.
- Sí, cariño, me daré prisa - respondí, sintiendo de nuevo ese vacío en mi estómago que me provocaba el saber que una vez más estaría expuesta ante esos tipos, temiendo el momento en que me quedara a solas con ese sádico pelirrojo, porque sabía que había algo muy malo en ese hombre que disfrutaba tanto de todas las cosas que solía hacerme cuando me veía forzada a recibirlo en mi cuerpo, un temor que tuve que hacer a un lado al tener una tarea en mis manos, una que en la mayoría de las veces solía ser algo simple, pero no cuando mi esposo estaba en compañía de otras personas, no en esas ocasiones en las que una tarea tan insignificante como lavar los trastes, adquiría un potencial peligro y una complejidad digna de temerse, porque sabía que tardar demasiado en ello haría perder la paciencia al capitán y me haría acreedora de una paliza o algo peor, de la misma forma como tenía claro que apresurarme demasiado me haría ganar una reprimenda por no hacer bien el trabajo de una esposa, como el capitán le llamaba a todo lo que yo hacía en la casa.
Por suerte aquella noche me demoré tan solo el tiempo exacto para que mi marido no me castigara de alguna manera, regresando a la sala en cuanto terminé, sentándome en el sillón que se encontraba a un lado del capitán mientras tomaba un trago tras otro de licor, sin dejar de hablar, sin que los otros oficiales dejaran de prestarle atención, ni siquiera cuando su discurso dejó de tener sentido como consecuencia de las grandes cantidades de alcohol que ya había consumido, una charla insulsa que solo terminó cuando mi marido comenzó a entrecerrar los ojos y cabecear, balbuceando aquellas palabras que me decía siempre antes de perder la consciencia, las mismas que solían iniciarlo todo con esos hombres que acudían a mi casa con el único objetivo de dejarme preñada y hacer mi vida mucho más miserable de lo que ya lo era.
- Atiende a mis amigos. No quiero quejas. Obedece cada cosa que te manden a hacer - expresó con palabras arrastradas antes de caer inconsciente, de que mirara en dirección de esos tipos, encontrándome la expresión severa del hombre negro y aquella enloquecida mirada que me dirigió el pelirrojo, la misma que me hizo temblar de miedo una vez más mientras estiraba su mano y con un movimiento de sus dedos me indicaba que me debía levantar, una orden muda que obedecí de inmediato, porque sabía muy bien lo mal que me iría si desafiaba a uno de esos oficiales mientras mi marido estaba inconsciente.
- ¡Carajo! ¡Eres tan obediente que quizás esas putas de Aurora deberían pasar algo de tiempo contigo para aprender a ser unas buenas siervas! - dijo el pelirrojo antes de soltar una carcajada, al tiempo que me acercaba a él hasta sentir sus manos posándose en mis caderas, deslizándose hacia la parte baja de mi vestido para tocar mis piernas - y por si eso fuera poco, has pasado tanto tiempo con ese idiota que ya ni siquiera te resistes a lo que estamos a punto de hacerte.
- ¡Ahhh! - gemí con fuerza, experimentando cómo se sobresaltaba mi cuerpo en cuanto sentí los dedos de ese hombre presionando mi vagina, por encima de mis bragas, haciéndolo con ese sadismo con el que siempre me trataba, riendo con esa expresión malvada en su cara.
- Sí, sé que te gusta, porque tienes alma de ramera y no puedes esconder lo mucho que disfrutas de tener a un hombre entre las piernas, de que te toquemos, de que te usemos como mejor nos convenga - expresó casi en un susurro que se veía continuamente perturbado por los gemidos que escaparon de mi boca mientras ese hombre me tocaba, al tiempo que hacía a un lado mis bragas para meterme los dedos en el coño, sintiendo mucho dolor cuando lo hizo, al no estar lo bastante lubricada como para recibirlo, viendo con temor la forma como ese animal disfrutaba de mi sufrimiento.
- Damian, te agradecería que me dejaras usarla antes de que empieces con tus juegos. Mañana debo presentarme temprano en el centro de registro, así que… si eres tan amable… - intervino el hombre negro, dejando que su voz grave sonara con ese toque de fastidio que le provocaban los juegos de su compañero.
- Eres un aguafiestas - se quejó el pelirrojo, mientras miraba al otro oficial con una expresión de fastidio - pero está bien, diviértete tú primero, porque lo que le voy a hacer con María llevará algo de tiempo - comentó con una voz resignada, antes de sacar sus manos de debajo de mis piernas, de que lo viera levantarse para servirse otro trago y luego ir a la cocina mientras el hombre negro se paraba delante de mí y comenzaba a desabrocharse el cinturón para luego bajar su pantalón, dejando su enorme y monstruosa verga a la vista, haciendo que tragara saliva, que mis ojos parpadearan ansiosos a la vez que el tipo me ponía una de sus enormes manos en la cabeza y me obligaba a arrodillarme frente a él - haz lo que puedas, María, sé que no te cabe todo en la boca, pero haz lo que puedas. Espero que no te molesten los olores con los que te vas a encontrar, porque estuvimos todo el día violando a esas malditas putas del movimiento Aurora - dijo con cansancio, como si el obligarme a practicarle sexo oral fuera una tarea que no pudiera evitar, que no disfrutaba de llevar a cabo, pero que no tenía más remedio que hacer dado que el capitán se lo había ordenado.
La verdad es que el tener su miembro en mi boca y verme obligada a soportar sus malos olores, no eran nada nuevo para mí, nada que provocara alguna clase de reacción de mi parte, pues era algo a lo que hacía tiempo que ya me había acostumbrado, a pesar de que el tomar su pene aún me hacía temblar de pies a cabeza, porque era tan grande que no podía abarcar circunferencia por completo con una de mis manos, tan masivo que tenía que tomarlo con ambas para poder masturbarlo y lograr que se pusiera duro antes de empezar a besarlo, abriendo la boca tanto como podía sin abarcar su glande por completo, limitándome a succionar la apertura de su pene, a pasarle la lengua para hacerlo gemir mientras su mano permanecía inmóvil en mi cabeza y el sabor de los fluidos de todas aquellas mujeres que usó durante el día, se dispersaba de una manera repugnante por toda mi lengua.
- Sóbame los huevos y luego quiero que te los metas en la boca - me ordenó, obligándome a obedecer, a acariciarlo como quería durante un par de minutos para luego desplazar mis labios hacia esa parte de su cuerpo y succionar sus testículos e introducirlos en mi boca como él me lo mandó a hacerlo, jugando con ellos con el movimiento de mi lengua mientras trataba de acariciar su pene con una de mis manos, sin lograr hacer mucho al respecto, pues eran pequeñas y sabía que era poco el placer que podía brindarle al estimularlo de esa manera - ¡Eso es pequeña puta! ¡Ahhhhhhhhhh! - gimió en una prolongada expresión de placer ante lo que estaba haciendo con sus testículos, tomándome con ambas manos de la cabeza, haciendo que me sintiera insignificante ante el tamaño de ese hombre, ante lo fácil que para un tipo como él resultaría hacerme mucho daño, quien metió sus manos entre mi cabello y levantó un poco una de sus piernas para facilitarme la tarea de comerme sus huevos, obligándome a soportar el olor que desprendía de entre sus piernas, la sensación de su sudor en mi barbilla y de su vello púbico al presionarse contra una gran porción de mi rostro - ¡Ahhhhhhhhhh! ¡El capitán tiene razón! ¡Ahhhhhhhhhh! ¡Ya te tiene bien domesticada! ¡Ahhhhhhhhhh! ¡Sigue así, María! ¡Lo haces muy bien! - exclamó, haciendo que una vez más me sintiera humillada, dominada y atrapada en esa vida que mi padre me condenó a vivir desde el momento que me entregó a ese capitán, como si yo no valiera nada, como si no fuera más que un objeto del que pudiera deshacerse sin que ello le provocara el más mínimo conflicto - ¡Ahhhhhhhhhh! ¡Ya es hora, María! ¡Levántate! ¡Tratemos una vez más de dejarte preñada! - me ordenó, haciendo que me levantara, quedándome frente a frente con él mientras sentía cómo me quitaba el vestido, demostrando una calma y delicadeza que no parecían estar demasiado acordes con la apariencia de aquel sujeto, quien una vez más, al igual que lo hizo tantas veces en el pasado por orden del capitán, trataría inútilmente de dejarme embarazada, porque mi esposo quería tener un hijo a como diera lugar, aunque supiera que no sería suyo, porque necesitaba tener un heredero a quien dejar sus riquezas, un deseo que yo me había encargado de que no viera cumplido, tomando remedios anticonceptivos varias veces al día, pues me negaba a traer a un niño a un mundo tan horrible y degenerado como aquel en el que vivía, aquel en el que los hombres miraban con normalidad el que una mujer tuviera que someterse a la clase de trato que me brindó mi esposo desde me vi obligada a estar siempre a su lado.
Arrodillarme en el sillón, sentir las enormes manos de ese sujeto en mis caderas mientras me inclinaba hacia el frente, liberando algunas lágrimas al conocer el dolor que ese inmenso animal me provocaría mientras experimentaba su enorme sexo coqueteando con mi vagina, siempre resultaba una experiencia traumática que me esforzaba por soportar sin terminar devastada por dentro, porque más allá del sufrimiento físico que ese tipo me solía provocar, el recibirlo en mi vientre me recordaba que mi vida no me pertenecía, que el miedo me había hecho renunciar a mi libertad y mi dignidad, entregándole todo lo que era a un sádico hombre como ese capitán que nunca hizo siquiera el intento de quererme, que jamás estuvo dispuesto a permitir que le demostrara que era una buena mujer, que valía la pena como para que intentáramos ser felices a pesar de que nuestro matrimonio no fuera otra cosa que un buen trato para los intereses políticos de mi padre.
- ¡Ahhhhhhhhhh! ¡Por dios! ¡Ahhhhhhhhhh! - grité en cuanto lo sentí entrando en mi cuerpo, dominada por el dolor a pesar de que lo hiciera despacio, porque las dimensiones de su sexo obligaban a mi vagina a estirarse de una manera anormal, de una forma tan dolorosa que me hacía apretar los puños contra el respaldo del sofá, abriendo la boca sin que de pronto escapara ningún sonido de ella, sintiendo cómo me faltaba el aíre a la vez que un temblor aterrador se apoderaba de todo mi cuerpo.
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gemí cuando comenzó a mover las caderas, emitiendo un sonido por cada ocasión en que ese hombre negro me embestía, llorando, sufriendo, experimentando ese ardor en las paredes de mi vagina que ya había sentido decenas de veces, sintiendo cómo mi cuerpo se sacudía ante mis sollozos, sin poder hacer nada más que resistir los devastadores embates de ese hombre tan grande que todo el tiempo me hacía estar al borde de perder la consciencia, rogando para que todo terminara, para que me llenara el coño con su leche y abandonara mi cuerpo de una vez por todas, algo que no pasó de inmediato, que le llevó a ese sujeto el tiempo suficiente como para que perdiera poco a poco la fuerza de mi cuerpo mientras sentía sus enormes manos apoderándose de mis senos, golpeando con brutalidad mi trasero, provocándome tal clase de dolor que en algún momento logró convertir mi llanto en un sonido lejano que no parecía tener nada que ver conmigo, hasta que al fin se vino en mi vientre y me dejó arrodillada sobre el sofá, con mis manos temblando al no ser capaces de soportar el peso de mi cuerpo por sí mismas, una imposibilidad que me hizo caer recostada, respirando con dificultad a la vez que sentía el palpitar de mi coño y la forma como el semen de ese imbécil abandonaba el interior de mi vagina, con tanta abundancia que incluso se hizo un pequeño charco en el sofá, sintiéndome tan mal que hasta llorar parecía un esfuerzo demasiado grande como para continuar haciéndolo.
- Toda tuya, Damian. Nos vemos luego - se despidió el hombre negro al cruzarse con el pelirrojo, quien salió de la cocina con un par de toallas mojadas, antes de dirigirse al bar y analizar las botellas que ahí tenía el capitán.
- Dime, María ¿Qué te apetece tomar esta noche? Puedes escoger entre vino tinto, tequila o whisky - expresó ese hombre, logrando que, a pesar de mi estado tan debilitado, sintiera de nuevo ese vacío en el estómago nacido en el profundo miedo que me provocaba ese sádico malnacido.
- ¡No, por favor! ¡No esta vez! ¡Te lo suplico! ¡Solo úsame y vete! ¡Por favor! ¡Te lo ruego! - dije en susurros apenas audibles, porque no podía imprimir en mi voz más fuerza que la que ya había usado para decir aquellas palabras que temí que ese maldito no llegara a escuchar.
- María, vamos, sabes que no puedo hacer eso - contestó con irreverencia mientras tomaba una botella de vino tinto y otra de tequila, poco antes de que comenzara a descorchar la primera de ellas - sabes tan bien como yo que el que esté aquí obedece al odio que te tiene el capitán, después de todo, tuvo que renunciar a una vida con la chica a quien amaba tan solo por obedecer a tu padre, así que… - suspiró con fuerza, fingiendo que hacía aquello por obligación y no por lo mucho que disfrutaba de torturarme, como si el verme sufrir no fuera lo que necesitaba para excitarse y entonces poder cogerme hasta descargarse en mi vientre.
- ¡Te lo ruego! ¡No lo hagas! ¡Hoy no! ¡Te lo suplico! ¡No lo hagas! - le imploré, pero él solo sonrió antes de que se acercara a mí con esas toallas mojadas en sus hombros y una botella en cada una de sus manos, haciendo que mi llanto se hiciera más desgarrador mientras lo veía aproximándose a mí, hasta que mi boca estalló en gritos histéricos cuando me tomó del brazo y me tiró al suelo, boca arriba, mientras yo desplegaba una vez más aquellos vanos intentos por evitar lo que me haría, sintiéndome de nuevo abrumada ante la facilidad con la que el pelirrojo me dominó, sentándose en mi pecho, con mis manos apresadas por sus piernas, antes de que dejara caer una de esas toallas en mi cara, haciéndome sentir la humedad de aquel pedazo de tela para luego experimentar cómo dejaba caer el vino sobre ella, provocando que entrara en mi nariz, sosteniendo mi cabeza con su mano libre para que no pudiera moverla, sintiendo cómo la toalla se adhería a mi rostro, adquiriendo la forma de mi cara, convirtiéndose en una especie de piel artificial que al humedecerse con el vino no me permitía respirar, obligándome a sacudir las piernas y tratar de gritar ante esa sensación de ahogamiento que tanto odiaba, que me llenaba de terror, que me hacía desear la muerte conforme los segundos pasaban sin que ese bastardo cediera siquiera un poco, sin que tuviera la más mínima intención de detenerse.
- Sí, lo sé, este vino es delicioso, lo he probado algunas veces en el pasado, aunque admito que jamás lo he disfrutado tanto como tú lo estás haciendo - susurró, sin que yo dejara de sentir cómo el vino obstruía mis vías respiratorias, sufriendo la impotencia de no poderme mover bajo el peso de ese maldito, sintiendo cómo poco a poco iba perdiendo la fuerza y la conciencia, antes de que esa sensación de desvanecimiento se viera interrumpida cuando repentinamente el hombre se detuvo, retirándome la toalla por unos segundos, los mismos en los que tosí expulsando todo el vino que entró en mi cuerpo, para luego comenzar de nuevo, un doloroso ciclo que se repitió varias veces hasta que el vino se agotó y entonces se vio obligado a usar la botella de tequila que llevó consigo, algo que añadió un punto de dolor a su tortura, pues esa porquería hacía arder mis ojos y mis entrañas mientras mi cuerpo se estremecía ante el terror que ese bastardo me inducía, haciendo que aquellos minutos se me hicieran eternos hasta el momento en el que al fin el licor se terminó, el mismo instante en el que me hizo recostarme boca abajo y colocó una toalla alrededor de mi cuello justo antes de que liberara su miembro y comenzara a penetrarme, con ese sadismo que me provocaba querer terminar con mi vida de inmediato, esforzándose por humillarme tanto como podía a pesar de que no lo sintiera demasiado al entrar en mi vagina, pues el tamaño de ese idiota no era ni siquiera comparable con el de aquel negro que había usado mi coño antes de que él lo hiciera.
Por supuesto que un detalle tan insignificante no le interesaba en absoluto a un animal cómo ese pelirrojo, claro que no, para él no había nada más excitante que ser testigo del miedo que podía provocar en otro ser humano, uno que en aquel instante expresaba con la forma como llevaba mis manos a esa toalla que rodeaba mi cuello en un intento por liberarme de su agarre, la misma con la que ese imbécil me ahorcaba a la vez que me penetraba, escuchando los sonidos ahogados que trataban de escapar de mi garganta, que se combinaban de una manera lúgubre y perversa con el sonido de su cuerpo chocando una y otra vez con mi trasero, cimbrando cada parte de mi ser mientras una vez más comenzaba a perder la consciencia, llevándome justo al límite en el que, a pesar de que me quitara la toalla del cuello, me convertía en una mujer incapaz de moverse o hacer nada que no fuera sentir lo que ese maldito hacía entre mis piernas, escuchándolo gemir, sintiendo de una manera confundida, de una manera ausente que solo terminó cuando mi cuerpo logró despertar de nuevo y grité aterrada tas esa sensación de estar muerta en vida, experimentando de inmediato la forma como ese maldito tiraba de mi cabello en medio de mi llanto enloquecido para venirse dentro de mí mientras me mordía los hombros, apretando al final mis senos con tanta fuerza que me hizo gritar de dolor, una vez más, entre las risas de ese maldito psicópata que precedieron al instante en el que ese desgraciado se apartó de mí y se fue a tirar al sillón a descansar, dejándome destruida en el suelo, llorando, sufriendo de las consecuencias de una experiencia tan cercana a la muerte, del terror que me provocó con cada cosa que me hizo.
- ¿Sabes algo, María? Siempre me he preguntado ¿Qué fue lo que le hiciste a tu padre para que te odiara tanto? Porque entregarte a este idiota fue probablemente lo más cruel que alguien pudo haberte hecho, claro, una cosa así no sería de extrañarse siendo tu padre quien es, pero uno pensaría que incluso alguien tan despreciable tendría al menos un poco de compasión por su hija - comentó el pelirrojo mientras se arreglaba la ropa y yo permanecía tirada en el suelo, mirando un punto en la nada, sin poder pensar, siendo apenas capaz de mantenerme despierta - pero qué se puede esperar del mismo hombre que hizo que el sistema de siervas dejara de ser solo un negocio de ocasión para convertirse en la principal fuente de ingresos del Gobierno Central, aunque si te he de decir la verdad, como todo sistema, el asunto de las siervas también tiene sus fallas, unas que al parecer no han notado en los estratos más poderosos, pero que tal vez una chica como tú pueda encontrar con cierta facilidad, eso te convendría, aunque…. - se detuvo, sonando incluso más enloquecido de lo que lo hacía cuando hablaba normalmente, antes de que de pronto encendiera el televisor de la sala y el hombre sintonizara un canal de noticias donde habían hablado durante todo el día sobre la ley Aurora y las modificaciones que a partir de ese día tendría el sistema de siervas - tal vez si pones la suficiente atención, esta sea la última vez que nos veamos, María. Buena suerte, querida - dijo el hombre, riéndose al final, dejando luego que escuchara aquel noticiario en la voz de un nuevo conductor, quien en aquel preciso instante hablaba del destino que tuvo su predecesora.
- Infortunadamente a mi excompañera la han sorprendido cometiendo actos de traición al gobierno, así que, al menos por ahora, seré yo quien les lleve las noticias más importantes de la noche - decía el hombre, con un tono de voz que dejaba claro que no le importaba en lo más mínimo el destino de su excompañera - evidentemente la ley Aurora ha impactado de una manera particularmente grave a nuestra sociedad, pues el día de hoy, tras su promulgación, miles de hombres han perdido a sus esposas, madres, hermanas e hijas, en lo que fue una acción tan radical como necesaria para recuperar la paz en nuestra sociedad, una acción llevada a cabo por parte del Gobierno Central que ha tenido a bien condenar a una vida de esclavitud y servicio a las mujeres que cometan actos de traición contra el gobierno o los intereses de La Corporación.
- Markus, con respecto de eso, hay algo que aún no tengo claro - comentó alguien en la televisión, en un descarado esfuerzo por forzar aquel discurso en una dirección específica - ¿Es verdad que las mujeres que comentan delitos graves automáticamente serán sentenciadas a una vida en el sistema de siervas?
- Es verdad, amigo, algo lamentable de hecho, pero es el mundo en el que vivimos, y me parece que es una medida necesaria para controlar a esos grupos rebeldes que se han salido de control en los últimos meses porque, puesto que dadas todas las muertes que esas mujeres provocaron por la mañana, pareciera que la pena capital no es suficiente como para mantenerlas a raya, razón por la cual el gobierno optó por condenar a esa clase de basura a servir en el sistema de siervas por el resto de sus vidas - respondió el conductor, haciendo que de pronto entendiera lo que el pelirrojo quiso decirme con eso de que el sistema tenía sus fallas, que asimilara el hecho de que cualquier delito cometido por una mujer sería sancionado con esa clase de sentencia, siempre y cuando de alguna manera fuera una expresión de traición al gobierno, una idea que me llevó a pensar en las implicaciones de esa parte de la ley Aurora, en lo que sería una vida como sierva, en el hecho de que, desde que me casé con ese idiota, mi vida en realidad se había convertido en algo muy parecido a lo que tendrían que vivir esas mujeres tras haberse convertido en una propiedad del gobierno, con la salvedad de que, a diferencia de mí, ellas sí contaban con ese maravilloso anestésico llamado ambrosía, esa droga milagrosa que parecía hacer que a las chicas no les importara lo que les hicieran, que incluso parecía hacer que disfrutaran de las perversas cosas que hacían sus amos con ellas al estar bajo el influjo de esa peculiar sustancia, un hecho que me hizo analizar mi vida, que me hizo sentir envidia de esas mujeres, que inevitablemente me llevó a considerar aquel nuevo estatus social como una alternativa a la horrible vida que llevaba a lado de ese sujeto que me maltrataba y que me obligaba a entregarme a esos sádicos hombres tan solo porque él no quería tocarme, porque para él no era una mujer lo suficientemente digna como para hacerme el amor, como para procrear un hijo conmigo.
Admito que la sola idea de terminar con una vida hizo que mi cuerpo se paralizara de miedo por unos segundos, una reacción que por fortuna solamente duró un instante muy breve, antes de que peleara en contra de mi propio cansancio y de los dolores que me aquejaban para poder levantarme, sintiendo cómo los músculos me ardían ante el esfuerzo mientras caminaba desnuda por la sala, dirigiéndome a la cocina para tomar aquel cuchillo que había afilado más temprano, el mismo que usé para preparar la cena de aquella noche.
Fue en esa velada en la que mi vida cambiaría por completo, cuando por primera vez en mucho tiempo mis lágrimas no eran provocadas por el dolor, la humillación o la desesperanza que me provocaba el saber que no era dueña de mi destino, porque el llanto que dominó mi cuerpo nació en esa parte de mi alma que me gritaba desesperada para que termina con ese maldito bastardo, mientras regresaba a la sala y miraba al hombre que me trató peor que a una basura, a ese maldito que me obligó a humillarme y a vivir aterrada, que me hizo sentir que no valía nada, el mismo en cuyas piernas me senté, colocando las mías a los costados de su cuerpo a la vez que sostenía el cuchillo con mis dos manos y lo acercaba a su cuello, sintiendo cómo el semen de esos hombres se derramaba sobre sus piernas sin que él reaccionara, sin que dejara de roncar mientras su cabeza descansaba en el respaldo del sofá, exponiendo su cuello ante mí, cómo si inconscientemente me estuviera desafiando a hacerlo, cómo si no creyera que tenía el valor para librarme de una buena vez de ese maldito bastardo.
El cuchillo se enterró en su cuello con una facilidad escalofriante, haciendo que el dolor lo obligara abrir los ojos, que me miraba mientras recargaba mi peso sobre mis manos, enviando ese afilado pedazo de acero hasta el fondo de su garganta, en un movimiento lento que disfruté como jamás había gozado nada en la vida, viendo cómo brotaban de su boca ríos de sangre mientras sus ojos me miraban, abiertos como nunca antes, sin que el capitán pudiera hacer nada por evitar una dolorosa muerte que llegó en cuestión de segundos, después de que se hubiera ahogado en su propia sangre, quedando al final con aquel cuchillo atravesando su cuello, mientras humedecía uno de mis dedos con ese rojo y cálido líquido que no dejaba de brotar de su cuello, para luego escribir en su frente una sola palabra, una que me evitaría la pena de muerte y me destinaría a vivir como una esclava al servicio del sistema de siervas, una palabra que, irónicamente, en aquel momento me hizo sentir libre, que me hizo sentir parte de aquello que esas mujeres defendieron hasta el momento en que no pudieron hacerlo más, una palabra que pronuncié en voz alta antes de caer desmayada al suelo:
- Aurora.
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