—Hola, soy Dani.
—Hola, Dani ¿Qué quieres, aparte de quitarme la vista del escenario? — A veces, refunfuñar un poco era suficiente, pero a Elisa le daba en la nariz que aquel tío no se iba a dar tan fácilmente por vencido. El traje caro y esa juventud insolente, que lo fía todo a su atractivo y a su dinero, le decían que tendría que aguantarlo un rato. Los compañeros de mesa, con esas sonrisas socarronas y los gestos de ánimo, tampoco ayudaban. Estaba a punto de arrepentirse de haber ido a aquel espectáculo. Por mucho que le hubiesen dicho que aquel artista era el personaje perfecto para su novela, ella no dejaba de dudar que encontrase al héroe de su siguiente éxito editorial en aquel tugurio de cantantes novatos, bailarinas procaces y torpes cómicos de andar por casa.
—No me has dicho tu nombre…
—¿Qué quieres, aparte de quitarme la vista del escenario? —repitió Elisa.
—Te he visto sola, en la mesa y he pensado…
—¿Qué has pensado? — volvió a interrumpirle adornando las palabras con su mejor gesto de hastío.
—Yo… pensé que igual te gustaría disfrutar del espectáculo en nuestra compañía.
—Yo, en esa mesa con seis tíos recién pasada la adolescencia… ya me imagino… espectáculo, cena y bukake… No gracias.
El chico dio un respingo, quizás porque ella se había pasado tres pueblos, o porque en realidad había leído a aquella mente colectiva. Miró hacia la mesa de los jóvenes, esperando que Dani se rindiese, pero éste volvió a la carga.
Elisa desvió la mirada, intentando parecer aburrida y deseando que acabase aquel pequeño intermedio entre espectáculos cuando se cruzó con la mirada divertida de un hombre sentado a la barra, a un par de metros de ella. Llevaba un traje barato, pero que le sentaba como un guante y bebía un whisky mientras observaba la escena sin disimulo. Ella le devolvió una mirada furibunda a la que él se limitó a replicar con una sonrisa torcida y un gesto con su copa, como si la estuviese saludando. Solo le faltaba que ahora los tíos estuviesen haciendo cola para darle la chapa. El último número había subido varios grados la temperatura del local y ella había cometido el error de acudir sola. Ahora tenía que aguantar a todos aquellos mamones, hasta que apareciese aquel misterioso artista o darse por vencida y largarse.
Solo la curiosidad y el excelente gin-tonic que tenía delante, le impidieron levantarse del asiento. Bebió otro trago y dejó que el joven siguiese hablando, sin escucharle, observando a los asistentes e imaginando una historia para cada uno mientras esperaba que se iniciase el siguiente espectáculo.
Al joven le costó darse cuenta de que con la técnica del pico y pala no iba a conseguir nada más que más risas de sus compañeros de mesa, así que la sorprendió despidiéndose educadamente. Elisa podía imaginar perfectamente lo que estaría comentando con sus amigos. Las excusas serían abundantes y vista la personalidad del tipo, nada imaginativas. La culpa sería toda de ella. Su única duda era si la tildaría de bruja o de frígida.
—Una gran actuación. Ese chaval estará jurando a sus amigos que se ha retirado porque le has dado muy mal rollo. Seguro que piensa que, si lo hubiese intentado un poco más, le hubieses secado los genitales con una de tus miradas.
—Con él no, pero quizás lo haga contigo. —el desconocido de la barra se había acercado a ella ignorando su ceño fruncido. ¿Es que no podía tener un minuto de paz? Estaba harta de moscones…
—Tranquila, no me he acercado a ligar. —se adelantó el hombre— Se ve a la legua que no has venido a relacionarte con nadie. Solo me ha llamado la atención la forma en la que te has desenvuelto. Déjame adivinar, has viajado mucho.
—Ahora cualquier idiota puede dar la vuelta al mundo y matarse haciéndose un selfi, colgado de un precipicio, en cualquier punto de este planeta.
—Ya, pero tus viajes no han sido solo por placer. Es como tu presencia aquí. —apenas has prestado atención al espectáculo. Creo que estás aquí por una razón más profesional. Eres periodista o… —el desconocido se paró a pensar un instante— ¿Quizás escritora?
—¿Y tú psicólogo? Porque tengo un sueño sobre una cucaracha y el tanga de leopardo de un cardenal que me va a volver loca.
El desconocido rio.
—Escritora, definitivamente. Los periodistas no son tan ingeniosos.
Elisa no pudo evitar la mirada de sorpresa que el hombre rápidamente captó.
—La libreta con breves descripciones de este tugurio también me ha ayudado.
—Tramposo. —a pesar de todo, aquel hombre estaba empezando a caerle bien.
—Tramposo profesional… y me jacto de ello a diario.
Elisa lo miró. Tenía un no sé qué en su actitud y su mirada, que enseguida le había inspirado ideas fugaces que no conseguía concretar.
Las luces ambientales se atenuaron y unos focos apuntaron al escenario, donde un maestro de ceremonias, vestido con un esperpéntico uniforme y más pintado que una puerta, se preparaba para presentar al siguiente artista. Elisa se giró para hacer un comentario, pero el desconocido se había esfumado.
¡Maldita sea! —pensó — Ahora que había dado con algo interesante…
Y es que aquel hombre tenía razón. No había acudido a aquel cabaret a divertirse. Había sido su editora la que le había animado. La nueva novela de Elisa Sanders estaba casi completa en su mente, pero le faltaba el personaje protagonista. Siempre que construía una historia lo hacía con un protagonista con una personalidad compleja, en torno a la que gravitaba toda la trama y está vez le estaba costando tanto encontrarlo que Mayra, su editora, había tomado cartas en el asunto.
Elisa se enfrascó en sus notas de forma que se perdió la mayor parte de la presentación del siguiente artista. Solo captó las palabras, mentalista y gran ilusionista. Ni siquiera levantó la cabeza hasta que la voz proveniente del escenario le resultó familiar.
Allí estaba el desconocido con el que había estado hablando y que se había esfumado tan misteriosamente como había aparecido, hablando amigablemente con una anciana a la que había invitado a subir al escenario después de una tortuosa selección.
—Gracias por subir, Dorita. Quiero que sea testigo de que mis números de magia no tienen ni trampa ni cartón.
—No se confunda, hijo. Estoy recién operada de las cataratas y mi vista es la de un águila.
—Los espectadores rieron y aplaudieron la ocurrencia de la anciana mientras él aprovechaba para mirar a Elisa y sonreírle.
—Muy bien, Dorita Ojo de Águila. Para empezar a calentar ¿Qué tal si hago desaparecer algo?
—Si puedes hacer desaparecer a mi marido, te lo agradecería. No ha parado de refunfuñar desde que hemos salido de casa. ¡Qué hombre!
La agudeza de aquella anciana era tan admirable que hasta le hizo dudar un momento de si estaría de acuerdo con el mago. Pero la forma en la que estaba llamando la atención y los aplausos del público le decían que no podía ser premeditado. Durante un momento Elisa pensó que el ilusionista se ofendería, pero parecía estar disfrutando de la complicidad de la mujer.
El desconocido le pidió a la mujer que revisara una caja que había sobre una mesa alta, como las de los bares y cuando la mujer se dio por satisfecha, le pidió el aparatoso sombrero que llevaba puesto. El mago miró dentro del sombrero y simuló sorprenderse.
—Ahora entiendo porque tiene un sombrero tan grande.
El mago metió la mano y sacó un par de guantes, un pañuelo de colores, un conejo de peluche y un botijo. El público rio, más por la cara de sorpresa de la anciana, que por el truco de magia.
Antes de que los aplausos se acallaran, metió el sombrero y todos los objetos que había sacado de él, en la caja y con una serie de ligeros toques de manos y un abracadabra, hizo que la caja se desmontase. Ya no había nada dentro. La mujer miró a la mesa y frunció el ceño.
—A lo mejor sí que puedes hacer desaparecer a mi marido. —el público rio y aplaudió a la pareja.
—Veo que ahora empiezas a tener un poco de fe en mí. Creo que ahora es el momento de hablar de pasta. Un ayudante apareció en el escenario con un cartón de dos docenas de huevos y un bol.
—Dorita, hágame el favor. ¿Puede echar un vistazo al contenido de ese cartón?
—Dos docenas de huevos. —respondió ella mientras cogía uno al azar, lo sopesaba y lo examinaba, incluso antes de que el mago la invitara a hacerlo.
—Por favor, no se corte, Dorita. revíselos cuanto quiera. —le animó él.
—Son huevos normales y corrientes, yo diría que no demasiado frescos… Seguro que los ha comprado en un hipermercado. — añadió la anciana tanteando casi todos los huevos antes de darse por satisfecha.
—Ya, pero en este caso, querida Dorita, no hace falta que sean muy frescos. En realidad, estos huevos, los ha puesto la gallina de los huevos de oro…
—Si claro, y por estas haciendo este numerito en un cabaret…
—Esto no lo hago por dinero, Dorita. Lo hago por amor a mi público, por la gloria y los aplausos.
—Sí, sí, sí. —el tono incrédulo de la anciana levantó nuevas carcajadas entre los asistentes.
—Bien, el caso es que esta gallina es muy especial. Es una gallina mágica, evidentemente. Pone huevos de oro, pero solo para su dueño, porque lo quiere. —por un momento Elisa pensó que la vieja iba a preguntarle si se follaba la gallina, pero la mujer no hizo comentario alguno— Si abro yo el huevo saldrá una moneda de oro, pero si intenta abrirlo cualquier otra persona, saldrá un huevo normal y corriente. Por favor, Dorita, ¿Puedes elegir un huevo de este cartón? Señálalo con el dedo.
La anciana señaló uno al azar, el mago se remangó el traje ostensiblemente y cogiendo el huevo, lo cascó contra el bol y lo abrió. Algo tintineó en el interior del bol y el ilusionista invitó a su improvisada ayudante a que recogiera lo que había caído dentro. La mujer, de nuevo con el ceño fruncido, lo mostró a todos los espectadores que aplaudieron tibiamente.
—Ahora, elige otro.
—La mujer rebuscó y toqueteó varios antes de decidirse por otro. El proceso se repitió con idéntico resultado.
—Para demostrar que lo que digo es cierto. El próximo huevo que elijas cáscalo tú, si haces el favor.
La mujer cogió un huevo lo cascó y lo abrió en alto. Todo el mundo pudo ver que se trataba de un huevo normal. La mujer miró al ilusionista y refunfuño mientras el público aplaudía. Aquello pareció molestarla. No veía como podía ser posible y sin pedir permiso al mago cogió otro huevo y lo cascó y luego otro y otro, con idéntico resultado.
—Muy bien. Si esto es una competición, yo también puedo. —el ilusionista cogió un huevo y lo cascó consiguiendo otro tintineo revelador.
Los dos se alternaron con rapidez cascando los huevos contra el borde del bol siempre con el mismo resultado hasta que se acabaron los huevos. El público aplaudía y la anciana le miraba perpleja.
—¿Algo que añadir, querida?
—¿Puedo quedarme una moneda? —preguntó la anciana.
—Me temo que no me pagan lo suficiente, pero puedes llevarte los huevos para hacer una tortilla. —el público rio.
La mujer murmuró algo por lo bajo. El mago le dio las gracias y pidió un aplauso para ella mientras sacaba un ramo de flores de nadie sabía dónde y se lo daba a la anciana. La mujer lo recogió con una sonrisa y se dio la vuelta, momento en el que el mago hizo otro rápido movimiento, sacó el sombrero y se lo puso en la cabeza. La mujer se giró hacía el.
—¿Y mi botijo? Todo el mundo aplaudió y rio, el mago incluido, mientras la mujer abandonaba el escenario.
Elisa observó al público. La gente estaba disfrutando realmente del número y el desconocido dio las gracias mientras miraba de nuevo hacia ella. Elisa sonrió y levantó su gin-tonic. En seguida el mago cambió de registro y empezó a mostrar su lado de mentalista, asombrando a la gente con su intuición. Ella perdió rápidamente el hilo porque se había puesto a escribir. Su editora había tenido razón, aquel hombre era interesante. Era una lástima que no hubiese podido hablar un poco más con él, pero creía tener material suficiente para crear el personaje y poder adaptarlo a la trama que tenía en mente.
El ilusionista terminó su actuación y abandonó el escenario entre aplausos y aclamaciones. Ella ya tenía lo que había venido a buscar. Su mente bullía de ideas y quería aprovechar la inspiración, así que apuró su copa, salió del establecimiento y paró un taxi.
Durante el trayecto pensó en el desconocido y se preguntó si hubiese debido quedarse. Quizás el ilusionista hubiese vuelto. Aquella idea le produjo una serie de sentimientos encontrados. Por una parte, le hubiese gustado conocerle mejor, pero por otra no sabía si quería conocerle mejor. Al contrario que sus personajes, en cuanto a relaciones personales, tenía el punto de mira un poco torcido. Sus enamoramientos eran fulgurantes y enseguida lo ponía todo de su parte. Sus parejas, sin embargo, no había respondido a sus expectativas. Quizás fuese mejor así…
El taxista llegó a su destino y Elisa rebuscó en su bolso en busca del móvil para pagar. Al hacerlo algo cayó en su regazo. Lo miró. Era una tarjeta de presentación. “Carlo Santi, Ilusionista” Mientras pagaba, vio el número de teléfono al pie del nombre y la giró entre sus manos. Al volver a mirarla en vez de la palabra ilusionista se podía leer la palabra mentalista. Volvió a girarla y esta vez figuraba la palabra escapista…
—¿Cómo cojones? —exclamó Elisa.
—¿Algún problema, señorita? —preguntó el taxista.
—Oh, perdón. No es por usted. —se disculpó Elisa saliendo del vehículo con la tarjeta bien agarrada.
Elisa despertó al mediodía con la cabeza embotada. Se había pasado toda la noche escribiendo y se había acostado pasadas las cuatro y media. Se desperezó en la cama, aun con las imágenes que había evocado para escribir en la mente. Y sus pensamientos derivaron hacia el ilusionista. Alargó el brazo hacia la mesita y cogió la tarjeta con una mano mientras deslizaba la otra por su cuerpo desnudo. Le encantaba dormir desnuda, pero cuando se levantaba así de excitada, cualquier roce la ponía a cien. No pudo evitar acariciarse el pecho y el vientre. No es que le molestase caer en la tentación y masturbarse, salvo porque aquel día tenía muchas cosas que hacer antes de la comida y muy poco tiempo.
Aun así, siempre se imponía su espíritu hedonista y apartando las sábanas se incorporó, mirándose al espejo de cuerpo entero que había colocado en una esquina de la habitación.
Le encantaba observar su cuerpo desnudo en el espejo e imaginar el efecto que causaría en un hombre. La sábana resbaló, dejando parte de la morena piel de la mujer a la vista. Imaginó a un hombre encerrado al otro lado del espejo, observándola sin poder intervenir y fantaseó que la imagen del espejo era la que se clavaba en la retina del observador. Trató de imaginar lo que pensaría él y no le costó mucho. Un escalofrío de placer recorrió su espina dorsal. Se metió en el personaje y observó a aquella mujer de cabello largo y oscuro, ojos verdes y nariz respingona, con los ojos de un hombre. Recorrió con esa mirada ansiosa, la boca pequeña y de labios gruesos de la mujer, sintiendo el deseo de besarla un instante antes de bajar la vista hacia el cuello y el nacimiento de un busto turgente y pesado. La sabana resbaló un poco más, dejando a la vista un pezón oscuro y erecto que le miraba agresivo. La mujer sonrió enigmática al ente del otro lado, se pellizcó suavemente un pezón suspirando y deslizó la mano bajo el satén.
La sutil prominencia bajo la sabana le permitió seguir la mano hasta su pubis y encadenado al espejo, el hombre solo pudo observar cómo Elisa se acariciaba el sexo con movimientos pausados y circulares.
Se giró ligeramente y las sábanas resbalaron hasta medio muslo, dejando a la vista del espejo su sexo húmedo y caliente. Mirando directamente al espejo, separó las piernas y se metió dos dedos profundamente en su coño.
Excitada al sentirse observada por el ente de su imaginación, se metió dos dedos de la otra mano en la boca y comenzó a chuparlos, imaginando que eran una enorme polla. Elisa cerraba los ojos y abría la boca para meterse los dedos profundamente. Espesos hilos de saliva escurrieron de su boca y cayeron entre sus pechos, bajando por su vientre, hasta confluir con los jugos de su sexo.
Se miró al espejo. El hombre encerrado en él estaba temblando de rabia e impotencia al no poder tocar a aquella imagen de lujuria desatada.
Tomándose un descanso, Elisa se levantó y se giró mostrando al espejo unas piernas esbeltas y un culo redondo y tieso. El espejo tembló cuando ella lo acercó y lo pegó contra la fría superficie reflectante. El hombre encerrado golpeó el otro lado, desesperado, con su polla erecta, justo donde su coño se aplastaba y deformaba en contacto con el cristal. Elisa rio y se alejó en dirección a la mesita, separó las piernas y se apoyó en el mueble. En el espejo se reflejó el sexo caliente y abierto, dispuesto a ser explorado.
Del cajón de la mesita sacó un consolador grande y brillante que emitía un suave ronroneo. Sin cambiar de postura se acarició los pezones, el vientre y finalmente el clítoris con el artefacto. Elisa emitió un gemido apagado, que cuando el instrumento entró en ella, se convirtió en un grito corto y agudo.
El espejo tembló casi tanto como las piernas tensas de Elisa al recibir el vibrante aparato y el prisionero gritó frustrado. Ella se dio la vuelta y se sentó en la cama, con las piernas abiertas, sin dejar de penetrarse con el falo y estrujándose los pechos con intensidad
El placer intenso la hizo olvidarse de su fantasma. Se tumbó y rodó por la cama penetrándose con el dildo cada vez con más violencia, acariciándose el cuerpo y los pechos con la mano libre, hasta que un intenso orgasmo la paralizó totalmente.
Cuando abrió los ojos, el espejo seguía en su sitio, las sábanas estaban revueltas y justo al lado de su ojo derecho, estaba la tarjeta del misterioso ilusionista.
La cogió y la miró. Cuando imaginaba al hombre del espejo, siempre aparecía esa sonrisa torcida… Necesitaba saber más sobre aquel hombre. Cogió el móvil y aun empapada por fuera y por dentro, marcó el número de teléfono.
El hecho de que el ilusionista trabajase todas las noches y no tener más remedio que quedar a las cinco de la tarde, le produjo una mezcla de alivió y desilusión. Todavía no sabía que era lo que quería exactamente de él, pero se tuvo que cambiar tres veces de ropa hasta que dio con la indumentaria adecuada. Al final había optado por una minifalda negra una blusa de muselina blanca sin mangas y una chaqueta de paño entallada que se cerraba con un botón justo por debajo de su busto. Cogió un taxi y le dio la dirección que el mago le había mandado. No conocía muy bien aquella parte de la ciudad, así que se sorprendió cuando el coche se paró en una pequeña plazoleta adoquinada, de forma alargada, rodeada de edificios antiguos, pero bien cuidados.
En un lateral de la plaza había un pequeño bar con una amplia terraza. El resto del espacio que dejaban las mesas y las sillas estaba ocupado por una colección de relucientes motos aparcadas. Elisa pasó por delante de las cabalgaduras, deslumbrada por el brillo de los cromados y ligeramente excitada por el masculino olor del cuero trabajado.
La mitad de las mesas estaban ocupadas por hombres y mujeres de lo más variado, pero casi todos con un casco en el regazo o en la silla de al lado. Carlo esperaba en una de las sillas más cercanas a la puerta del bar, dónde un camarero, con aire aburrido, esperaba apoyado en el marco que alguien necesitase de él. Mientras se acercaba, aprovechó para echarle un largo vistazo. Vestía unos vaqueros desgastados unas zapatillas de deporte y una camiseta blanca debajo de una cazadora de cuero fina. En cuanto la vio acercarse, el ilusionista se levantó y le dio dos besos mientras llamaba al camarero. Pidieron un par de cervezas.
—¿Un bar de moteros? —preguntó ella un poco sorprendida.
—Los ilusionistas siempre tenemos que sorprender… y además las raciones están de muerte. ¿Quieres unas bravas?
—Demasiado pronto, pero gracias, Carlo. ¿Y yo te sorprendí al llamarte?
—Supongo que un poco, pero vi en tu mirada que te resultaba intrigante así que aproveché para colarte mi tarjeta.
—¿Cómo lo hiciste? Tuve el bolso siempre cerrado y a mi lado.
—Un mago nunca revela sus trucos. — replicó él con una sonrisa.
—La verdad es que tu número me impresionó bastante. No por los trucos, si no por la forma en que conseguiste que la señora se implicara. Parece mentira que la escogieses al azar.
—No la escogí del todo al azar. —respondió Carlo con una sonrisa.
—¿Ah no? ¿Eso me lo vas a contar?
—Bueno… El que estuviese en la barra antes de la actuación no fue casualidad. Estuve echando un vistazo a los asistentes y en cuanto llegó, la señora llamó inmediatamente mi atención; su forma de desenvolverse en la mesa, y de tomar protagonismo hacían de ella una buena candidata.
—¿Y yo?
—También eras una posible, pero vi que claramente no habías venido a participar y nunca obligo a nadie a hacer algo que no quiere. —respondió torciendo la sonrisa.
—No me has contado cómo te las arreglaste para que el público la eligiera. Tú te limitaste a señalar al primero y le dijiste que eligiese a otra persona y así fue rebotando hasta que la elegida resultó Dorita.
—Tú misma lo has dicho. Elegí a alguien al azar y me limité a decirle al siguiente en ser elegido que eligiese a alguien hasta que el sexto señaló por casualidad a Dorita. En realidad, el tipo de gente como la anciana suele llamar la atención y no suele costar muchas rondas conseguir que los elijan.
—Y mientras más rondas tarda en ser elegida, más aleatorio parece. ¡Serás tramposo!
—Ya te lo dije. Tramposo profesional. ¿Y tú? ¿Cómo acabaste siendo escritora?
—Por casualidad. Supongo. Tuve una época en la que viajé mucho por todo el mundo. Lo hacía con lo puesto y para ir tirando realicé todo tipo de trabajos. Camarera, maestra de escuela, conductora de autobús, modelo de manos… cualquier cosa que se te ocurra.
—¿Ayudante de mago?
—Me has pillado. Es de los pocos que no he desempeñado. El caso es que todas esa experiencias me han servido en mis novelas. ¿Y tú? ¿Cómo acabaste haciendo de mago?
—Procedo de una larga saga de truhanes, ladrones y bandoleros. Creo que soy el primero de mi familia en tener un trabajo legal. Simplemente he adaptado las habilidades familiares a un trabajo legal.
Elisa rio ante el comentario del mago.
—¿Cuál es la tuya? —señaló ella el casco.
—La azul de la derecha.
Elisa miró en dirección a las motos aparcadas. No entendía mucho de motos, pero esa la conocía de verla a menudo en las películas americanas.
—Es una Harley antigua, ¿Verdad? La de los policías estadounidenses.
—Sí es una Electra Glyde de los años ochenta.
—Un poco antigua...
—Es una manía que tenemos los ilusionistas. las antigüedades quedan muy bien en los números de magia, ayudan a los espectadores a evocar la época dorada del ilusionismo. La moto la compré para un número por una miseria, estaba echa una pena. La hacía desaparecer. El caso es que le cogí cariño y la hice arreglar. Ahora la uso para moverme por la ciudad.
—A mí me parece un bicho enorme.
—Es más cómoda y manejable de lo que parece. Y suena realmente bien.
—¿Así que tienes un montón de trastos raros en casa?
—Mas de lo que te imaginas. Tengo una nave llena de ellos. De hecho, vivo en el único rincón que no está ocupado por mi colección.
—¿Y qué tienes?
—Un poco de todo. Vehículos, muebles, trajes, instrumentos musicales, atrezo de otros ilusionistas…
—Suena fascinante. —pensó Elisa en voz alta, bebiendo otro trago de cerveza.
—¿Te apetece venir a verla?
Elisa miró al hombre de hito en hito. Dudó un instante, pero si quería conocer un poco más a Carlo no se le ocurría una forma mejor que verle en la intimidad de su casa.
—Sí crees que voy a montar contigo en ese trasto…
—No te preocupes, tengo un casco que te sentará de perlas. Además, es un recorrido de apenas quince minutos. ¿Qué podría pasarnos?
—¿Que nos arroye un camión?
—No me creo que en todos esos viajes no hayas montado de paquete en una moto mucho menos segura, en un país donde no se conoce lo que es el seguro médico.
—Está bien, tu ganas. Espero que merezca la pena.
Carlo sonrió satisfecho y continuó bebiendo la cerveza. No se apresuraron y disfrutaron de la bebida y de la brisa fresca que recorría la plaza y hacía temblar las hojas de los plátanos de sombra. El hecho de que el ilusionista no tuviese prisa por llevarla, le dio más confianza. Charlaron un rato más, pero Elisa no consiguió sacar a Carlo el secreto de ninguno de sus trucos. Nunca había conocido a ningún mago y como se imaginaba, a Carlo le gustaba cultivar su imagen misteriosa. Cada vez que ella le hacía una pregunta directa, él contestaba con una broma o daba una respuesta vaga. Pero debajo de aquella máscara, como cualquier artista, había un hombre empático y sensible.
Bebieron otra cerveza más antes de que él sugiriese que la acompañase. Lo que menos gracia le hacía era subirse a aquella moto. Aquel vehículo parecía enorme y ella no estaba precisamente vestida para cabalgar algo así. Carlo le dio el casco y se subió delante. El asiento trasero, era una verdadera butaca, pero tenía el inconveniente de que era bastante ancho.
Carlo le dijo dónde tenía que poner los pies para subirse y luego se giró para dejar que se acomodara. La minifalda resultó ser un poco engorrosa. Afortunadamente, el tejido era lo suficientemente elástico como para permitirle colocarse detrás del piloto. El borde se le subió un poco más de medio muslo, pero se quedó ahí. Le dio un ligero toque en el hombro a Carlo y él arrancó. Se apartaron de la acera con suavidad y se desplazaron por las calles en dirección a las afueras. Nunca había montado en una Harley y le resultó una experiencia singular. El peculiar sonido del motor hacía que pareciese que entre las piernas tuviese un ser vivo, con un corazón latiendo en su interior.
Quince minutos después estaban entrando en un barrio donde se alternaban las calles de chalets adosados, con pequeños polígonos industriales de modestos talleres e industrias, la mayoría ya abandonados.
Carlo giró a la izquierda y se metió por una calle sin salida. Al final de la calle, giró la moto y entró en una nave de mediano tamaño. La puerta se abrió y paró la moto al lado de un Citroën Tiburón. Galantemente, esperó a que Elisa descabalgase y se recolocase la falda antes de aperase. Solo entonces se acercó a la puerta y le dio a un interruptor que baño la totalidad de la nave con una luz rojiza y suave.
En cuanto Elisa se recolocó la ropa y se quitó el casco, vio la enormidad de la colección de Carlo. Había cientos de objetos de lo más variopinto, cuidadosamente colocados en estantes a lo largo de las paredes. El centro de la nave lo ocupaban objetos más grandes. Reconoció varios artefactos usados en viejos trucos, ya en desuso, esculturas de escayola, madera y papel maché, jaulas de todos los tamaños... Se internó en aquel fantasmagórico bosque seguido de Carlo. Acarició algunos objetos y se paró a observar otros con atención. A medida que se acercaba al centro de la nave, los objetos eran más interesantes, hasta que llegó al centro, donde sobre un maniquí había una camisa de fuerza de aspecto bastante vetusto. Era el único objeto de la colección que recibía la luz directa de un foco. Elisa se acercó y la rozó con el dedo.
—¿Una pieza especial?
—De finales del siglo XIX. Perteneció al mismisimo Houdini. —le explicó Carlo orgulloso.
—No jodas. ¿La utilizaba en sus trucos?
—Estaba entre sus pertenencias cuando murió y había testigos que juraron por escrito que la usó en al menos una gira por el Medio Oeste.
—Siempre, me intrigó ese número. ¿Cuál es el truco?
—En este no hay truco alguno. Es una verdadera camisa de fuerza, de las que se usaban en aquella época.
—¿Puedo verla más de cerca? —preguntó Elisa.
—Adelante. —Carlo la sacó del maniquí y se la entregó a Elisa. Ella sopesó la prenda y comprobó la solidez de las correas y los herrajes. Todo parecía en su sitio— ¿Y dices que si te coloco este trasto te liberarás sin problemas de él?
—¿Tanto como sin problemas? Me costaría un poco. —replicó Carlo haciéndose el interesante.
—Demuéstramelo. —levantó la camisa de fuerza ante él.
Elisa retó a Carlo sin pensar. La verdad es que no sabía porque, pero se sentía atraída por aquel hombre y de repente supo que sería divertido tenerle impotente ante ella. Esperaba que Carlo se negase, pero el ilusionista sonrió seductor y extendió los brazos. Elisa se acercó con la camisa de fuerza en la mano. El aroma a arena y a cuero del perfume de Carlo penetró en sus fosas nasales, haciendo que una oleada de excitación le recorriese de arriba abajo. Respiró profundamente antes de acercarse aun más, colocarle la camisa y asegurarla siguiendo las indicaciones del mago.
—No hace falta que aprietes tanto, Elisa. —se quejó él con una sonrisa.
Elisa le ignoró y le dio dos fuertes tirones a la última hebilla antes de sentarle en una silla de un empujón.
—¿En cuánto crees que puedes librarte de la camisa? —preguntó la escritora inclinándose sobre él.
—No, sé. Hace tiempo que no hago esto, pero yo diría que no más de seis minutos.
—Umm. —dijo la escritora pensativa— Eso no me da demasiado tiempo.
Elisa sonrió y con cuidado se sentó a horcajadas sobre el regazo del ilusionista, que se removió inquieto. Ella movió las caderas a su vez, como si estuviese buscando una postura más cómoda, pero con la intención de rozar su cuerpo con la entrepierna del hombre, que soltó un quedo gruñido y frunció los labios.
Aquel gesto llamó la atención de la escritora sobre la boca de Carlo, grande y siempre lista para una sonrisa de dientes blancos y ligeramente irregulares. Acercó el dedo índice y recorrió aquellos labios gruesos, que se entreabrieron inmediatamente con una nueva sonrisa. El magnetismo que emanaban resultó irresistible para ella y apartando la melena de la cara los tanteó con unos besos ligeros. Carlo adelantó la cabeza, intentando hacer el beso más profundo, pero ella se retiró con una sonrisa y movió de nuevo las caderas sobre la incipiente erección del mago.
Un pinchazo de placer atravesó su sexo y olvidándose de todo, apoyó las manos en los hombros del hombre indefenso y comenzó a mover las caderas con movimientos circulares hasta que la erección de Carlo fue más que evidente. Entonces se irguió y comenzó a golpear aquel bulto con su sexo. Llevada por el deseo, inclinó la cabeza y esta vez le dio un largo beso. Comió aquellos labios sugerentes y agarrando a Carlo por la nuca le avasalló con su lengua impregnándose de su sabor. Todo su cuerpo se estremeció y chispeó al percibir el deseo apenas contenido del hombre.
De repente Carlo comenzó a contorsionarse, intentando librarse de su prisión. Elisa se levantó para que pudiera moverse y se sentó en un butacón que había justo enfrente.
—¿Qué tal va eso? —preguntó Elisa después de sentarse.
—Muy ceñido. No tenías por qué apretarlo tanto…
—Ahí está la gracia. Además, ver a un hombre inmovilizado y a mi merced me pone muy cachonda.
—Estoy seguro…
El mago se detuvo un instante y al ver que había captado su atención, Elisa sonrió y abrió poco a poco las piernas. La falda volvió a subirse y mostró al mago una ropa interior tan sutil que permitía, aun en aquel lugar umbrío, adivinar la fina capa de vello que cubría el pubis de la escritora. Frunciendo sensualmente los labios, ella apoyó una de sus esbeltas piernas en el reposabrazos y comenzó a acariciarse el sexo por encima del tanga.
Elisa ignoró al hombre y cerró los ojos, disfrutando del placer y comparando los recuerdos de aquella misma mañana con lo que estaba sucediendo en este momento. En esta ocasión era un hombre de verdad el que la vería masturbarse sin poder tocarla. Con un suspiro de placer, deslizó la mano por dentro del tejido empapado del tanga y se acarició directamente el clítoris. El ruido de la silla al moverse sobre el cemento del suelo de la nave al intentar liberarse Carlo, le hizo consciente de su presencia. Entreabrió los ojos. Parecía que la camisa le quedaba un poco más holgada, pero él seguía luchando con la prenda. Su mirada se desplazó de su cara ligeramente congestionada hacia su entrepierna, donde su polla seguía haciendo prominencia en sus pantalones.
La sensación de que en el momento que quisiera y solo en ese momento, aquel miembro sería suyo, la excitó aun más y cerrando los ojos de nuevo, se metió dos dedos en el coño. La punzada de placer le obligó a soltar un largo gemido. Imaginó la impotencia de Carlo, viéndola disfrutar sin poder intervenir. Descargas de placer la asaltaron recorriendo todo su cuerpo, mientras ella no dejaba de apuñalarse con los dedos su vagina chorreante. Un primer orgasmo la asaltó, dejándola sin respiración.
Cuando abrió los ojos tenía ante ella los ojos de Carlo. Mientras ella se masturbaba, él había conseguido librarse de la camisa de fuerza y estaba a escasos centímetros de ella, observándola.
—Ya veo que no bromeabas.
—Hay cosas con las que nunca bromeo. —replicó él acercando sus manos y recorriendo el interior de sus muslos hasta acariciar el tejido empapado de su tanga.
Elisa suspiró y dejó que aquel dedo curioso le explorara el sexo con suavidad, pero cuando intentó superar su prenda íntima, ella le frenó.
—Siempre que follo con un hombre por primera vez, me gusta hacerlo en su cama... —dijo levantándose y empujando al ilusionista con suavidad.
A pesar de que estaba intentando controlarse, no lo logró del todo. Elisa se colgó del cuello de su amante y le dio un largo beso. Un beso de esos, sucio, húmedo, agresivo, que hace que todo tu cuerpo estalle en intensas punzadas de placer. Carlo la abrazó y la apretó contra ella, estrujando su culo y hundiendo la manos en su melena, tirando ligeramente de ella para dejarle el cuello a la vista y poder comérselo a besos.
Con el sexo palpitándole dolorosamente Elisa se separó y comenzó a caminar. Él la guio en dirección al final de la nave. Pero se mantuvo un par de pasos por detrás. Elisa, consciente del escrutinio, cruzaba las piernas en cada paso, para hacer más notorio el movimiento de sus caderas. Incapaz de contenerse más, el ilusionista se acercó y la abrazó por detrás, su erección colisionó contra el culo de Elisa, a la vez que unos brazos la rodeaban y unas manos se cerraban sobre sus pechos.
El deseo era intenso. Todo su cuerpo vibraba, su vagina se estremecía y sus piernas temblaban, pero no pensaba rendirse. Asiéndose a una gruesa cuerda que colgaba del techo, tiró de ella con brusquedad para desasirse. Carlo intentó volver a acercarse, pero con una sonrisa le puso un pie en el torso y clavando con suavidad el tacón de aguja en el pecho del mago, se dio impulso para alejarse.
Antes de que el pudiera reaccionar, aprovechó el impulso para girar y estirar las piernas. La cuerda giró sobre sí misma y Elisa con ella. Arqueó el cuerpo hacia atrás y levantó una de sus piernas. Con un movimiento rápido se quedó colgada por un tobillo con la otra pierna estirada hacia abajo.
—Creo que adivino cual fue uno de esos múltiples trabajos. —dijo Carlo acercándose.
Está vez ella no intentó alejarse, ni siquiera cuando él acaricio sus piernas y besó el interior de sus muslos. Elisa suspiró excitada, y el suspiro se convirtió en un grito de sorpresa cuando la lengua de él acarició su clítoris, a través del delicado tejido de su tanga. El placer la inundó y durante un momento dejó de percibir nada más que aquellas deliciosas punzadas. Cuando se recuperó lo suficiente como para abrir los ojos, vio que tenía la polla erecta de Carlo justo a la altura de su cara, haciendo prominencia en los pantalones.
—¿Es esto también una ilusión? —preguntó ella entre jadeos.
—Abre y compruébalo.
El miembro caliente y duro del mago salió del pantalón como el conejo de una chistera. Aun boca abajo y con la lengua de Carlo explorando su sexo, Elisa cogió el miembro, no muy largo, pero bastante grueso, con sus manos. Lo acarició un instante y se lo llevó a la boca. Esta vez fue él el que gruñó de placer. Aun así, no dejó de comerle el coño. El placer de uno incrementaba el deseo del otro, que a su vez hacía más intensas sus caricias y lametones. Creyó que se iban a quedar allí, enredados eternamente en un círculo de placer, pero Carlo deshizo el beso, la desenrolló de la cuerda y la cogió en brazos.
Aquello no era la forma en la que había pensado en que acabaría en la cama de aquel hombre, pero aquella pequeña tregua, apoyada en el pecho de su amante, mientras todo su cuerpo palpitaba de deseo, la hechizó.
Cerró los ojos mientras sentía como la subían por unas escaleras. El pene erecto de su amante golpeaba contra su pierna y ella se limitaba a agarrase mientras se imaginaba lo que sería tenerlo dentro de ella.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaban dentro de una habitación cuadrada y amplia, con estantes de libros en las paredes y un sillón de lectura en una esquina, pero lo que dominaba la estancia era una cama enorme con un cabezal de madera oscura.
Elisa se deshizo del abrazo y se puso de nuevo en pie. Besó con suavidad a su amante y terminó de desnudarlo. Apartándose un poco admiró su figura delgada, su pecho amplio y sus piernas firmes, mientras se desnudaba lentamente hasta que su única prenda fueron los tacones. No esperó a que él la abrazara, si no que se tumbó sobre la cama y abrió las piernas.
—¡Fóllame!
Carlo sonrió y caminó a cuatro patas con su polla rozando la ropa de cama hasta colocarse sobre ella. La punta de la polla rozó su clítoris, provocándole un placer tan intenso que tuvo que reprimir un grito. Entonces se dio cuenta que no había vecinos a los que escandalizar y se sintió un poco tonta. Así que cuando la boca del mago se cerró en torno a sus pezones no se reprimió, dejó que los gemidos emergiesen de su boca sin obstáculo. Aquello pareció excitar aun más a Carlo, que ya no pudo contenerse más y la penetró. La polla dura y ardiente entró en su sexo encharcado de deseo. Elisa gritó y clavó las uñas en los glúteos del ilusionista, invitándole a follarla más duró.
Carlo la penetraba con golpes duros y secos a los que ella respondía con gemidos y gritos. Solo volvió el silencio cuando, a punto de correrse, él suavizó sus acometidas y la besó. La tregua duró unos instantes. Los besos, suaves en un principio, se hicieron cada vez más ansiosos, sus pubis chocaban con sonido húmedo y la cama gemía con cada pollazo.
Con un empujón, Elisa lo apartó de encima de ella y se colocó a horcajadas sobre su amante, meneando suavemente la cadera sobre la hirviente erección, pero Elisa saltó de la cama y comenzó a acariciarse y a bailar a ritmo de una música que solo ella oía. Carlo, paralizado ante la visión del cuerpo rotundo de Elisa danzar cubierto de sudor, la observó y no salió de aquel embrujo hasta que ella le dio la espalda, apoyó las manos en el sillón y separó las piernas.
El mago, hechizado por la visión del sexo abierto de su amante goteando de placer, tardó un instante en levantarse y acariciar aquellas piernas esbeltas y tensas antes de separarlas un poco más para poder entrar de nuevo en Elisa.
Los cuerpos de ambos amantes temblaron de placer. Carlo penetraba a Elisa con movimientos amplios y lentos, que terminaban en un empujón, que le obligaba a ella a ponerse de puntillas para no perder el contacto con el suelo. Poco a poco los empujones, como el placer, volvieron a hacerse más intensos. Él gruñía y ella gritaba en una sinfonía de éxtasis que acabó en un orgasmo brutal. La leche de Carlo inundó su vagina con un calor ardiente que le provocó nuevos orgasmos, menos intensos, pero más prolongados, hasta que solo quedaron rescoldos.
Con la polla aun dentro de ella, llevó a Elisa a la cama y se tumbaron abrazados. Lo último que percibió antes de quedarse dormida fueron las caricias de su amante…
Despertó un poco desorientada hasta que el olor del sexo y los suaves ronquidos de Carlo la ubicaron. Miró el reloj y vio que Carlo debería estar en plena actuación. El primer impulso fue despertarlo, pero luego vio el cuerpo desnudo del mago y se le ocurrió una idea mejor.
Apartando la sábana de satén acarició con suavidad el paquete de Carlo. Sopesó sus testículos y le masturbó la polla con suavidad hasta que él se despertó, mejor dicho, ambos despertaron. Tener la polla en la mano y notar como crecía la excitó. Sin pensarlo, se la llevó a la boca y la saboreó. Notó como la sangre acudía al miembro que cada vez estaba más duro y caliente. En cuestión de poco segundos, la necesidad de tenerla dentro de nuevo era insoportable. Se subió a horcajadas y antes de que el mago pudiese reaccionar, se metió la polla y comenzó a mecerse sobre ella.
Saliendo por fin de su inmovilidad, Carlo cogió sus pechos con las manos y los estrujó. Acarició su pezones mientras ella saltaba, metiéndose profundamente aquella polla en su coño. El placer la envolvió la paralizó y la asfixió durante un instante de clímax. Gritó y se estremeció recorrida por el orgasmo.
Se recuperó, aun ansiosa y se giró con la polla de Carlo en su interior. Dándole la espalda en cuclillas, volvió a subir y bajar por aquella varita de mágico placer, hasta que con todo el cuerpo acalambrado se dejó caer exhausta sobre el cuerpo de su amante, que alargó la mano y le acarició los costados y los pechos. A pesar del cansancio, puso las piernas a ambos lados del ilusionista y comenzó a mover las caderas. Él respondió mordisqueando su cuello y acariciando su clítoris. El placer fue aumentando, lo que unido al cansancio, hicieron que se derrumbase sobre el cuerpo de su amante. Carlo la siguió penetrando desde abajo, a la vez que la masturbaba, cada vez con más intensidad, hasta que un nuevo orgasmo la asaltó. Elisa gritó y se estremeció, se escurrió de encima del cuerpo de su amante y continuó experimentando punzadas de placer lo que le pareció una eternidad.
Carlo la observaba con una sonrisa.
—Ven, quiero que te corras sobre mí. —dijo Elisa con voz pastosa.
Él la hizo caso y se puso de rodillas a su lado. Elisa cogió la polla con la mano, la besó y se la metió en la boca. La chupó con fuerza, saboreando su propio orgasmo y provocando los gruñidos de su amante, que estaba a punto de correrse.
Apartando la boca, Elisa siguió masturbándolo hasta que él no pudo más y se corrió con un estremecimiento. Varios chorros de espeso y excitante semen salieron de la polla de Carlo con fuerza. Ella los dirigió hábilmente a sus pechos y su vientre con una sonrisa mientras su amante se derrumbaba a su lado y jugaba con el semen que cubría su cuerpo.
Así permanecieron un rato hasta que el teléfono de Elisa sonó.
—Hola, ¿Qué tal anoche? No me dijiste nada. —la voz de su editora sonaba un poco piripi.
—Mayra, no es el momento…
—El número es impresionante y además el mago está como un queso Es más, no he podido resistirme y he vuelto esta noche con unas amigas.
—Un momento. —dijo Elisa incorporándose— ¿Cómo? ¿Esta noche? ¡Imposible!
—Claro que sí. ¿Ocurre algo? Elisa…
Se giró. Carlo la estaba mirando, apoyando la cabeza en la mano y sonriendo con suficiencia.
—¿Habéis estado viendo el espectáculo de Carlo está misma noche? —insistió Elisa sin apartar los ojos de su amante.
—Si, y luego se ha sentado con nosotras a tomar unas copas. Acabamos de dejarle. Es un hombre divertido… y muy guapo… haríais muy buena pareja. ¡Hola! ¡Elisa! ¿Me oyes?
Elisa había dejado caer el móvil sobre la cama y miraba a Carlo con la boca abierta, sin terminar de comprender. Él le devolvió una sonrisa socarrona y solo dijo una palabra:
¡MAGIA!