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Fecha: 27-Feb-26 � Anterior | Siguiente � en Org�as
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La playa 3

Relatante32
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Las reglas y los l�mites desaparecen Version para imprimir

Después de aquella tarde brutal en el parking, cuando los chicos se subieron al utilitario viejo y se fueron sin mirar atrás, dejando a Ana, Bea y Carla desnudas sobre el capó aún caliente, con semen goteando por sus muslos y caras sonrojadas, el silencio del coche de vuelta al piso fue ensordecedor. Nadie habló del número que el moreno había dictado. Nadie necesitó hacerlo. Esa noche, entre duchas compartidas donde el agua se llevó arena y restos pegajosos, y cervezas que nadie terminó, se tocaron despacio recordando cada detalle: el agarre en la nuca de Ana, la polla del rubio hasta la garganta de Bea, la mano en la garganta de Carla que controlaba sin apretar. Se corrieron entre ellas con dedos resbaladizos, gimiendo bajito mientras se miraban, pero el deseo no se apagaba. Al contrario. Creció. Al día siguiente, sin decirlo en voz alta, decidieron cambiar de sitio. Habían oído hablar de una zona de dunas más apartada, a media hora en coche hacia el sur: una playa nudista con tramos de cruising gay conocido entre los locales, lleno de dunas altas y senderos ocultos donde los hombres se movían discretos entre la arena. Nadie se alarmaría allí por ver cuerpos desnudos. Nadie preguntaría. Era perfecto para lo que querían: ser vistas, usadas, dominadas… sin interrupciones.

Llegaron temprano, con el sol ya alto pero el aire aún fresco. Aparcaron en un camino de tierra lejos del acceso principal, cargaron la manta grande, la nevera pequeña, lubricante, un par de juguetes discretos (un plug mediano, un vibrador con mando) y los tres collares de cuero negro con argollas plateadas. Caminaron por un sendero entre dunas altas hasta encontrar un hueco apartado: arena blanda rodeada de paredes naturales de arena, con vistas parciales al mar pero oculto de la playa principal. Desde allí se oían pasos lejanos, murmullos, algún gemido ahogado de hombres que pasaban por los senderos de cruising, pero nadie se acercaba aún. Extendieron la manta. Se quitaron la ropa despacio, sin risas. Ana se puso el collar primero; el cuero apretó suave contra su cuello moreno, la argolla fría contra la piel oliva caliente. Bea y Carla la imitaron. Desnudas, con los collares puestos, se arrodillaron en la arena y esperaron. El pulso les retumbaba en las sienes.

Los chicos aparecieron por el sendero principal, puntuales. El moreno delante, cuerda enrollada al hombro; el rubio con una botella de agua grande; el del piercing con esa sonrisa torcida. Se pararon frente a ellas, mirándolas de arriba abajo.

—Habéis cambiado de sitio —dijo el moreno, voz grave—. Bien pensado. Aquí nadie os va a molestar… salvo nosotros.

Ana bajó la mirada. Bea apretó los muslos. Carla respiró hondo.

—Arrodillaos bien. Manos detrás. —ordenó.

Obedecieron al instante. Rodillas hundiéndose en la arena caliente, manos cruzadas a la espalda. El moreno enganchó los dedos en las tres argollas, tirando suave para que levantaran la barbilla.

—Hoy no hay juegos de monedas. Hoy sois nuestras. Totalmente.

Primero los hicieron gatear en círculo alrededor de la manta. Culo en pompa, collares tirando cuando se rezagaban. El rubio iba detrás dando palmadas secas: en las nalgas redondas y carnosas de Ana resonaban fuerte, la carne temblaba; en el culo pequeño y firme de Bea dolía más porque no había acolchado; en el culo torneado de Carla hacía que sus labios se abrieran con cada impacto, dejando ver el brillo de humedad entre los muslos. Algunos hombres que pasaban por el sendero cercano se paraban un segundo, sorprendidos al ver mujeres allí —en una zona donde solían ser solo hombres—, miraban boquiabiertos, pollas semierectas en los bañadores o desnudos, pero seguían su camino sin acercarse. Nadie intervenía. Nadie se alarmaba. Solo miraban, curiosos, excitados, y seguían.

Luego los ataron. Manos a la espalda con la cuerda suave pero firme, codos casi juntos para que los pechos se empujaran hacia delante. Los chicos se sentaron en semicírculo y las pusieron de rodillas delante. El del piercing sacó el lubricante y las botellas de aceite.

—Untaos entre vosotras. Despacio. Que se vea cada dedo, cada roce.

Ana vertió lubricante en sus manos y empezó por Bea: untó las tetas pequeñas puntiagudas, pellizcando pezones hasta endurecerlos como guijarros, bajando por el vientre plano hasta abrirle los labios finos y rosados, metiendo dos dedos despacio, sacándolos brillantes. Bea gimió, caderas moviéndose involuntarias. Bea hizo lo mismo con Carla: aceite en las tetas medianas altas, dedos resbaladizos por la cintura estrecha, abriendo muslos torneados para frotar el clítoris hinchado en círculos lentos, metiendo un dedo en el ano fruncido solo la punta, haciéndola jadear. Carla terminó con Ana: manos grandes untando las tetas pesadas D+, apretando la carne suave hasta dejar marcas rojas, bajando al coño depilado, metiendo tres dedos de golpe, bombeando lento mientras con el pulgar frotaba el clítoris grande y expuesto.

Los chicos se masturbaban despacio viéndolas. Órdenes cortas.

—A cuatro patas. Piernas abiertas. Culos hacia arriba.

Obedecieron. Tres culos en fila: Ana con nalgas redondas separadas mostrando el coño hinchado y mojado; Bea con culo pequeño pero firme, ano rosado fruncido; Carla con culo redondo moreno, labios abiertos brillando. El moreno se acercó a Ana primero, escupió en su ano, untó lubricante con dos dedos girando dentro, abriéndola despacio. Ella gimió alto, empujando hacia atrás. Luego la penetró por el coño de una embestida profunda, agarrando caderas anchas, follándola con ritmo brutal, cada golpe haciendo que sus tetas grandes se balancearan y golpearan contra la manta. Ana gritaba placer, coño contrayéndose alrededor de la polla gruesa.

El rubio tomó a Bea: la puso de rodillas, le metió la polla en la boca hasta la garganta, sujetándola por el pelo platino y el collar como rienda. Bea se atragantó, lágrimas en ojos, saliva goteando por barbilla, pero succionaba con hambre, lengua girando alrededor del glande. Él la follaba la boca profundo, alabándola: “Qué boca tan caliente para una flacucha… traga todo, zorra”.

El del piercing con Carla: la tumbó boca arriba, piernas abiertas en V, le metió el vibrador con mando en el coño, lo encendió en alto mientras la penetraba por detrás en el ano despacio, lubricante facilitando la entrada. Carla se arqueó, gimiendo alto, el doble relleno haciéndola temblar, clítoris palpitando sin tocarlo.

Cambios constantes. Las pusieron en cadena: Ana chupando al moreno mientras el rubio la follaba por detrás, tirando del collar; Bea encima de Carla en sesenta y nueve, lamiendo coño mientras el del piercing la follaba anal, vibrador zumbando dentro de Carla; luego todas una al lado de la otra, culo en pompa, y los chicos alternándose: polla en coño, en boca, en ano, manos abriendo nalgas, dedos en clítoris, palmadas en tetas.

Hombres solitarios seguían pasando por el sendero: uno se paró más tiempo, masturbándose a distancia al ver a tres mujeres siendo usadas así en su zona; otro murmuró “joder, tías aquí…” pero siguió caminando, excitado pero sin interrumpir. Nadie se alarmaba. Era parte del paisaje ahora.

Órdenes más humillantes: “Decidlo alto. Que os oigan los que pasan”.

—Somos putas exhibicionistas… nos encanta que nos follen duro… usadnos como zorras… queremos polla en todos los agujeros…

Cuando el sol bajó, los chicos las tumbaron boca arriba, piernas abiertas, y se corrieron: moreno dentro del coño de Ana, llenándola hasta rebosar, semen blanco goteando por muslos; rubio en la boca de Bea, obligándola a tragar mientras chorros calientes le llenaban garganta; del piercing sobre las tetas y vientre de Carla, dibujando líneas espesas en piel canela.

Las dejaron jadeando, semen por todas partes, collares puestos, cuerdas sueltas, coños y anos hinchados y rojos.

El moreno se agachó.

—Pasado mañana. Misma duna. Traed más lubricante. Traed tapones más grandes. Y traed ganas de que os abramos de verdad. Porque la próxima no habrá límites.

Se fueron.

Ana, Bea y Carla se miraron, temblando, sonriendo aturdidas.

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