La noche tenía ese brillo especial de las celebraciones que no necesitan motivo. Tras 30 años de casados, él miraba a su esposa con la misma devoción del primer día, pero con un matiz nuevo: el deseo de verla brillar bajo ojos ajenos. En la discoteca, el encuentro con su cuñado fue la pieza que faltaba. El chico, mucho menor, era para ellos casi como un hijo; ella lo consentía y él lo guiaba con la confianza de un padre.Pasaron las horas entre risas y copas. La música subía de tono y la confianza también. El marido observaba desde la mesa cómo su mujer bailaba con su hermano; ella se movía con una naturalidad desbordante, su cuerpo generoso balanceándose al ritmo del bajo. El vestido, ajustado por el sudor y el movimiento, dejaba adivinar el contorno de sus enormes pechos, cuya piel se tornaba de un rosado encendido por el calor y el alcohol.Él se acercó a ella en la pista, rodeándole la cintura mientras el hermano reía, un poco mareado por las copas.—¿Te lo estás pasando bien, mi vida? —le susurró él al oído, sintiendo el calor que emanaba de su piel.—¡De maravilla! —respondió ella con una sonrisa radiante, abrazando a su hermano con ese cariño maternal que siempre los había unido—. Hacía tiempo que no nos divertíamos así los tres.Pero el marido notaba algo más. Veía cómo el chico, en su embriaguez, no podía evitar que su mirada descendiera hacia el escote de su hermana, donde el rosa intenso de sus areolas empezaba a marcarse bajo la tela fina y húmeda. La inocencia de ella contrastaba con la tensión que el marido empezaba a alimentar deliberadamente.Al llegar la hora de cerrar, el cuñado apenas podía mantenerse en pie.—No podemos dejarlo ir así, está demasiado bebido —sentenció el marido, intercambiando una mirada cargada de intención con su mujer—. Se viene a casa con nosotros. Dormirá en el cuarto de invitados... o donde haga falta.
Al llegar a la casa, el ambiente estaba cargado de esa mezcla de cansancio y euforia tras la fiesta. El cuñado apenas coordinaba, así que ella, con instinto protector, le pidió a su marido que lo ayudara.—Entra tú con él, amor, que se dé una ducha fría para que se le pase la borrachera. Yo prepararé algo de café —dijo ella, ajustándose el vestido que aún dejaba ver el rosado intenso de su escote por el calor.El marido llevó al joven al baño. Al ayudarlo a desvestirse para que entrara en la ducha, se quedó de piedra. No esperaba ver algo así en alguien de su propia familia. Entre las piernas del muchacho descansaba una pieza impresionante, una verga de unos 24 centímetros, increíblemente gruesa incluso en estado de reposo. El marido, asombrado, lo dejó bajo el agua fría y salió del baño casi sin aliento, con una sonrisa de incredulidad.Fue directo a la cocina, donde ella servía las tazas. Se acercó por la espalda, rodeando sus curvas generosas, y le susurró al oído con un tono entre bromista y profundamente morboso:—No te vas a creer lo que acabo de ver ahí dentro, cariño. Tu hermanito... tiene un animal entre las piernas.Ella soltó una carcajada nerviosa, pensando que era una exageración.—¡No seas tonto! Es un niño todavía —respondió ella, aunque sus mejillas empezaron a encenderse.—De niño no tiene nada, te lo aseguro —continuó él, soltando una risotada—. Es increíble, parece que la genética se portó especialmente bien con tu hermano. Es mucho más impresionante de lo que cualquiera de los dos hubiera imaginado.Ella se tapó la cara con las manos, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Recordó las bromas que a veces compartían en pareja sobre atributos físicos cuando veían algún video o película, pero saber que algo así era tema de conversación sobre su propio hermano la dejó en un estado de shock cómico.—¡No puedo creer que me estés contando esto! —exclamó ella entre carcajadas de pura vergüenza—. ¡Es mi hermano, por favor, cállate ya!—Es que tenías que haber visto mi cara de sorpresa al ayudarlo —insistió el marido, divertido por la reacción de su mujer—. Me he quedado sin palabras. Te aseguro que es algo fuera de lo común, mucho más de lo que hemos visto en cualquier otro sitio.Los dos se quedaron en la cocina, compartiendo ese momento de risa incontrolable y complicidad. Ella, aunque profundamente abochornada por la situación y por las comparaciones de su marido, no podía evitar reírse de lo absurdo de la escena mientras esperaban a que el cuñado terminara de ducharse para que se le pasara la borrachera.
La cocina se convirtió en el escenario de una comparación tan absurda como excitante. El marido, todavía con la imagen grabada en la retina, no podía dejar de gesticular mientras ella intentaba servir el café con las manos temblorosas de la risa y la vergüenza.—Escúchame, que no exagero —dijo él, apartando una taza y cogiendo un molinillo de pimienta de madera, de esos grandes y robustos—. ¿Ves esto? Pues de grosor andará por ahí, o quizá más. Es una pieza maciza, te lo juro.Ella soltó una carcajada ahogada, tapándose la boca con la mano. Sus grandes pechos subían y bajaban con fuerza por la risa, haciendo que el escote rosado se agitara bajo la luz de la cocina.—¡Cállate ya! ¡Es mi hermano, por Dios! —suplicó ella, aunque sus ojos brillaban con una curiosidad que no podía ocultar.—Que no, que no... y de largo... —el marido buscó con la mirada y agarró un rodillo de amasar que asomaba por un cajón—. Ponle que le faltan apenas unos dedos para llegar a esto. Son 24 centímetros de animal, te lo digo yo que lo he tenido a un palmo ayudándole con el pantalón.Ella se quedó paralizada, con la cafetera en el aire. La imagen mental de su hermano pequeño, al que siempre había cuidado, portando semejante "arma" comparada con los objetos cotidianos de su cocina, la dejó sin palabras. El contraste entre su actitud recatada de siempre y las descripciones gráficas de su marido estaba creando una atmósfera eléctrica.—No puede ser... Estás exagerando por el alcohol —acertó a decir ella, con la cara encendida como una amapola—. Nadie tiene eso así, y menos él.—Te prometo que es más impresionante que cualquier cosa que hayamos visto en esos vídeos que nos ponen a tono —insistió él, acercándose a ella y notando cómo su respiración se aceleraba—. Es una bestia, amor. Y lo tenemos ahí al lado, en la ducha.Ella bajó la mirada al suelo, incapaz de sostenerle la vista, sintiendo un cosquilleo desconocido. La risa empezaba a transformarse en un silencio tenso mientras el sonido del agua cayendo en el baño de al lado parecía cobrar un protagonismo absoluto en la casa.
El marido, poseído por una mezcla de picardía y ese morbo que llevaban años cultivando en la intimidad, dejó el rodillo sobre la encimera y sacó el móvil del bolsillo con una sonrisa conspiradora.—¿No me crees? Pues voy a entrar ahora mismo a llevarle una toalla limpia y la ropa seca —le susurró, acercándose tanto que ella pudo sentir su aliento—. Y voy a intentar sacarle una foto de descuido. Para que veas que no exagero ni un milímetro, que lo que tiene tu hermanito es de otro planeta.Ella se quedó de piedra, con el corazón galopando contra sus grandes pechos, que subían y bajaban frenéticamente bajo la seda del vestido. El tono rosado de sus areolas parecía encenderse aún más a través de la tela por la mezcla de nervios y la prohibición de lo que estaba a punto de ocurrir.—¡Estás loco! ¡No puedes hacer eso! —protestó ella en un susurro, aunque no hizo ningún movimiento para detenerlo—. Es una falta de respeto... ¡y es mi hermano!—Es solo para nosotros, amor. Un secreto entre tú y yo, como siempre —replicó él con un guiño, ya encaminándose hacia el pasillo—. Si viera esto cualquier otra mujer, se volvería loca. Pero quiero que lo veas tú.Ella se quedó apoyada en la encimera de la cocina, apretando una taza vacía entre las manos. Escuchó el sonido de los pasos de su marido por el pasillo y el clic de la puerta del baño al abrirse. El sonido del agua seguía cayendo, y la imagen de los objetos de la cocina —el molinillo, el rodillo— no dejaba de darle vueltas en la cabeza.La tensión en la casa era casi palpable. Ella sabía que estaba mal, que era su hermano pequeño, pero la curiosidad y la excitación que su marido le estaba contagiando eran más fuertes que su timidez habitual. Se quedó allí, en silencio absoluto, esperando a que él regresara con la prueba de que aquel "animal" era real.
El silencio en la cocina era eléctrico, roto solo por el lejano goteo del agua. Cuando el marido regresó, traía una sonrisa de triunfo absoluto y la pantalla del móvil encendida, pero volcada contra su pecho. Se acercó a ella, que estaba apoyada en la encimera con el rostro encendido y los grandes pechos subiendo y bajando por la agitación.—Prepárate, porque no vas a dar crédito —susurró él, girando el teléfono.Ella se tapó la boca con una mano, pero sus ojos se clavaron en la imagen. Era una foto de descuido, tomada mientras el joven se secaba la cara con la toalla, dejando todo lo demás al descubierto. La realidad superaba cualquier comparación con los objetos de la cocina. Era una verga descomunal, de un grosor que parecía imposible, coronada por un capullo enorme y rosado, venoso y potente incluso en reposo.—¡Dios mío! ¡Pero si es un animal! —exclamó ella en un susurro ahogado, rompiendo a reír de pura risa nerviosa y vergüenza—. ¡No puede ser! ¡Mira ese grosor, es como el brazo de un niño!La timidez habitual de ella se desmoronaba ante el morbo de la imagen. Se acercó más a la pantalla, olvidando por un momento que era su hermano.—¡Es que el capullo es flipante! —comentó ella, con la cara a escasos centímetros del móvil—. Nunca he visto nada igual... ni en los vídeos que me pones. ¡Parece que va a estallar! ¿Cómo puede tener eso ahí guardado y que no nos hayamos dado cuenta en 30 años?—Te lo dije, amor —rio el marido, disfrutando de la reacción de su mujer—. Esa sangre es fuerte. Mira qué cabeza tiene eso, es más ancha que mi muñeca.Ella no podía dejar de mirar, alternando entre la risa histérica y una fascinación que la hacía humedecerse los labios. El contraste entre su hermano "el pequeño" y esa bestia de 24 centímetros la tenía en shock.—Es demasiado gruesa... —murmuró ella, ya más seria, con la respiración entrecortada y el rosado de su escote vibrando de excitación—. Si eso se pone duro, tiene que ser... aterrador.
La tensión de la cocina se trasladó al dormitorio como un incendio. El cuñado ya roncaba profundamente en la habitación de invitados, ajeno al torbellino que había desatado, pero la imagen de aquel animal seguía grabada a fuego en la mente de ella.Apenas cerraron la puerta, el marido la tomó con una urgencia que no sentían en años. Ella, poseída por un morbo que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales, se entregó como nunca. Sus grandes pechos se agitaban con violencia, y el rosado de sus areolas destacaba bajo la tenue luz de la lámpara mientras él la devoraba. Cada vez que ella intentaba gritar de placer al sentir un orgasmo tras otro, él le tapaba la boca con la mano o con un beso profundo, recordándole en un susurro: “Chist... que tu hermano te va a oír gozar así por su culpa”. Esa idea la hacía estallar una y otra vez, perdiendo la cuenta de cuántas veces su cuerpo generoso se estremeció de puro placer prohibido.Horas después, empapados en sudor y recuperando el aliento, se quedaron abrazados en la oscuridad. El marido, con una sonrisa pícara, rompió el silencio:
—Oye, admite que hoy estabas a otro nivel. Te he notado... especialmente receptiva. ¿Me vas a decir que no ha sido por la foto del "pequeño"? —rio él en voz baja, dándole un toquecito juguetón.Ella escondió la cara en la almohada, muerta de la risa y la vergüenza, con el cuerpo aún vibrando.—¡Eres un pesado! —logró decir entre carcajadas ahogadas—. Pero... vale, lo confieso. No podía quitarme ese capullo flipante de la cabeza. Es que es tan exageradamente grueso... que me ponía a mil imaginarme algo así.—Lo sabía —sentenció él triunfante—. Treinta años casados y ha tenido que venir tu hermano a recordarte lo que es estar realmente caliente.—¡Cállate ya! —le soltó ella dándole un manotazo cariñoso, aunque con los ojos brillantes—. Mañana no voy a ser capaz de mirarlo a la cara sin pensar en ese rodillo de amasar que tiene ahí abajo.
Tras la tempestad de placer en la cama, el marido no podía dejar de darle vueltas al asunto. Se apoyó en el codo, observando a su mujer, que aún respiraba agitada con sus grandes pechos subiendo y bajando, teñidos de ese rosado intenso por el esfuerzo y la excitación.—Escucha una cosa, amor —susurró él con una sonrisa traviesa—. Mañana mismo vamos a buscar un juguete, un consolador que se parezca a ese animal que tiene tu hermano. Quiero ver si de verdad eres capaz de domar algo de 24 centímetros y con ese grosor de molinillo.Ella se tapó la cara con las sábanas, soltando una carcajada de pura incredulidad.—¡Estás mal de la cabeza! ¡Eso no me cabe a mí ni en tres vidas! Es inhumano, ¿no has visto el capullo que tiene? ¡Me rompería por la mitad! —decía ella entre risas y una vergüenza que la hacía retorcerse.Pero él no cedió. Le apartó la sábana y le acarició las caderas anchas y esos muslos gruesos y potentes que siempre habían sido su perdición.—Mírate, cariño. Tienes un cuerpo generoso, hecho para el placer. Con estas caderas y estos muslos tan firmes, estoy seguro de que puedes con eso y con más. Eres una mujer imponente, no una niña. Si alguien puede con una bestia así, eres tú.Ella se quedó en silencio un momento, mordiéndose el labio inferior mientras sentía el calor recorrerle las piernas ante el cumplido y el reto de su marido. La idea de intentar albergar algo tan exageradamente grueso como lo que había visto en la foto empezaba a ganarle la partida al sentido común.—No creo que pueda... de verdad —murmuró ella, ya con menos convicción y una mirada que delataba su curiosidad—. Sería una locura. Pero... bueno, si tú insistes tanto, supongo que podemos ir a mirar. Solo a mirar, ¿eh?El marido soltó una carcajada triunfal, sabiendo que ya la tenía convencida. La complicidad de treinta años se sellaba con un nuevo plan: encontrar algo que igualara el impresionante tamaño del cuñado para poner a prueba la increíble capacidad de su mujer.
La mañana empezó con un café rápido y un adiós apresurado del cuñado, que apenas recordaba nada de la noche anterior, más allá de la tremenda borrachera. En cuanto cerró la puerta, el marido se giró hacia su mujer con una mirada cargada de intención.—Venga, vístete. Tenemos una misión —le dijo, mientras ella se ajustaba el escote, con sus grandes pechos aún sensibles por la noche de pasión.Llegaron a la tienda con el corazón a mil. Ella caminaba con la cabeza baja, ocultando su rostro encendido, mientras el marido sacaba el móvil con total naturalidad. Se dirigieron a la sección de "tallas especiales" y allí empezó el juego más surrealista de sus 30 años de casados.El marido sacaba un modelo, lo ponía junto a la pantalla donde se veía la impresionante verga de 24 centímetros de su hermano, y comparaba el ángulo.—No, este es largo pero le falta grosor. El de tu hermano es más... contundente —comentaba él en voz baja, mientras ella quería que la tierra se la tragara de la risa y la vergüenza.—¡Por favor, guarda eso! —susurraba ella, mirando a los lados, aunque no podía evitar fijarse en las dimensiones de lo que tenían delante—. Ese... ese de ahí arriba... se parece mucho al capullo flipante que vimos en la foto.Tras varias comparaciones visuales, dieron con "el elegido". Era una pieza de silicona médica de alta gama, pesada, de un color carne muy realista y con un grosor que asustaba. Al ponerlo junto a la foto, el marido asintió: era idéntico. El mismo volumen, la misma potencia. No escatimaron en gastos; compraron el más caro, el de mejor material, para que ella pudiera sentir cada centímetro de esa "bestia" sin lastimarse.—Es igual, amor. Es como tener a tu hermano aquí mismo —soltó él mientras pagaba, provocando que ella soltara una carcajada nerviosa y se tapara la cara con las manos.Salieron de la tienda con la bolsa oculta, pero con la mente volando hacia lo que pasaría al llegar a casa. Ella, con sus caderas anchas y sus muslos gruesos, sentía un cosquilleo de puro terror y deseo al imaginar cómo ese objeto similar al "animal" de su hermano iba a llenar su cuerpo generoso.
El marido ya estaba en la puerta, con las llaves en la mano y una sonrisa que era pura travesura. La caja del "monstruo" de silicona estaba sobre la cama, imponiendo con su grosor de 24 centímetros y ese acabado tan realista que recordaba inevitablemente al capullo flipante del cuñado.—Escúchame bien, amor. Yo me voy a trabajar, pero tú tienes una misión sagrada hoy —le dijo él, guiñándole un ojo—. Quiero que lo estrenes. Quiero que te corras con él y, lo más importante... quiero una foto como prueba de que ese animal ha entrado en tu cuerpo.Ella, sentada en el borde de la cama con sus caderas anchas y sus muslos gruesos a la vista, soltó una carcajada nerviosa, tapándose la cara con las manos. Sus grandes pechos subían y bajaban agitados.—¡Estás loco! —exclamó ella entre risas y vergüenza—. No sé si voy a ser capaz... dudo mucho que me excite tanto como para que ese monstruo entre ahí. ¡Es demasiado, de verdad! ¡Mira qué dimensiones tiene!El marido soltó una risita cómplice y, justo antes de cerrar la puerta, le dijo con tono burlón:—Revisa tu móvil en un minuto. Te voy a mandar una ayuda visual.A los pocos segundos, el teléfono de ella vibró sobre la mesita. Al abrir el mensaje, soltó un grito ahogado seguido de una risa histérica: era de nuevo la foto del hermano, la imagen de ese animal descomunal que tanto la había impactado la noche anterior.—¿De verdad quieres que lo haga con eso en la cabeza? —le escribió ella, muerta de la vergüenza pero con el pulso acelerado.—Te conozco después de 30 años, cariño —respondió él al instante—. Sé perfectamente que ver eso va a hacer que te pongas tan empapada que ese juguete va a entrar con una facilidad pasmosa. ¡Disfruta de tu "hermanito" de silicona!Ella se quedó sola en la habitación, mirando alternativamente la pantalla del móvil con la verga de 24cm de su hermano y el juguete que tenía al lado. El corazón le latía con fuerza contra su pecho de aureolas rosadas, sintiendo cómo el morbo y la curiosidad empezaban a vencer definitivamente a su timidez.
El teléfono del marido vibró con una notificación que le hizo dar un respingo en la silla de la oficina. Al abrir el mensaje, la imagen lo dejó sin respiración.Ella, desde la penumbra de su habitación, había logrado capturar una escena cargada de belleza y morbo. En la foto, se la veía recostada, con sus muslos gruesos abiertos con una naturalidad que solo la confianza de 30 años de matrimonio permitía. El contraste era absoluto: la piel blanca y generosa de ella, adornada por ese triángulo de vello oscuro, fino y perfectamente cuidado que él siempre consideraba lo más sexy de su cuerpo, servía de marco para el "monstruo" de silicona.El juguete, con ese capullo enorme que imitaba al del cuñado, estaba apoyado estratégicamente sobre ella. La luz de la tarde entraba por la ventana y resaltaba el rosado intenso de sus areolas, que se asomaban por encima del encaje de su lencería, revelando lo excitada que estaba solo con sostener aquel objeto.—“Mira lo que has provocado... me parece imposible que esto entre aquí” —escribió ella justo debajo de la foto, acompañada de un emoji de una cara muerta de vergüenza.El marido, con el corazón galopando, le respondió al instante:—“Estás preciosa, amor. Ese contraste entre tu delicadeza y ese animal de 24cm es lo más increíble que he visto. No te presiones, deja que la foto de tu hermano haga el trabajo sucio... verás cómo tu cuerpo se rinde poco a poco”.Ella dejó el móvil a un lado, sintiendo cómo el calor de sus labios rosados y la humedad de su deseo empezaban a preparar el camino. Miró de nuevo la pantalla con la foto real del "pequeño" y luego el juguete. La sugestión era tan fuerte que el miedo al tamaño empezaba a transformarse en una necesidad física de sentirse llena.
El teléfono del marido volvió a vibrar con una intensidad que casi hacía saltar el dispositivo de la mesa. Al abrir la pantalla, se encontró con una imagen que desafiaba los treinta años de calma de su matrimonio.Ella había dejado de lado cualquier resto de timidez. En la foto, se veía cómo sus muslos gruesos se tensaban, abriendo paso a ese triángulo de vello tan sexy que él adoraba. Con una mano, ella sostenía el móvil, y con la otra guiaba el enorme capullo del juguete, que ya empezaba a presionar sus labios rosados, humedecidos por un deseo que la foto del hermano había disparado al máximo.El contraste del juguete oscuro y masivo contra la piel clara y generosa de ella era una visión casi irreal. Junto a la imagen, llegó un mensaje de voz, un susurro entrecortado que le heló la sangre:—“No tienes idea de lo perra que me estoy poniendo mirando esa foto... Siento que me voy a romper, pero estoy tan empapada que este monstruo quiere entrar solo. Me avergüenza decírtelo, pero imaginarme que es el de mi hermano me tiene fuera de control”.El marido, con la respiración acelerada en medio de la oficina, no podía creer la transformación de su mujer. Sus grandes pechos y sus aureolas rosadas debían de estar vibrando de excitación en ese mismo instante.
El vídeo que recibió el marido en su oficina fue el clímax de treinta años de complicidad. La imagen era nítida y vibrante: ella estaba recostada, con sus grandes pechos agitándose violentamente y las aureolas rosadas más oscuras que nunca por la congestión del placer.En el vídeo se veía cómo ella, con una mano, sostenía el móvil que mostraba la foto de la verga de su hermano, y con la otra guiaba el juguete de silicona. La tensión era insoportable; sus muslos gruesos temblaban de forma espasmódica. De repente, su cuerpo generoso se arqueó con una fuerza animal y, en un espasmo de placer que nunca antes había experimentado, un chorro de humedad salió disparado de entre sus labios rosados, empapando las sábanas en el primer squirt de su vida.Aún jadeando y con la mirada perdida de puro éxtasis, ella no se detuvo. Aprovechando esa lubricación natural y el morbo de la imagen prohibida, empezó a empujar el "monstruo". El marido observó, hipnotizado, cómo el enorme capullo desaparecía centímetro a centímetro. Ella soltó un gemido profundo, una mezcla de dolor exquisito y liberación, mientras sus caderas anchas se tragaban la pieza entera.Los 24 centímetros de silicona desaparecieron por completo dentro de ella, estirando su piel y marcando su contorno bajo el triángulo de vello. Ella miró a la cámara del móvil con los ojos empañados y una sonrisa de absoluta perra satisfecha, demostrando que su cuerpo de mujer madura era capaz de domar a semejante bestia.—“Mira, amor... ha entrado entero. Me siento tan llena que apenas puedo respirar... Ven pronto a casa y sácamelo tú” —decía el mensaje de texto que acompañaba al vídeo.El marido, con el pulso a mil y la mente bloqueada por la imagen de su mujer poseída por ese objeto idéntico al de su cuñado, recogió sus cosas de la oficina. No podía esperar ni un segundo más para llegar y reclamar ese cuerpo que acababa de romper todas las barreras de lo imaginable.
El impacto del vídeo fue tan fulminante que el marido, sentado en su escritorio de la oficina, sintió una descarga eléctrica recorriéndole la columna. Ver a su mujer de 47 años, con sus grandes pechos agitándose y sus aureolas rosadas vibrando mientras ese monstruo de 24 centímetros desaparecía por completo en sus entrañas, fue demasiado. Sin siquiera poner una mano sobre sí mismo, sintió cómo su propio cuerpo traicionaba su control: un espasmo violento lo sacudió y una mancha de humedad cálida e inevitable empezó a extenderse por la tela de su pantalón.Con una sonrisa de absoluta derrota y placer, sacó el móvil y le hizo una foto a la evidencia de su clímax involuntario.—“Mira lo que me has hecho, perra. Me has corrido sin tocarme solo con verte tragarte a ese animal” —le escribió junto a la imagen.Ella, desde la cama, aún con el juguete dentro y el cuerpo empapado por el squirt, soltó una carcajada de triunfo absoluto al ver la foto de su marido "derrotado" por su propia excitación.Sin embargo, el teléfono volvió a sonar. Esta vez no era un mensaje erótico, sino una llamada: era su cuñado.—“Oye, cuñado... perdona que te moleste en el trabajo” —dijo el joven con la voz algo apagada—. “Estoy un poco bajo de moral por un lío de faldas y necesito despejarme. ¿Te hace ir a tomar algo y echar unos billares los dos solos esta tarde?”El marido miró la foto del "animal" del chico en su pantalla y luego el mensaje de su mujer. El morbo cerró el círculo perfecto.—“Claro que sí, chaval. Pásate por casa a buscarme en una hora. Nos vamos de copas” —respondió el marido, con una idea rondándole la cabeza.Cuando el cuñado llegó a la casa, ella ya se había vestido, ocultando bajo su ropa el secreto de sus labios rosados aún palpitantes. El marido lo recibió con un abrazo paternal, pero al mirarlo a los ojos no podía dejar de pensar en lo que el chico llevaba en los pantalones y en cómo su mujer lo había "imitado" esa misma tarde.—“Portaos bien, chicos” —dijo ella con una sonrisa recatada y angelical, despidiéndolos en la puerta mientras sentía el roce interno de su propia excitación.Los dos hombres se alejaron hacia el bar de billares, dejando a la mujer a solas con sus fantasías, mientras el marido se disponía a pasar una noche de copas con el "dueño" de la imagen que había cambiado su matrimonio para siempre.