Desperté envuelto en el calor familiar de la cama compartida, mi cuerpo desnudo enredado en sábanas tibias. Junto a mí, Rebe dormía plácidamente, su respiración un suave ritmo que apenas alteraba el silencio de la habitación. Llevaba solo unas bragas de algodón y su largo pelo negro recogido en una trenza para dormir que caía sobre su hombro desnudo.
La observé unos minutos, fascinado por la paz que emanaba su rostro dormido. Sus labios, ligeramente entreabiertos, eran los mismos que habían recorrido mi cuerpo con una dedicación que todavía me estremecía recordar. Sus pestañas proyectaban pequeñas sombras sobre sus mejillas, y la curva de su cuello, expuesto por la posición, invitaba a besos que contuve.
Con cuidado de no despertarla, me levanté y caminé hacia el baño. El piso frío bajo mis pies descalzos me arrancó los últimos vestigios de sueño. Oriné. Me lavé las manos y luego los dientes, observando mi reflejo en el espejo.
Tomé un short del cajón y me lo puse sin molestarme con ropa interior. Al pasar junto a la ventana, me detuve ante la visión del exterior. Nevaba. Copos gruesos y perezosos caían del cielo plomizo. Toronto seguía siendo Toronto, incluso en este lunes que para mí parecía tan distinto a todos los anteriores.
En la cocina, llené la cafetera y la puse a funcionar. El aroma del café comenzó a impregnar el aire mientras me apoyaba contra la encimera, mirando por la ventana la nieve que caía sin prisa. Nunca fui fanático del invierno, pero ahora con mi invitada, tenía un significado ligeramente distinto, pues nos daba una razón real para mantenernos dentro de la casa por días enteros.
No tuve que esperar mucho. El sonido casi imperceptible de pies descalzos me hizo girar la cabeza. Rebe apareció en el umbral de la cocina vistiendo una de mis sudaderas, una gris desgastada con el logo de mi universidad que le quedaba tan grande que parecía un vestido corto. Apenas le cubría los muslos, dejando a la vista sus piernas tonificadas. Su pelo seguía en la trenza, ahora ligeramente deshecha, y su rostro tenía esa suavidad particular de quien acaba de despertar.
—Buenos días —dijo con una sonrisa que iluminó toda la cocina.
—Buenos días —respondí y le extendí una taza con café.
Rebe tomó la taza con ambas manos, acunándola como si absorbiera su calor. Dio un pequeño sorbo.
—¿Dormiste bien? —pregunté, aunque era evidente que sí.
—Muy bien —asintió—. ¿Y tú tienes mucho trabajo hoy?
—Lo normal. Algunas revisiones, correos que contestar —me encogí de hombros, tomando mi propia taza de café.
Rebe asintió, dio otro sorbo, y luego dejó la taza sobre la encimera. Se acercó a mí con movimientos deliberadamente lentos, casi felinos.
—¿Quieres la práctica antes de empezar a trabajar? —preguntó, sus dedos juguetearon con el dobladillo de la sudadera.
—Creo que ya podemos llamar las cosas por su nombre, ¿no? —dije, con una mezcla de juego y seriedad en mi tono.
Rebe se detuvo, sus ojos se abrieron ligeramente con sorpresa. Un rubor delicado tiñó sus mejillas, pero no retrocedió ni desvió la mirada.
—Tienes razón —admitió después de una breve pausa—. Entonces... —respiró hondo, como reuniendo valor—. ¿Hoy no quieres una mamada por la mañana?
La crudeza de sus palabras en contraste con el rubor de sus mejillas y la inocencia de su expresión fue … brutal. Sentí cómo mi pene se endurecía instantáneamente bajo el short, la tela ligera no ofrecía ningún disimulo a mi excitación.
—Sí —respondí, mi voz repentinamente ronca—. Sí quiero.
Sin más palabras, caminé hacia la mesa y aparté una silla. Me senté y, con un movimiento deliberado, bajé el short hasta mis tobillos. Mi verga saltó libre, ya completamente erecta, la punta brillante se elevaba hacia mi vientre.
Rebe se relamió los labios en un gesto que probablemente no era consciente, pero que resultaba obscenamente erótico. Se acercó con esa mezcla única de timidez y determinación que había llegado a conocer tan bien. Se arrodilló frente a mí, sus manos se apoyaron en mis muslos, y su rostro se inclinó hasta quedar a centímetros de mi erección.
—Me gusta más cuando lo llamamos por su nombre —dijo, su aliento cálido acariciaba mi piel sensible—. Quiero mamártela, Lalo. Quiero chuparte la verga hasta que te vengas en mi boca.
Y antes de que pudiera recuperarme del impacto de sus palabras, sus labios se abrieron y descendieron sobre mí, envolviéndome en ese calor húmedo que ya me resultaba tan familiar y que, sin embargo, nunca dejaba de sorprenderme con su intensidad.
Jueves. La oficina me recibía con su familiar ambiente. Antes, estos días eran una tortura de monotonía y proyectos ralentizados por el invierno. Ahora, irónicamente, casi los agradecía. Venir a la oficina significaba tener un motivo legítimo para salir del apartamento, para poner distancia entre Rebe y yo, aunque fuera por unas horas. No porque quisiera alejarme de ella, sino porque la intensidad de lo que hacíamos en casa comenzaba a consumir cada aspecto de mi vida.
Mi cubículo permanecía igual que siempre: la mesa de dibujo a un lado, la computadora al otro, y en medio, suficiente espacio para extender los planos que revisaba esta mañana. Trabajaba en un proyecto para un edificio residencial en el centro, nada especialmente creativo, pero lo suficientemente complejo para mantener mi mente ocupada. Los números y líneas sobre el papel tenían algo tranquilizador, una precisión y claridad que contrastaba con el caos emocional que había permitido entrar en mi vida.
Estaba absorto en los detalles de una escalera de emergencia cuando una sombra cayó sobre mi mesa. Levanté la vista y vi a Fernando, uno de los ingenieros estructurales, apoyado contra la división de mi cubículo. Era un hombre robusto, de unos cuarenta años, con el pelo ya casi completamente gris pese a su edad.
—¡Lalo! —exclamó con ese entusiasmo exagerado tan típico de él—. ¿Cómo andas? Hace rato que no hablamos.
—Hola, Fernando —respondí, intentando sonar más cordial de lo que me sentía—. Todo bien, ocupado como siempre.
—Te entiendo, te entiendo —asintió, dando un sorbo a su café—. Pero ya queda menos para que termine este invierno del demonio. ¿Has visto el pronóstico?Parece que solo un par de semanas más de nieve y listo.
—¿En serio? —pregunté, más por cortesía que por interés real. La verdad es que apenas revisaba el clima últimamente.
—Sí, hombre. Vamos a poder salir de este encierro —continuó Fernando, animado por mi aparente interés—. Mi esposa ya está planeando una barbacoa para mediados de mes. Deberías venir, traer a alguien si quieres. Ya sabes que Patricia siempre cocina demás.
—Suena bien —mentí—. Te aviso más cerca de la fecha.
Fernando asintió, satisfecho con mi respuesta vaga, y continuó:
—Y hablando del calor, ¿ya te contó Roberto sobre el proyecto nuevo? Parece que vamos a tener que visitar el sitio la próxima semana. Va a ser un lodo insoportable con el deshielo, pero al menos no estaremos congelándonos el culo.
Podía sentir cómo mi paciencia se agotaba. No es que fuera un adicto al trabajo, y hasta hace un par de meses yo también buscaba cómo sólo matar el tiempo en la oficina, sin embargo, ahora sólo en este espacio era capaz de concentrarme, así que trataba de terminar todas mis tareas en los días de oficina.
—Amigo —lo interrumpí —, realmente necesito concentrarme en estos planos. Tengo que entregarlos hoy y todavía me falta revisar toda esta sección.
Su rostro registró brevemente la sorpresa antes de componerse en una expresión de comprensión forzada.
—Claro, claro, no te interrumpo más —retrocedió un paso—. Hablamos después, ¿eh?
—Seguro —respondí, ya volviendo mi atención a los planos.
Volví a los planos con renovada concentración, enterrando cualquier inquietud bajo capas de medidas, ángulos y especificaciones técnicas. Para cuando levanté la vista nuevamente, ya era hora del almuerzo y la interacción con Fernando se había desvanecido de mi mente, reemplazada por el pensamiento persistente de qué estaría haciendo Rebe en el apartamento vacío.
El viernes llegó. Trabajar desde casa tenía sus ventajas, especialmente cuando el día anterior había literalmente terminado todo lo que tenía. La última revisión de planos la terminé mientras bebía mi segundo café, satisfecho por la eficiencia que había mostrado estos días.
Cerré la laptop y me estiré, liberando la tensión acumulada en mis hombros después de horas frente a la pantalla. Vestía cómodamente: unos bóxers gastados y una camisa vieja de la universidad que había sobrevivido a demasiados lavados. Me levanté y caminé hacia el pequeñísimo cuarto de lavado que teníamos.
Rebe estaba allí, de espaldas a mí, clasificando ropa en montones sobre la lavadora. Llevaba unos shorts viejos de algodón, desteñidos en las zonas donde la tela se había estirado con el uso, y una blusa holgada que dejaba entrever el contorno de sus omóplatos cuando se inclinaba. Su pelo estaba recogido en un chongo descuidado del que escapaban varios mechones, dándole un aspecto doméstico y vulnerable.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
Rebe se volvió y me sonrió, un mechón rebelde cayó sobre su frente.
—Ya casi termino esta carga —respondió.
Cuando la lavadora comenzó a llenarse, me aparté para dejarle espacio.
—Hay un poco más para lavar —comentó, mirando sus propios shorts—. Estos también deberían ir en esta carga.
Sin ceremonia ni aviso, se bajó los shorts en un solo movimiento y los añadió al montón. Quedó frente a mí usando solo la blusa holgada y un cachetero negro. Era una tira delgada que se hundía entre sus nalgas, dejándolas casi completamente expuestas. La tela negra contrastaba dramáticamente con la piel clara de su trasero, creando una imagen tan erótica que sentí cómo la sangre abandonaba mi cerebro para concentrarse en mi entrepierna.
El impulso fue instantáneo e irrefrenable. Extendí mi mano y toqué su piel, mis dedos recorrieron la curva perfecta de una de sus nalgas. Rebe dio un pequeño respingo, pero no se apartó.
—¿Te gusta? —preguntó en voz baja, sin voltearse completamente.
—Es... Te queda muy bien —respondí.
—Fue un regalo de una amiga antes de venir —explicó mientras mis dedos continuaban explorando la textura suave de su piel—. Casi nunca lo uso, pero... —hizo una pausa y finalmente se giró para mirarme— puedo usarlo más seguido si te gusta.
Su oferta encendió algo primitivo dentro de mí. Sin pensarlo, me incliné y la besé. No fue un beso dulce o gentil; fue hambriento, posesivo, cargado con toda la lujuria que su pequeña exhibición había despertado. Mis manos encontraron sus caderas, atrayéndola hacia mí para que sintiera la erección que ya presionaba contra la tela de mis bóxers.
Cuando nos separamos, sus pupilas estaban dilatadas, sus labios ligeramente hinchados.
—¿No tienes que trabajar? —preguntó.
—Ya terminé todo —respondí, mis dedos jugueteaban con el borde de su blusa—. Soy muy eficiente últimamente. No tengo más pendientes.
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, una mezcla de satisfacción y anticipación que ya había aprendido a reconocer.
—¿Eficiente? —repitió, sus manos se deslizaron bajo mi camisa, sus dedos trazaron patrones abstractos sobre mi piel—. Me gusta eso.
La lavadora comenzó a agitarse rítmicamente detrás de nosotros, el sonido mecánico de agua y ropa girando formaba un extraño contrapunto a nuestra respiración cada vez más acelerada.
—Ven —dije simplemente, tomando su mano.
La guié fuera del cuartito, a través del pasillo y hasta el dormitorio. No había prisa, no había ansiedad.
Rebe me siguió con pasos ligeros.
Apenas cruzamos el umbral de la habitación, la arrojé sobre la cama. No hubo delicadeza ni preliminares; la necesidad que sentía por ella había superado cualquier pretensión de autocontrol. Rebe rebotó ligeramente sobre el colchón, su pelo se soltó y se derramó por la cama, sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y deseo que encendió mi sangre. Me lancé sobre ella, atrapando sus labios en un beso que tenía más de animal que de humano. Mi lengua invadió su boca sin permiso, mis dientes rozaron su labio inferior, mordí levemente, lo suficiente para arrancarle un gemido que vibró directamente en mi entrepierna.
Rebe respondió con un entusiasmo que igualaba el mío. Sus manos volaron a mi cabello, enredó sus dedos entre los mechones y tiró con fuerza, provocando una deliciosa punzada de dolor que solo aumentó mi excitación. Sus piernas se abrieron instintivamente para acomodarme entre ellas, y pude sentir el calor que emanaba de su coño a través de la delgada tela de mi bóxer. Mientras nuestras bocas batallaban, sus dedos exploraron mi rostro con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de nuestros besos.
Cuando mordió mi labio inferior, devolviendo el favor con un atrevimiento que no le había visto antes, gruñí desde lo profundo de mi garganta. Era un sonido primario, casi salvaje, que surgió sin mi permiso. La sensación de sus dientes en mi carne, el dolor breve pero intenso, encendió algo primitivo dentro de mí.
Abandoné su boca para trazar un camino de besos y mordidas por su cuello. Su piel sabía a sal y a algo indefiniblemente dulce que era exclusivamente ella. Mordí suavemente la unión entre su cuello y su hombro. Mis manos encontraron el borde de su blusa y la subieron con impaciencia, exponiendo sus pechos perfectos al aire fresco de la habitación.
Sus pezones ya estaban duros, dos botones rosados que me llamaban. Tomé uno en mi boca, lo rodee con mi lengua antes de succionarlo con fuerza, mientras mi mano se ocupaba del otro, pellizcándolo suavemente entre mis dedos. Rebe arqueó la espalda, ofreciéndose más plenamente.
—Lalo... —gimió mi nombre, su voz quebrada por el placer—. Dios, sí...
El sonido de mi nombre en sus labios, pronunciado con esa mezcla de reverencia y lujuria, era como gasolina al fuego que me consumía. Mordí su pezón, más fuerte de lo que pretendía, y sentí cómo su cuerpo entero se estremecía en respuesta. Sus gemidos se hicieron más frecuentes, pequeños sonidos entrecortados que escapaban de su garganta con cada movimiento de mi lengua, con cada roce de mis dientes.
Dediqué tiempo a sus pechos, alternando entre ambos, disfrutando la forma en que su respiración se aceleraba, cómo sus manos apretaban mi pelo, dirigiéndome, urgiéndome sin palabras. Su piel se erizaba bajo mi tacto, pequeños temblores recorrían su cuerpo con cada nueva sensación.
Finalmente, impulsado por una necesidad insaciable de probar más de ella, comencé a descender. Besé su vientre plano, trazé con mi lengua el contorno de su ombligo, mordí suavemente la piel sensible justo encima de la línea del cachetero negro. Mis manos sujetaron sus caderas, inmovilizándola contra el colchón mientras mi boca exploraba cada centímetro de piel disponible.
Al llegar al borde de la tela negra, no tuve paciencia para juegos o sutilezas. Agarré el cachetero con ambas manos y tiré con fuerza, escuché el sonido satisfactorio de la tela rasgándose. Rebe dio un pequeño grito de sorpresa que rápidamente se transformó en un gemido cuando mi boca encontró su sexo expuesto.
Me sumergí en ella sin reservas, enterré mi cara entre sus piernas. Restregé mi nariz y mis labios contra su coño, inhalé profundamente su aroma, una mezcla embriagadora de almízcle y excitación que me hizo gruñir contra su carne sensible. La vibración arrancó otro gemido de su garganta, más agudo y urgente.
Mi lengua recorrió toda la longitud de su vagina, desde la entrada húmeda hasta el pequeño botón de nervios en la parte superior. Estaba completamente empapada, su excitación brillaba en los pliegues rosados de su sexo. La saboreé.
—Lalo, Lalo, Lalo —repetía mi nombre como un mantra entrecortado, su voz subía de tono con cada pasada de mi lengua.
Sus manos abandonaron mi pelo para aferrar las sábanas. Su pelvis se movía involuntariamente contra mi boca. La entendí perfectamente; yo también quería más, quería todo.
Me aparté solo lo suficiente para quitarme los bóxers. Mi verga saltó libre, dura como nunca antes, la punta ya estaba brillante y húmeda por la excitación. Rebe la miró con una mezcla de fascinación y nerviosismo, sus ojos se agrandaron ligeramente. Me posicioné entre sus piernas abiertas, mi cuerpo suspendido sobre el suyo, nuestros sexos a centímetros de distancia.
Tomé mi pene con una mano y lo guié hasta su entrada, rozando la punta contra los pliegues húmedos de su vulva, embadurnándola con su humedad.
Ese puto momento todo se resumía a eso.
En el momento en que mi verga rozó su piel
el
mundo
entero
se
vino
a
b
a
j
o
La sensación era electrizante, incluso ese contacto mínimo enviaba oleadas de placer que recorrían mi espina dorsal.
Coloqué la cabeza de mi verga justo en la entrada de su vagina, presioné ligeramente, sintiendo la resistencia inicial de su cuerpo. Era el momento de verdad, el punto sin retorno. A pesar de la bruma de lujuria que nublaba mi mente, recordé que esta era su primera vez.
—¿Estás segura?
Rebe me miró directamente a los ojos, sus pupilas dilatadas hasta casi engullir el iris. Había determinación en su mirada, pero también deseo y ansias.
—Sí —asintió, y luego añadió en un suspiro—. Por favor, Lalo.
Esas cuatro palabras fueron suficientes. Empujé lentamente, sintiendo cómo la cabeza de mi verga abría su entrada, cómo los músculos apretados de su vagina cedían gradualmente ante mi invasión. La sensación era indescriptible: calor, humedad, presión, todo combinado en una tortura deliciosa que me hacía querer empujar de golpe hasta el fondo.
Pero me contuve, avancé milímetro a milímetro, observando su rostro en busca de signos de incomodidad. Sus labios estaban separados, dejaban escapar pequeños jadeos con cada nuevo avance. Sus manos volaron a mis hombros, sus uñas se clavaron en mi piel.
La estrechez de su interior era casi insoportable, su coño parecía agarrar cada centímetro de mi verga como un guante demasiado pequeño, masajeaba la punta sensible, enviaba descargas de placer que amenazaban con hacerme perder el control. Su expresión oscilaba entre el dolor y el placer, sus cejas se fruncían ligeramente antes de relajarse, sus ojos se cerraban para luego abrirse y encontrarse con los míos.
Cuando finalmente estuve parcialmente dentro, me detuve, permitiéndonos a ambos acostumbrarnos a la sensación. El rostro de Rebe estaba crispado, pero no de dolor, sino de un placer tan intenso que parecía casi doloroso, como si la sensación fuera demasiado para procesar.
Me mantuve quieto, consciente del privilegio y la responsabilidad que significaba ser el primero. Su cuerpo virgen se adaptaba al mío, músculos internos palpitaban alrededor de mi verga con una presión casi insoportable. Sus ojos, enormes y oscuros, no se apartaban de los míos; contenían una mezcla de vulnerabilidad y confianza absoluta que me conmovió incluso en medio de aquel frenesí de lujuria. Con una delicadeza que contrastaba con el deseo salvaje que me consumía, comencé a moverme, pequeños vaivenes experimentales que buscaban más placer que profundidad.
Rebe respondió con un gemido suave, casi sorprendido, como si cada pequeño movimiento despertara sensaciones que no sabía que podía experimentar. Sus manos, que habían estado clavadas en mis hombros, se relajaron ligeramente, sus dedos ahora acariciaban mi piel en lugar de arañarla. La tensión inicial de su rostro cedió gradualmente, dando paso a una expresión de asombro mezclado con placer creciente.
—¿Estás bien? —susurré, aunque podía ver la respuesta en su rostro.
Asintió, incapaz de formar palabras coherentes. Sus caderas comenzaron a moverse tímidamente contra las mías, invitándome a continuar. Tomé eso como señal para aventurarme más profundo, empujé con un poco más de firmeza, sintiendo cómo cedían nuevas barreras, cómo su interior se expandía para acomodarme. Con cada centímetro que avanzaba, sus espasmos y gemidos me animaban, me aseguraban que el placer superaba cualquier incomodidad inicial.
El calor de su coño era incomparable, un horno húmedo que envolvía cada milímetro de mi verga con una presión perfecta. Sus paredes internas parecían tener vida propia, se contraían y relajaban alrededor de mí, masajeaban mi longitud con cada movimiento. La humedad aumentaba, facilitaba el deslizamiento, creaba sonidos húmedos y obscenos que solo aumentaban mi excitación. Era más apretada de lo que había imaginado, cada embestida, por pequeña que fuera, enviaba oleadas de placer por todo mi ser.
Encontré su rostro y tomé sus mejillas con una de mis manos, obligándola a mantener la mirada fija en la mía mientras la penetraba cada vez más profundamente. Quería ver cada reacción, cada cambio en su expresión, cada parpadeo de placer que cruzaba sus facciones. Había algo inmensamente íntimo en este contacto visual sostenido, algo que trascendía lo puramente físico y conectaba con algo más profundo, más primitivo.
—Te sientes increíble —murmuré.
Sus labios se curvaron en una sonrisa temblorosa antes de transformarse en una "o" perfecta cuando una embestida particularmente profunda la tomó por sorpresa. Sentí cómo su interior se estremecía en respuesta, cómo un nuevo flujo de humedad facilitaba mi avance.
Gradualmente, confiado en que su cuerpo se había adaptado a la invasión, comencé a aumentar el ritmo. Ya no eran pequeños vaivenes exploratorios, sino embestidas firmes y constantes que buscaban llegar más profundo con cada avance. El colchón comenzó a crujir bajo nosotros, marcando el ritmo de nuestra danza primitiva. Mis caderas encontraron un compás natural, un ritmo que parecía diseñado específicamente para arrancar esos sonidos deliciosos de su garganta.
Los gemidos de Rebe se sincronizaron con mis movimientos, un sonido escapaba de sus labios cada vez que mis caderas chocaban contra las suyas. Eran sonidos puros, instintivos, desprovistos de cualquier inhibición o artificio. Su cabeza se echó hacia atrás, exponiendo la línea vulnerable de su garganta, que no pude resistirme a besar. Mis labios encontraron su pulso acelerado, sentí la vibración de sus cuerdas vocales bajo mi lengua mientras continuaba embistiéndola.
—¿Te gusta? —pregunté contra su piel, aunque la respuesta era obvia en cada temblor de su cuerpo, en cada contracción de su interior alrededor de mi verga.
—Me encanta —logró articular entre jadeos entrecortados—. Por favor, no pares. Por favor...
Sus palabras encendieron algo primario dentro de mí. El ritmo de mis embestidas se aceleró, se volvió más urgente, más desesperado. Mis manos abandonaron su rostro para encontrar sus caderas, mis dedos se hundieron en su carne suave, la sujetaron firmemente mientras la penetraba con una nueva intensidad. La cama completa se movía ahora, golpeaba rítmicamente contra la pared con cada empujón.
El sonido de nuestros cuerpos encontrándose, carne contra carne, se mezclaba con nuestros jadeos y gemidos en una sinfonía carnal que llenaba la habitación. El aire se cargó con el aroma a sexo, a sudor, a nosotros. Podía sentir cómo el sudor resbalaba por mi espalda, cómo se acumulaba en la unión donde nuestros cuerpos se conectaban, aumentando la lubricación, intensificando las sensaciones.
Sentí la presión familiar construyéndose en la base de mi columna, aquel calor inexorable que anunciaba el clímax inminente. Intenté contenerlo, quería prolongar este momento tanto como fuera posible, pero el cuerpo de Rebe, sus sonidos, su expresión de placer absoluto... todo conspiraba para llevarme al límite.
—Rebe, me voy a venir —advertí, mi voz apenas audible entre jadeos—. Debería...
—Dentro —me interrumpió, sus ojos se abrieron para encontrarse con los míos, transmitían una certeza que no dejaba lugar a dudas—. Quiero sentirte dentro.
Esas palabras fueron suficientes para romper el último vestigio de mi autocontrol. Con un par de embestidas finales, más profundas y desesperadas que las anteriores, sentí cómo el orgasmo me atravesaba como una corriente eléctrica. Mi cuerpo entero se tensó mientras me derramaba dentro de ella, chorros calientes de semen inundaban su interior virgen. Enterré mi rostro en la curva de su cuello, ahogué un gruñido animal contra su piel mientras las oleadas de placer me sacudían desde el centro hasta las extremidades.
En ese mismo instante, sentí cómo el cuerpo de Rebe respondía al mío. Sus piernas me rodearon con fuerza, sus talones se clavaron en la parte baja de mi espalda, presionándome más profundamente dentro de ella. Sus brazos me sujetaron como si temiera que pudiera escapar, sus uñas dejaron medias lunas rojas en mi piel. Y su interior... Dios, su interior se convulsionó alrededor de mi verga con espasmos rítmicos e incontrolables que prolongaron mi propio orgasmo, extrayendo hasta la última gota.
El gemido que escapó de su garganta era casi un grito, un sonido de rendición completa ante el placer que la consumía. Su cuerpo entero temblaba bajo el mío, pequeños espasmos que parecían no tener fin. Sus paredes internas seguían contrayéndose alrededor de mi miembro, pulsaban con vida propia mientras disfrutaba su primer orgasmo durante el coito.
Cuando finalmente las últimas ondas de placer nos abandonaron a ambos, me desplomé a su lado, incapaz de sostener mi propio peso por más tiempo. Nuestros cuerpos sudorosos quedaron tendidos sobre las sábanas revueltas, nuestras respiraciones agitadas el único sonido en la habitación. La intensidad de lo que acabábamos de compartir nos había dejado sin palabras, sin energía, casi sin consciencia.
Mi brazo encontró su camino alrededor de su cintura, atraje su cuerpo hacia el mío en un gesto instintivo de posesión y protección. Ella se acurrucó contra mí, su cabeza encontró el hueco perfecto bajo mi barbilla, sus piernas se entrelazaron con las mías.
Esto, caballeros, era el paraíso.
Nota del autor:
Bueenas, ya pueden leer los capítulos 8 y 9 en mi Patreon, además, hay una encuesta para saber qué serie quieren que termine primero, si esta o "¿Mi madre lee mis historias?"
Nos vemos. saludos