Jandro se miró en el espejo con el detenimiento que una presa en la espesura olfatea el aire. Vio a Jacobo y se decidió a hablarle para bucear en ambas conciencias.
–Todavía no estás satisfecho, ¿verdad? No te contenta nada, siempre necesitas más.
–Claro, tú me conoces mejor que nadie –le habló el espejo–. Pero en el fondo tú y yo no somos muy diferentes, lo sabes.
–De sobra lo sé, pero no quiero ser tú.
–Pues lo eres, no puedes luchar contra eso.
De repente alguien golpeó con los nudillos la puerta cerrada del cuarto de baño.
–¿Cariño? ¿Estás bien? ¿Con quién hablas? –preguntó Ana desde fuera.
–Anda, respóndele –dijo susurrando la imagen del espejo.
–Sí Ana, perdona, hablaba solo.
–De acuerdo, me habías asustado –dijo Ana pensativa mientras se dirigía de nuevo al comedor.
Jandro se quedó mirando desafiante a la imagen del espejo, puro Jacobo, y experimentó una arcada.
***
Mara sospechaba que su teléfono podía estar pinchado. Desconfiaba del comisario Jódar, aunque le había ayudado a infiltrar a una agente para que trabajase desde una agencia de scorts. Temía por ella, o quizá por Jacobo, por eso cuando su móvil sonaba se sobresaltaba. Porque amaba a aquel hombre, o quizá le temía. No sabía si lo había traicionado yendo a la policía, o si se había traicionado a sí misma. Ella había vivido siempre en los márgenes y Jacobo podía constituir una oportunidad.