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Fecha: 02-Mar-26 � Anterior | Siguiente � en Bisexuales
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Inesperado II

Cunnilinctus
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Para m�, Javier, esto no era solo sexo; era el inicio de algo que ard�a m�s profundo, un deseo que Ana a�n no ve�a del todo, pero que yo ya anhelaba explorar con �l. Version para imprimir

Desde mi lugar en el borde de la cama, el mundo se reducía a un torbellino de piel y aliento, un caos ordenado donde cada roce era una afirmación de lo inevitable. Ana y Marcos se movían con una sincronía que me invitaba, su matrimonio como un lienzo vivo que ahora yo pintaba con trazos audaces. Yo, Javier, observaba y participaba, mi cuerpo respondiendo con una urgencia que no era solo física, sino un eco de esa conexión que acababa de forjar con Marcos. El aire estaba espeso, cargado de sudor y deseo, y el jazmín del salón se había desvanecido, reemplazado por el almizcle crudo de nuestros cuerpos entrelazados.

Ana se arqueaba sobre Marcos primero, su boca capturando la de él en un beso profundo, mientras sus caderas se mecían contra su polla endurecida, guiándola dentro de su coño húmedo con un gemido que vibraba en el cuarto. Yo me posicioné detrás de ella, mis manos en sus caderas, sintiendo el calor de su piel bajo mis palmas. Mi polla, rígida y palpitante, se presionó contra su entrada trasera, lubricada por el sudor y el aceite que habíamos improvisado, y empujé lentamente, sintiendo cómo su culo se abría para mí, apretándome en un abrazo ardiente. Ana jadeó, su cuerpo tensándose entre nosotros dos, follada por delante por Marcos y por detrás por mí, un ritmo que iniciamos como un latido compartido: yo entraba cuando él salía, nuestras pollas separadas solo por su carne, creando una fricción que nos hacía gruñir a los tres.

Marcos, debajo de ella, levantó la vista hacia mí, sus ojos verdes clavados en los míos mientras su polla se hundía en Ana una y otra vez. En ese momento, nuestra conexión se profundizó; extendí una mano, rozando su pecho, mis dedos pellizcando su pezón endurecido, y él respondió arqueándose, su mano encontrando mi muslo, apretándolo con una fuerza que decía más que palabras. Esto es real, pensé, mientras follaba a Ana con embestidas más firmes, mi polla deslizándose en su culo con un sonido húmedo y obsceno, sintiendo cómo su cuerpo se contraía alrededor de mí. No era solo el placer de su calor apretado, sino la forma en que Marcos me miraba, como si mi penetración en ella fuera una extensión de algo entre nosotros, un puente invisible que nos unía a través de su esposa.

Ana, perdida en la doble invasión, gemía sin control, su coño chorreando sobre la polla de Marcos, sus tetas balanceándose con cada empuje. Ella no parecía notar del todo el intercambio de miradas entre nosotros, o quizás lo hacía en un rincón borroso de su mente, pero su cuerpo respondía, apretándonos más fuerte, llevándonos al borde. Yo aceleré, mis caderas chocando contra su culo, sintiendo el orgasmo construir como una tormenta en mi vientre, hasta que exploté dentro de ella, mi semen caliente llenándola mientras Marcos la follaba con furia renovada, su propia eyaculación siguiendo a la mía en un clímax que nos dejó temblando.

Cuando todo acabó, Ana se derrumbó entre nosotros, exhausta y satisfecha, Marcos y yo compartimos un roce final de manos, un secreto en la penumbra. Para mí, esto no era solo sexo; era el inicio de algo que ardía más profundo, un deseo que Ana aún no veía del todo, pero que yo ya anhelaba explorar con él.

El agotamiento se apoderó de Ana como una marea suave, su cuerpo se relajó entre las sábanas revueltas, su respiración convirtiéndose en un ritmo profundo y constante. Yo, me incorporé con cuidado, el sudor aún perlándome la piel, el eco de nuestro clímax latiendo en mis músculos. El cuarto olía a sexo y a algo más intangible, una promesa suspendida en el aire. Me levanté, mis pies descalzos pisando el suelo fresco, y me dirigí al baño, necesitando un momento para recomponerme, para procesar el torbellino que acababa de desatarse dentro de mí. No miré atrás, pero sentía su mirada, la de Marcos, clavada en mi espalda como un imán.

El pasillo era un corredor estrecho de sombras, iluminado solo por la luz mortecina que se filtraba desde el salón. Empujé la puerta del baño, el clic del pestillo resonando como un secreto. El espejo sobre el lavabo me devolvió una imagen fragmentada: cabello desordenado, ojos brillantes con una mezcla de satisfacción y anhelo no resuelto. Abrí el grifo, el chorro de agua fría cayendo en el fregadero, y me incliné para salpicarme la cara, sintiendo el alivio temporal del líquido contra mi piel ardiente. Pero entonces, la puerta se abrió de nuevo, silenciosa, y allí estaba él. Marcos. Su silueta alta y delgada se recortaba en el umbral, desnudo como yo, su pecho subiendo y bajando con una respiración que no era del todo calmada.

No dijo nada al principio. Solo entró, cerrando la puerta detrás de sí con un movimiento deliberado. El espacio se volvió más pequeño, el aire más denso, como si el baño entero se hubiera contraído para acoplarnos. Yo me enderecé, el agua goteando de mi barbilla, y lo miré directamente. Sus ojos, esos ojos verdes que me habían atrapado durante la cena, ahora ardían con una intensidad cruda, despojada de la timidez anterior. Esto es lo que ha estado esperando, pensé, mientras mi polla, aún semierecta del encuentro previo, respondía al instante, endureciéndose ante su proximidad.

Marcos dio un paso adelante, su mano extendiéndose para rozar mi brazo, un toque que era pregunta y afirmación a la vez. "Javier", murmuró, su voz ronca, casi un susurro para no despertar a Ana. Yo no respondí con palabras; en cambio, giré hacia él, mi cuerpo cerrando la distancia. Nuestros pechos se tocaron primero, piel contra piel, el calor de uno fundiéndose con el del otro. Sus labios encontraron los míos en un beso que no tenía la dulzura de los previos con Ana; era hambriento, urgente, sus dientes rozando mi labio inferior mientras su lengua invadía mi boca con una posesión que me hizo gemir bajito.

Mis manos bajaron a sus caderas, atrayéndolo más cerca, sintiendo su polla dura presionando contra mi vientre, gruesa y palpitante, un recordatorio vivo de lo que acababa de compartir con su esposa. La mía se erguía entre nosotros, rozando su muslo, y él la tomó en su puño, apretándola con una firmeza que me arrancó un jadeo. "Quiero esto", dijo Marcos contra mi boca, su aliento caliente en mi piel. "Solo nosotros. Ahora." No hubo dudas en su voz, solo una necesidad que reflejaba la mía. Lo empujé contra la pared del baño, el azulejo frío contrastando con el fuego de su espalda, y me arrodillé ante él, mi boca abriéndose para tomar su polla en un movimiento fluido.

El sabor de él era salado, mezclado con el rastro de Ana, pero ahora era puro Marcos: venoso, grueso, llenando mi boca hasta el fondo de la garganta. Lo chupé con avidez, mi lengua trazando las venas hinchadas, mis labios sellándose alrededor de la base mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. Él gruñó, sus dedos enredándose en mi cabello, guiándome en un ritmo que aceleraba con cada embestida de sus caderas. "Joder, Javier... sí, así", jadeó, su voz un hilo tenso en la quietud del baño. Yo lo miré desde abajo, mis ojos fijos en los suyos, viendo cómo su rostro se contorsionaba en placer, cómo su matrimonio, su mundo entero, se resquebrajaba en este acto prohibido.

Pero no era solo dar; quería más. Me puse de pie, girándolo con facilidad hasta que su pecho quedó contra la pared, su culo expuesto y tentador. Tomé el lubricante del estante —el mismo que habíamos usado antes— y lo unté en mis dedos, preparándolo. Un dedo primero, deslizándose en su entrada apretada, sintiendo cómo se contraía y luego se relajaba, invitándome. Él empujó hacia atrás, un gemido ahogado escapando de sus labios. "Entra en mí", suplicó, y yo obedecí, mi polla presionando contra su culo, abriéndose paso centímetro a centímetro en ese calor virgen para él, pero tan familiar para mí.

Lo follé despacio al principio, mis caderas moviéndose en un vaivén controlado, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba, cómo sus músculos se aferraban a mí como si temiera soltarme. Sus manos se apoyaban en la pared, los nudillos blancos, y yo alcancé alrededor para acariciar su polla, bombeándola en sincronía con mis embestidas. El sonido era obsceno en el espacio confinado: carne contra carne, jadeos entrecortados, el chapoteo húmedo de mi polla entrando y saliendo de su culo. Marcos se arqueó, su cabeza cayendo hacia atrás contra mi hombro, y yo besé su cuello, mordiendo la piel sensible mientras aceleraba, follándolo con fuerza, profundo, hasta que sentí su orgasmo llegar primero: su polla palpitando en mi mano, chorros calientes de semen salpicando la pared y el suelo.

Eso me llevó al límite. Empujé una última vez, enterrándome hasta la raíz, y me corrí dentro de él, mi semen llenándolo en pulsos intensos, mi cuerpo temblando contra el suyo. Nos quedamos así, unidos, respirando con dificultad, el agua del grifo aún corriendo como un telón de fondo olvidado. Marcos se giró en mis brazos, besándome con una ternura que contrastaba con la ferocidad de momentos antes. "Esto cambia todo", susurró, y yo asentí, sabiendo que era verdad. Ana dormía al otro lado de la puerta, ajena por ahora, pero este secreto entre nosotros acababa de nacer, un lazo que nos ataba más allá de la noche.

Regresamos a la cama en silencio, nuestros cuerpos exhaustos pero saciados, deslizándonos a cada lado de Ana sin despertarla. En la oscuridad, su mano encontró la mía bajo las sábanas, un toque fugaz que prometía más. Para mí, esto no era el fin de la entrega; era el comienzo de un deseo que ardía en las sombras, esperando su momento para consumirlo todo.

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