Después del desayuno festivo, con el champagne todavía burbujeando en las copas y los chicos riendo con los ojos brillantes, Ana y Anita se pusieron de pie. Ana tomó una bandeja con fresas frescas que Enrique había preparado especialmente y sonrió con esa elegancia que las hacía parecer profesoras de verdad.
—Primera actividad del día, alumnos: besos con fresa. Vamos a hacerlo elegante, sutil y delicioso. Cada uno va a recibir el suyo. Cierren los ojos cuando les toque.
Empezaron con los cinco chicos, uno por uno. Ana se acercaba con una fresa entre los labios, la mordía a la mitad y pasaba la otra mitad directamente a la boca del chico con un beso lento, húmedo, lengua suave rozando apenas. Los chicos gemían bajito, las manos quietas por respeto, pero el sabor dulce de la fresa mezclándose con el aliento caliente de Ana los dejaba temblando.
Le tocó el turno a Enrique. Ana se paró frente a él, mordió la fresa y le dio el beso más elegante de todos. Enrique, con una sonrisa pícara de hombre experimentado, aprovechó el momento: mientras sus labios se tocaban, deslizó una mano por la cintura de Ana y le dio una sobada lenta y firme a la nalga derecha, apretando justo lo necesario. Ana soltó un gemidito suave contra su boca, pero no se apartó.
En ese instante, Carlos (el hijo de Enrique) soltó una carcajada jocosa desde su silla:
—¡Papá! ¡No le diré nada a mi mamá, lo juro! Pero… ¡qué buen gusto tienes!
Todos estallaron en risas. Enrique se separó con la fresa aún en los labios, levantó las manos en señal de inocencia y contestó riendo:
—Solo estaba probando la calidad del material didáctico, hijo. Clase práctica.
Peter y Ricardo, sentados al fondo, se miraron conteniendo la risa. Peter murmuró bajito:
—Hasta el viejo se anima… y nuestras mujeres lo disfrutan.
Ahora venía la sorpresa. Ana y Anita anunciaron que iban a cambiarse para la siguiente actividad y subieron a las habitaciones. Diez minutos después bajaron… y la sala entera se quedó en silencio absoluto por tres segundos antes de explotar.
Ana traía el disfraz de “colegiala traviesa definitiva”: camisa blanca anudada debajo de los pechos dejando la panza al aire, minifalda de cuadros escoceses tan corta que apenas cubría la curva del culo, calcetines altos blancos hasta los muslos y dos coletas con moños rojos. Sin nada debajo, por supuesto. Se veía exactamente como la fantasía prohibida de cualquier chico de 19 años.
Anita, por su lado, vestía el disfraz de “enfermera provocadora de urgencias”: vestido blanco cortísimo con cremallera frontal semiabierta hasta el ombligo, medias blancas con liguero visible, gorrito de enfermera ladeado y un estetoscopio colgando entre sus tetas. También sin ropa interior. El clásico uniforme que todos los chicos habían soñado alguna vez.
Los comentarios fueron abrumadores, salieron todos al mismo tiempo:
—¡No mames, Ana! ¡Pareces la colegiala de mis sueños masturbatorios desde los 14 años! —¡Anita… esa enfermera me va a curar TODAS las enfermedades! ¡Joder! —Puedo morir ahora mismo… miren esas piernas, miren ese escote… —Son las fantasías exactas que tenía… ¿cómo supieron? —Nos pueden ver descaradamente, ¿verdad? Porque yo ya no puedo disimular la verga dura…
Los cinco chicos estaban rojos, con las pollas marcándose brutalmente en los pantalones, sin poder quitarles los ojos de encima. Carlos incluso silbó. Enrique sonrió orgulloso y levantó su copa.
Ana y Anita se pararon en medio del comedor, giraron despacio para que las vieran completas y Ana habló con voz firme pero dulce:
—Sí, nos pueden mirar descaradamente. Hoy sí. Ayer nos quedamos con sus virginidades y fue hermoso. Hoy toca práctica real. No vamos a dedicar tiempo por separado a cada uno porque queremos que todos alcancen a practicar y sentir al mismo tiempo. Van a aprender a tocarnos con intención, con respeto y con ganas… pero sean sutiles y no violentos. Manos suaves, besos con cabeza, caricias que pregunten. Nosotras les vamos a enseñar paso a paso. ¿Están listos para la clase más práctica del fin de semana?
Los chicos respondieron al unísono, casi gritando:
—¡Sí, profesoras! —¡Lo que digan! —¡Vamos a portarnos perfectos!
Ricardo, desde el fondo, murmuró a Peter y Enrique con la voz cargada de orgullo:
—Miren cómo las miran… y ellas controlando todo. Nuestras mujeres están brillando.
Peter sonrió:
—Esto se va a poner todavía más caliente… y nosotros aquí, disfrutando el espectáculo.
Enrique levantó su copa una vez más:
—Clase práctica abierta, muchachos. Que empiece el toque con intención.
Ana y Anita se miraron, se mordieron el labio al mismo tiempo y dijeron:
—Entonces… acérquense. Vamos a empezar despacio… pero profundo.
La mañana del domingo acababa de subir de temperatura… y los disfraces apenas eran el comienzo de una práctica que prometía dejar a todos sin aliento.
En ese momento exacto, con los cinco chicos ya parados alrededor de las Anas, devorándolas con la mirada en sus disfraces de colegiala y enfermera, Ana levantó la mano y sonrió con picardía:
—Chicos… antes de que empiecen a tocarnos con intención, vamos a subir el fuego de verdad. Ricardo, mi amor… ¿nos ayudas? Queremos un juego de póker. Cinco jugadores: los chicos. Tú eres el crupier y el que decide los premios. Cada mano que gane uno… tendrá un premio especial que nosotras dos le vamos a dar. Y cada ronda será más picante que la anterior. ¿Aceptan?
Los cinco chicos gritaron “¡SÍ!” al unísono, con las pollas ya marcadas como nunca.
Anita se acercó a Ricardo, le dio un beso rápido en los labios (delante de todos) y le susurró lo suficientemente alto para que escucharan:
—Ricardo… tú decides cada premio antes de repartir las cartas. Diles qué se van a ganar si ganan la mano. Y si quieres darles “más morro” para que jueguen como locos… tú sabes cómo. Queremos que el ambiente se ponga insoportable de caliente.
Ricardo sonrió como el diablo que era, sacó una baraja nueva y preparó la mesa grande del comedor. Enrique y Peter se sentaron al fondo con sus copas, disfrutando el espectáculo.
—Bien, alumnos —dijo Ricardo con voz grave y sexy—. Reglas: Texas Hold’em sencillo. Cada mano, yo anuncio el premio ANTES de repartir. El ganador se lo lleva con las dos profesoras al mismo tiempo. Sin rechazar nada. Y los premios van a ir subiendo de intensidad. ¿Listos?
Los chicos asintieron, sentados ya alrededor de la mesa, con las manos temblando sobre las cartas.
**Ronda 1** Ricardo repartió y anunció: —Premio: un beso profundo de 30 segundos con Ana y Anita al mismo tiempo. Lengua y manos en la cintura nada más.
Ganó Carlos. Las dos Anas lo rodearon, se arrodillaron frente a él y le dieron un beso triple: una lengua en su boca mientras la otra le besaba el cuello y le mordía la oreja. Carlos salió rojo y jadeando. El ambiente ya empezaba a hervir.
**Ronda 2** —Premio: las dos profesoras se sientan en tu regazo y te dejan tocarles las tetas por encima de la ropa… pero despacio, 1 minuto exacto.
Ganó Diego. Ana (colegiala) y Anita (enfermera) se sentaron una en cada pierna. Diego metió las manos temblorosas bajo las camisas y les apretó las tetas desnudas (sin brasier). Los pezones duros se le clavaron en las palmas. Los demás chicos ya respiraban agitados.
**Ronda 3** —Premio: mamada doble de 90 segundos. Las dos Anas de rodillas, chupando al mismo tiempo, lenguas tocándose en tu verga.
Ganó Luis. Se bajó los pantalones ahí mismo. Ana y Anita se arrodillaron juntas, sacaron su polla dura y empezaron a lamerla desde la base hasta la punta, lenguas rosadas tocándose, saliva corriendo. Luis gemía como loco. Los otros cuatro chicos ya tenían las manos dentro de sus pantalones.
**Ronda 4** —Premio: las dos profesoras se quitan la parte de arriba del disfraz y te dejan chuparles las tetas y morder los pezones mientras ellas te masturban con las manos. 2 minutos.
Ganó Miguel. Ana y Anita se desabotonaron: tetas perfectas al aire. Miguel las chupó alternando, una y otra, mientras las dos manos expertas lo pajeaban lento y apretado. Miguel casi se corre ahí mismo.
**Ronda 5** —Premio: una de ellas te la chupa profundo hasta la garganta mientras la otra te lame los huevos y te mete un dedo mojado en el culo.
Ganó Juan (otra vez el afortunado). Ana se la tragó hasta el fondo, Anita le chupó los huevos y le metió un dedo lubricado con saliva. Juan gritó de placer y se corrió en la boca de Ana en menos de 40 segundos. Las Anas tragaron y se limpiaron la boca con lengua, mirándolo a los ojos.
**Ronda 6** —Premio: las dos se ponen en perrito sobre la mesa y tú eliges a cuál follas primero por 2 minutos exactos, sin condón, mientras la otra te besa y te aprieta los huevos.
Ganó Carlos otra vez. Eligió a Ana (colegiala). La puso en perrito sobre la mesa, entró de un solo empujón y empezó a follarla mientras Anita lo besaba y le apretaba los huevos. Los gemidos de Ana llenaron la sala. Los otros chicos ya sudaban.
**Ronda 7** —Premio: trío completo. Te sientas en la silla, una te monta la verga y la otra te sienta el coño en la cara. 3 minutos.
Ganó Diego. Anita se sentó en su polla (enfermera cabalgando), Ana se sentó en su cara. Diego lamía desesperado mientras lo montaban las dos. Se corrió dentro de Anita gritando.
**Ronda 8** —Premio: las dos profesoras te follan al mismo tiempo en la mesa: una cabalgándote, la otra en tu boca, y después cambian. Sin parar hasta que te corras.
Ganó Miguel. Las Anas lo destrozaron: Ana lo montó primero, Anita le dio el coño en la boca, luego cambiaron. Miguel se corrió dos veces seguidas, una dentro de cada una.
**Ronda 9** —Premio: doble penetración oral + manos. Las dos te chupan y te pajean al mismo tiempo hasta que explotes en sus caras.
Ganó Luis. Las Anas se arrodillaron juntas, lenguas y manos volando. Luis les pintó las caras de semen mientras los demás aplaudían.
**Ronda 10** —Premio: las dos se acuestan una encima de la otra en la mesa y tú las follas alternando, 30 segundos en cada coño, hasta que elijas dónde correrte.
Ganó Juan. Folló a Anita 30 segundos, luego a Ana, luego otra vez… y se corrió profundo dentro de Ana mientras Anita le besaba la boca.
Las rondas 11 a 15 fueron todavía más brutales: premios de sexo grupal, las Anas montándolos en la mesa mientras los demás veían, besos con semen en la boca, doble cowgirl, y al final Ricardo anunció el premio final de la ronda 15:
—Premio máximo: las dos profesoras te dan todo lo que quieras durante 5 minutos completos. Tú mandas.
Ganó Carlos. Las Anas le dieron todo: lo montaron juntas, lo besaron, lo chuparon, lo dejaron correrse donde quiso (dentro de Ana y en la boca de Anita).
Para entonces la sala era puro gemido, olor a sexo y sudor. Los cinco chicos estaban agotados pero felices, con las pollas rojas y las caras de haber vivido el mejor día de su vida.
Ricardo, Peter y Enrique aplaudían desde el fondo. Ricardo levantó su copa y dijo con voz ronca:
—Chicos… han jugado como hombres. Las profesoras han calentado el ambiente exactamente como queríamos. Ahora… ¿quieren seguir con la práctica de tocar con intención… o pasamos directo a la clase final sin cartas?
Ana y Anita, desnudas de la cintura para arriba, con semen brillando en sus tetas y labios, se miraron y contestaron al mismo tiempo:
—Estamos listas para lo que quieran… pero ahora sí… toquen con intención de verdad.
El ambiente estaba tan caliente que casi se podía cortar con un cuchillo. El domingo en la casa de campo había alcanzado otro nivel… y todavía quedaba toda la tarde y la noche.
Peter se levantó de su sillón con la copa en la mano, los ojos brillantes de pura lujuria contenida, y habló alto para que todos escucharan:
—Ahora sí, chicos… todos contra ellas. Ya jugamos, ya calentamos, ya aprendieron. Llega el momento de disfrutar de verdad de las profesoras. ¿Están listas, Ana, Anita?
Las dos Anas se miraron un segundo, sonrieron con esa mezcla de nervios y excitación que ya conocían, y Ana respondió con voz firme pero dulce:
—Sí… pero con orden. Nada de caos, nada de empujones. Tres con cada una. Nosotras controlamos el ritmo. Ustedes obedecen. ¿De acuerdo?
Anita asintió:
—Exacto. Vamos a disfrutarlas y ustedes van a disfrutarnos… pero con respeto y cabeza. Queremos que sea inolvidable para todos.
Ricardo, desde la mesa de cartas, sonrió como el director de orquesta que era y levantó la voz:
—Perfecto. Entonces… ¿quién de ustedes tiene curiosidad real por sexo anal? Levanten la mano. Los que sí, van a tener su oportunidad hoy. Vamos a dividirnos en dos equipos de tres: tres con Ana y tres con Anita. Enrique, tú vas en el equipo de Ana.
Los chicos se miraron entre sí, rojos y nerviosos. Carlos, Diego y Miguel levantaron la mano rápido (curiosos por el anal). Luis y Juan también, pero más tímidos. Enrique sonrió con picardía y levantó la suya también:
—Yo también tengo curiosidad… nunca lo he hecho con una mujer como estas.
Ricardo organizó rápido:
—Equipo Ana: Enrique, Carlos y Diego. Equipo Anita: Luis, Miguel y Juan.
Los seis hombres se pararon alrededor de las dos mujeres. Ana y Anita se quitaron lo que les quedaba de los disfraces y quedaron completamente desnudas en medio del comedor. La luz del domingo entraba suave por las ventanas, iluminando sus cuerpos sudados y brillantes.
Ana se subió primero a la mesa grande, se puso en cuatro patas y miró al equipo por encima del hombro:
—Empecemos suave. Enrique… tú eres el primero. Quiero que me prepares el culo con la lengua y los dedos. Carlos y Diego, uno a cada lado: uno en mi boca, el otro tocándome las tetas y el coño. Después rotamos. Y cuando entre… despacio. Mucha saliva, mucho cuidado.
Enrique se arrodilló detrás de ella, le abrió las nalgas con respeto y empezó a lamerle el ano despacio, circular, profundo. Ana gimió fuerte y empujó el culo hacia atrás:
—Así… muy bien, Enrique… mete un dedo… dos… relájame…
Al mismo tiempo, Carlos le metió la polla en la boca y Diego le chupaba las tetas y le metía dos dedos en el coño. Ana estaba llena por los tres lados, gimiendo y temblando.
Anita, en la otra esquina de la mesa, se puso también en cuatro patas y miró a su equipo:
—Luis… tú eres el más curioso. Ven, lame mi culito primero. Miguel y Juan: uno en mi boca, el otro jugando con mi clítoris. Después follamos.
Luis, temblando, se arrodilló y empezó a lamerle el ano con timidez pero con ganas. Anita lo guiaba con la mano en su cabeza:
—Más lengua… sí… métela adentro… muy bien, alumno…
Miguel le metió la verga en la boca hasta la garganta y Juan le frotaba el clítoris con dos dedos. Los gemidos de las dos mujeres llenaban toda la casa.
Después de cinco minutos de preparación anal, Ricardo dio la señal:
—Ahora sí… penetración anal. Despacio. El que entre primero usa mucha saliva y va centímetro a centímetro.
En el equipo de Ana: Enrique fue el primero. Se puso lubricante extra (que Ricardo les pasó) y presionó la cabeza de su polla contra el ano de Ana. Ella respiró profundo y empujó hacia atrás:
—Tranquilo… entra… sí… Dios… qué rico se siente…
Enrique entró completo, lento, y empezó a follarla por el culo con movimientos suaves. Ana gemía alto, los ojos en blanco. Carlos y Diego seguían: uno follándola por la boca, el otro metiéndole los dedos en el coño al mismo tiempo. Triple penetración perfecta. Después rotaron: Carlos entró por el culo (más grueso, Ana gritó de placer), Diego en la boca.
En el equipo de Anita: Luis entró primero por el culo, temblando entero:
—Anita… está tan apretado… voy a correrme ya…
Anita apretó y lo ordeñó:
—No… controla… respira… así… ahora tú, Miguel… métemela en el culo ahora.
Miguel entró, luego Juan. Los tres la follaban por el culo uno detrás de otro, mientras los otros dos le llenaban la boca y el coño con dedos y lengua. Anita estaba en éxtasis, sudor corriendo por su espalda.
Ricardo y Peter, sentados a un metro, comentaban bajito mientras bebían:
Ricardo: —Miren cómo se abre Ana… nunca la había visto tomar tres al mismo tiempo. Está disfrutando como loca.
Peter: —Mi Anita está temblando… Luis casi se desmaya cuando entró por atrás. Esto es el paraíso.
Enrique, mientras follaba el culo de Ana, jadeaba:
—Joder… es mil veces mejor de lo que imaginaba… gracias, profesoras.
Los equipos rotaban cada tres minutos: anal, vaginal, oral, manos… todo al mismo tiempo. Las Anas estaban llenas por todos lados, semen empezando a correrles por los muslos, gemidos sin parar. Los chicos sudados, concentrados, aprendiendo a durar, a compartir, a respetar el ritmo.
Después de casi una hora de puro sexo grupal ordenado, Ana levantó la cabeza entre gemidos y gritó:
—¡Córannse donde quieran! ¡Dentro, en la boca, en la cara… todo!
Y los seis hombres empezaron a explotar uno tras otro: chorros calientes dentro del culo de Ana, en su boca, sobre sus tetas… lo mismo con Anita. Las dos mujeres quedaron cubiertas, brillantes, temblando de placer y con sonrisas de satisfacción total.
Cuando terminaron, las Anas se abrazaron en la mesa, jadeando, y Ana dijo con voz ronca pero feliz:
—Clase… terminada por ahora. Pero la tarde todavía es larga…
Los chicos cayeron en las sillas, exhaustos, felices, sin poder creer lo que acababan de vivir. Enrique levantó su copa con mano temblorosa:
—Esto… esto sí que fue una iniciación de verdad.
Ricardo y Peter solo sonreían, orgullosos y excitadísimos, mientras las dos mujeres brillaban en medio de la sala, listas para lo que viniera después. El domingo en la casa de campo había llegado a su punto más caliente… y nadie quería que terminara.
Ricardo, sentado en su sillón del fondo con la copa todavía en la mano, miró todo lo que acababa de pasar y pensó para sus adentros:
«Joder… y yo que pensé que después del mediodía nos iríamos. Pero esto es brutal. Están cachondas a morir. Mis dos mujeres no se cansan, al contrario… cada vez quieren más. Esto ya no es una iniciación… esto es una orgía de lujo que no va a terminar nunca.»
Peter, a su lado, se inclinó y le susurró exactamente lo mismo que Ricardo estaba pensando:
—Hermano… yo también creí que después de la comida nos largábamos. Pero míralas… están cachondas a morir. Nunca las había visto así. Esto es una puta locura y me encanta.
Enrique, todavía jadeando y con la polla semi-dura después de haber follado el culo de Ana, se levantó con una sonrisa enorme de satisfacción. Había planeado esto desde la noche anterior. Antes de que empezara todo el juego de cartas, le había pedido discretamente a las Anas «algunas prendas íntimas» para tener una idea. Ellas, entre risas y besos, le habían dicho que sí.
Mientras todos descansaban un poco después de la intensa sesión anal, Enrique se subió al coche y se fue al pueblo más cercano (solo 12 minutos). Regresó media hora después cargando varias bolsas grandes. Sobre la mesa del comedor extendió todo:
- 10 tangas nuevas, todas diferentes: negras de encaje, rojas transparentes, blancas de hilo, rosas con lacitos, una dorada brillante… - Dos vestidos cortísimos más (uno negro de lycra y uno blanco semitransparente). - Tres botellas más de vino tinto caro y una hielera llena.
Con voz de papá orgulloso pero pícaro, Enrique habló frente a todos:
—Chicos… este día es histórico para ustedes. Hoy perdieron su virginidad de verdad, de la mejor manera posible. Quiero que cada uno tenga un recuerdo físico de este momento. Por eso traje estas tangas. Después de la comida, cada uno va a tener un rato privado y corto con Ana y con Anita. Ellas les van a dedicar tiempo especial… y al final de su momento, cada profesor les va a regalar una de sus tangas usadas del día como souvenir de su “inauguración”. Así, cuando se la pongan en la cara o la guarden, recordarán exactamente cómo se sintieron dentro de ellas.
Los cinco chicos se quedaron con la boca abierta, los ojos brillando de emoción y la polla otra vez empezando a endurecerse.
Ana y Anita se miraron, se rieron bajito y asintieron encantadas.
Ana: —Me parece perfecto. Vamos a hacer que cada uno se sienta único otra vez.
Anita: —Y les vamos a dar la tanga que llevábamos puesta mientras los follábamos… todavía calentita y con nuestro olor. ¿Les gusta la idea?
Los chicos respondieron con un grito colectivo:
—¡SÍ, JODER! —¡Eso es un recuerdo de puta madre! —¡Gracias, Enrique!
Después de una comida ligera pero deliciosa (carnes frías, ensaladas, más vino), la tarde del domingo empezó exactamente como Enrique había planeado.
Se acomodaron en la sala grande. Las Anas se pusieron primero las tangas nuevas que trajo Enrique (Ana una negra de encaje, Anita una roja transparente) para que se mojaran con sus jugos durante la tarde. Luego empezaron los momentos privados, uno por uno, cortos pero intensos:
Primero Carlos (con Ana y Anita juntas 8 minutos): lo sentaron en un sillón, le hicieron una doble mamada lenta mientras le susurraban lo orgullosas que estaban de él. Al final Ana se quitó la tanga negra empapada y se la puso en la mano:
—Esto es tuyo, alumno. Llévala siempre. Huele a mí cuando te masturbes pensando en hoy.
Después Diego (con las dos): lo montaron rápido en cowgirl alternando, lo hicieron correrse dentro de Anita y luego Anita le regaló su tanga roja chorreando.
Luis, Miguel y Juan pasaron exactamente igual: cada uno tuvo su momento de 7-10 minutos con las dos mujeres, besos, caricias, sexo oral y penetración rápida pero profunda. Cada uno recibió su tanga usada, todavía tibia y con el olor y los jugos de las Anas.
Mientras esto pasaba, Enrique, Ricardo y Peter se quedaban en el fondo bebiendo vino y comentando bajito:
Enrique: —Miren cómo les brillan los ojos a mis chicos… esto sí que es un recuerdo que nunca van a olvidar.
Ricardo (pensando otra vez para sus adentros): «Y yo que creí que nos íbamos después de la comida… ahora cada chico se va a llevar un pedacito de mis mujeres en el bolsillo. Brutal.»
Peter: —Nuestras tangas usadas como trofeo… joder, esto es demasiado caliente.
Al terminar la tarde, los cinco chicos tenían cada uno su tanga guardada como tesoro, la cara de felicidad absoluta y la polla otra vez dura solo de olerlas. Las Anas, ahora sin tanga, desnudas y brillantes de sudor, se pararon en medio de la sala y dijeron al mismo tiempo:
—¿Quieren que sigamos un rato más antes de que anochezca… o prefieren guardar fuerzas para la última noche juntos?
Los chicos, Enrique, Ricardo y Peter respondieron con una sola voz:
—¡Seguimos!
Y la tarde del domingo siguió ardiendo… con las tangas ya repartidas como el recuerdo más íntimo y pervertido que esos cinco jóvenes jamás iban a tener.
Después de repartir las tangas, el ambiente en la sala quedó cargado de un silencio caliente y agradecido. Los cinco chicos olían sus souvenirs como si fueran reliquias sagradas: Carlos respiraba la tanga negra de Ana con los ojos cerrados, Diego tenía la roja de Anita pegada a la nariz, y los demás las guardaban en los bolsillos con sonrisas idiotas. Ana y Anita, completamente desnudas y brillantes de sudor y semen seco, se miraron y Ana dijo con voz ronca:
—Todavía queda tarde y noche, alumnos. ¿Quieren su “graduación final” todos juntos… o prefieren guardar fuerzas?
Los chicos gritaron al unísono: —¡Todos juntos! ¡Graduación, profesoras!
Ricardo y Peter se miraron y sonrieron. Enrique levantó su copa:
—Que sea la despedida perfecta.
Lo que pasó después fue brutal y explícito. Las Anas se subieron otra vez a la mesa grande. Ana se puso en cuatro patas y Anita se acostó de espaldas debajo de ella, en 69. Los seis hombres (incluyendo a Enrique) formaron un círculo alrededor.
Primero oral colectivo: cada chico se arrodillaba y les metía la verga en la boca o en el coño alternando. Ana y Anita chupaban y lamían mientras gemían con la boca llena. Luego vino la penetración total: tres pollas al mismo tiempo en Ana (culo, coño y boca) y tres en Anita. Los gemidos eran ensordecedores.
Carlos follaba el culo de Ana con fuerza mientras Diego le metía la polla hasta la garganta y Enrique la penetraba por el coño. Ana gritaba:
—¡Más fuerte… llénenme… quiero sentirlos a los tres adentro!
Anita, debajo, tenía a Luis en su culo, Miguel en su coño y Juan en la boca. Su cuerpo temblaba entero cada vez que los tres empujaban al mismo tiempo. Los chicos se corrían uno tras otro: chorros calientes dentro del culo, del coño, en la cara, en las tetas. Las Anas tragaban, se llenaban y seguían pidiendo más.
La última ronda fue doble cowgirl grupal: Ana y Anita sentadas una frente a la otra en la mesa, cada una con dos pollas dentro (una en coño y una en culo) mientras la tercera les llenaba la boca. Se corrieron todos casi al mismo tiempo. La mesa quedó chorreando semen, los muslos de las Anas brillaban blancos, y los seis hombres cayeron exhaustos.
Eran las 9 de la noche cuando terminaron.
Se ducharon todos (esta vez juntos en las dos duchas grandes, entre risas y toques finales). Luego bajaron a cenar lo último que quedaba: carne fría, queso, pan y más vino. Ahí empezaron los comentarios jocosos y los recuerdos ardientes:
Carlos, levantando su tanga como trofeo: —Nunca voy a olvidar cuando Ana me miró a los ojos mientras me corría en su boca la primera vez… pensé que me desmayaba, wey.
Diego: —La tanga de Anita todavía huele a su coño… cada vez que la huela me voy a poner duro. ¡Gracias, profesoras!
Luis, rojo pero riendo: —Yo casi me corro solo con que Anita me sentara el culo en la cara… y cuando me metió el dedo mientras me chupaba… ¡no mames, mejor que cualquier porno!
Miguel: —El momento del trío con Juan… las dos montándome al mismo tiempo… todavía siento cómo me apretaban. Voy a soñar con eso toda mi vida.
Juan, el más afortunado: —Cuando me regalaron las dos tangas usadas… una en cada mano… me sentí el rey del mundo. ¡Puedo morir feliz!
Enrique, riendo a carcajadas: —Mis hijos ya son hombres… y de los mejores. Nunca les voy a poder agradecer suficiente, Ana y Anita.
Ricardo y Peter se miraban sin decir nada, pero por dentro explotaban de orgullo y excitación.
Llegó la despedida. Eran casi las 11 de la noche. Los chicos se pararon frente a las Anas con cara de cachorros tristes pero felices. Uno por uno las abrazaron fuerte, las besaron en la boca con lengua y les susurraron:
—Gracias… de verdad. Esto cambió mi vida. —Nunca voy a olvidar sus gemidos… —Las tangas van a estar siempre en mi mesita de noche.
Enrique les dio un sobre grueso a cada una (pago acordado más un extra generoso) y las abrazó también:
—Ustedes no son profesoras… son diosas. La puerta de esta casa siempre estará abierta.
Las Anas, con los ojos brillantes, respondieron: —Fue un honor enseñarles… y un placer enorme. Cuídense y usen esas tangas con respeto.
Los chicos subieron a sus coches. Se fueron entre bocinazos, silbidos y gritos de “¡Vuelvan pronto, profesoras!”. La casa quedó en silencio.
Ricardo, Ana, Peter y Anita se quedaron solos. Se sentaron en el porche con una última copa de vino. Ahí platicaron las dos parejas, por fin sin disimular.
Ricardo abrazó a Ana por la cintura y le dijo bajito, con la voz cargada:
—Mi amor… nunca imaginé que te vería tan cachonda con cinco chicos y un viejo al mismo tiempo. Te vi correrte como nunca… y me encantó. ¿Cómo te sentiste siendo la puta de todos ellos?
Ana se acurrucó contra su pecho y suspiró feliz:
—Poderosa. Deseada. Cada vez que me llenaban por todos lados… sentía que era suya y tuya al mismo tiempo. Fue brutal… y quiero repetirlo algún día. ¿Tú qué sentiste viéndome?
Ricardo sonrió: —Celos hermosos y una erección constante. Verte tomar tres pollas a la vez… joder, casi me corro solo mirando.
Al lado, Peter y Anita hablaban exactamente lo mismo:
Peter: —Mi Anita… verte con el culo lleno de semen de tres chicos diferentes… y todavía pidiendo más… me volviste loco. ¿Te gustó de verdad?
Anita, besándolo lento: —Más de lo que imaginé. Sentirme tan usada y tan respetada al mismo tiempo… fue perfecto. Y saber que tú estabas ahí cuidándome… me dio seguridad y morbo. ¿Quieres que lo hagamos otra vez?
Peter: —Cuando quieras, mi vida. Pero la próxima vez… tal vez con más chicos.
Los cuatro se rieron bajito, se abrazaron y brindaron.
A las 12:30 de la noche subieron a los coches. Ricardo y Ana en uno, Peter y Anita en el otro. Mientras manejaban de regreso a la ciudad, las parejas seguían platicando por teléfono en altavoz:
Ana: —Ricardo… ¿sabes qué recuerdo me va a quedar para siempre? Cuando Enrique me dio la sobada de cola frente a su hijo y todos reímos… y luego me folló el culo como si fuera un hombre de 30.
Ricardo: —Y a mí el momento en que Juan bajó después del trío diciendo “puedo morir feliz”. Jajaja… pobre, no sabe que estaba hablando de mi esposa.
Peter y Anita, en el otro coche:
Anita: —Peter… la tanga que le regalé a Diego todavía tenía mi corrida mezclada… cada vez que la huela va a recordar exactamente cómo sabe mi coño.
Peter: —Y yo recordaré cómo te veías cubierta de semen de seis hombres… la mujer más sexy del mundo.
Llegaron a casa casi a las 3 de la mañana. Se despidieron entre besos y promesas:
—Esto fue solo el comienzo… —La próxima vez será todavía más salvaje.
Y así terminó la aventura de Puebla. Las Anas volvieron siendo las mismas… pero con una sonrisa diferente, un secreto ardiente y cinco tangas usadas como recuerdo eterno en la memoria de cinco chicos que jamás, en toda su vida, iban a olvidar a sus “profesoras”.
Ana y Ricardo iban en el coche de regreso, solos en la carretera oscura. Eran casi las 2:30 de la mañana. Ana iba recostada en el asiento del copiloto con las piernas ligeramente abiertas, porque cualquier roce le dolía. Tenía el vestido subido hasta la cintura y una toalla pequeña entre los muslos para no manchar el asiento. Ricardo manejaba con una mano en el volante y la otra acariciándole suavemente el pelo.
Ana suspiró profundo, cerró los ojos y habló con la voz ronca y cansada:
—Amor… ahora no podrás entrar en mí durante una semana, te lo juro. Estoy devastada. Me duele todo… el coño, el culo, hasta las caderas. Esos cinco chicos más Enrique me dejaron como si me hubieran follado con un tren. Siento que todavía tengo semen chorreando por dentro y los músculos completamente destrozados. Mañana mismo le voy a marcar a Chantal para que me dé una sesión de recuperación urgente… porque si no, no voy a poder ni sentarme bien.
Ricardo soltó una carcajada baja, miró de reojo el estado de su esposa y respondió con esa sonrisa pícara que ella conocía tan bien:
—Jajaja, sí mi amor… pero con colágeno para llevar. Te voy a comprar el mejor colágeno hidrolizado que exista, el que viene en polvo y en crema, y te lo voy a meter por todos lados: en batidos, en ungüento, y hasta te voy a untar el potecito en el culito y en el coño todas las noches. Así en una semana estás como nueva y más apretadita que nunca. ¿O quieres que te compre también uno de esos plugs de silicona con diamante para que te vayas recuperando mientras te cuido?
Ana soltó una risa cansada pero genuina, le dio un manotazo suave en el muslo y se quejó:
—Eres un pervertido… pero sí, cómprame todo eso. Porque de verdad estoy rota. Cada vez que recuerdo cómo me tenían los tres al mismo tiempo… uno en el culo, otro en el coño y otro en la boca… todavía me palpita todo. Pero valió cada segundo, mi amor. Me sentí tan puta, tan deseada… y saber que tú estabas ahí mirando todo… eso me ponía todavía más caliente.
Ricardo apretó el volante y la miró con ojos brillantes:
—Te vi, Ana. Te vi correrte como nunca mientras te llenaban por todos lados. Y aunque me ponía celoso de una forma hermosa… también me encantó. Pero sí, una semana de descanso. Yo te voy a cuidar como reina: baños tibios, masajes, colágeno para llevar y cero polla mía hasta que tú digas. Después… te voy a follar tan rico que vas a olvidar que existieron esos cinco chicos.
Ana sonrió, cerró los ojos y murmuró casi dormida:
—Trato hecho, mi amor. Pero la próxima vez… avísame antes para que me prepare mejor. Porque esta vez… casi me matan de placer.
Ricardo le besó la mano y siguió manejando en silencio, con una sonrisa enorme. En el otro coche, Peter y Anita seguramente estaban teniendo una plática parecida, pero ellos dos ya habían decidido: la próxima aventura sería todavía más intensa.
Y así, con el olor a sexo todavía pegado en la piel y el recuerdo de cinco tangas usadas como trofeo, Ana y Ricardo regresaron a casa sabiendo que esta noche había sido solo el comienzo de algo mucho más grande.