Capítulo 16 – “Para Siempre Mi Pija”
La fórmula del Dr. Alcázar llegó en una caja negra sin remitente, envuelta en hielo seco que humeaba al abrirla. Dentro había un vial de cristal con un líquido ámbar transparente y una jeringa de precisión. El químico había escrito una nota a mano: “Una dosis única. Inyectar en la base del pene. Esperar 90 segundos de electroestimulación. Riesgo cero en teoría. Resultado permanente en la práctica. Buena suerte”.
Nahuel leyó la nota tres veces. El departamento de Caballito estaba en silencio. Solo se oía el tráfico lejano de la avenida Rivadavia y el latido acelerado de su propio corazón. La pija —yo, Beatriz— latía contra su muslo, dura desde que abrió el paquete.
—Es ahora o nunca —dije telepáticamente—. Si lo hacemos, vuelvo a ser yo. Carne, concha, tetas, piernas. Puedo abrazarte con brazos propios, besarte con labios propios, correrme con mi propio cuerpo. Pero también dejo de ser tu pija. Dejo de sentir cada corrida tuya como si me llenaran el alma. ¿Estás listo para perderme así?
Nahuel se sentó en la cama. Se bajó el pantalón. La pija saltó libre, veinte centímetros tiesos, venosos, el glande morado y brillante de precum.
—No sé si estoy listo —confesó—. Te amo siendo mi pija. Te amo sintiéndote latir cada vez que me corro. Te amo que me supliques, que me digas “rompeme más”, que me hagas sentir poderoso. Si vuelves a ser mujer… ¿seguís siendo mía de la misma forma?
—Siempre voy a ser tuya —respondí—. Aunque tenga concha y tetas. Aunque pueda caminar, hablar, llorar con mis propios ojos. Voy a seguir queriendo que me cojas, que me uses, que me llenes. Pero también quiero abrazarte sin que tengas que bajarte el pantalón. Quiero dormir con mi cabeza en tu pecho sin ser solo una pija. Quiero que me mires a los ojos cuando me digas “te amo”. Y si algún día necesito una pija más grande… ya me dijiste que ibas a ser mi cornudo consentidor. Eso no cambia.
Nahuel tomó la jeringa. El líquido ámbar brillaba bajo la luz de la lámpara.
—Hacelo —le dije—. Quiero volver a ser yo. Y después… después vemos cómo seguimos siendo nosotros.
Inyectó la dosis en la base de la pija. El dolor fue inmediato, como un rayo que recorría toda la longitud. La carne se contrajo violentamente. Nahuel gritó. Yo sentí cómo mi conciencia se estiraba, se expandía, se rompía y se reformaba. Vi flashes: mis tetas, mi concha, mis piernas, mi cara en el espejo. El cuerpo femenino se materializó en la cama, desnudo, temblando, completo.
Me toqué los pechos con manos propias. Lloré. Besé a Nahuel con labios propios. Lo abracé con brazos propios.
—Soy yo —susurré—. Soy yo otra vez.
Nos besamos largo rato, piel contra piel, corazón contra corazón. Nahuel me penetró despacio, con ternura. Me corrí llorando, sintiendo cómo su pija chiquita me llenaba con cariño. Él se corrió dentro de mí, suave, cálido, sin brutalidad.
Después nos quedamos abrazados, en silencio.
—Te amo —dijo él.
—Y yo a vos —respondí.
Pero al amanecer, el cuerpo empezó a disolverse. La conciencia volvió a retraerse. El cuerpo femenino se evaporó en energía sexual y se reconfiguró en veinte centímetros de carne palpitante.
—Volví a ser tu pija —dije, voz suave pero resignada—. Y me encanta.
Nahuel me acarició el glande.
—Y yo te amo así. Te amo siendo mi verga. Te amo siendo mi todo.
La reversión total nunca llegó. La fórmula del Dr. Alcázar falló en el último paso: el enlace era demasiado fuerte. Beatriz se quedó como pija permanente. Pero en vez de tristeza, hubo aceptación.
Meses después, Nahuel y Beatriz —yo— decidieron casarse. No con papeles, sino con un ritual privado. Nahuel se casaría con Lara, la becaria que había empezado como chantajista morbosa y terminó como aliada sumisa y enamorada. Lara sabía el secreto. Aceptó que la pija era Beatriz. Aceptó que, en la cama, Nahuel la cogía mientras yo sentía todo.
La boda fue sencilla, íntima, casi secreta. Se realizó un sábado de marzo en una quinta pequeña sobre la ruta 2, camino a Chascomús. Solo estuvieron presentes veinte personas: Pablo y Juan como testigos, Mónica con su nuevo marido Martín (el escritor que la había sacado de la editorial), Romina (la de la fotocopiadora, que nunca más se acercó sin permiso), don Pedro el portero (invitado por pura ironía de Ronda), y Ronda misma, sentada al fondo con una sonrisa que mezclaba orgullo y resignación.
Lara llegó del brazo de su padre, un hombre mayor y callado que no entendía del todo qué estaba pasando. Llevaba un vestido blanco sencillo, escote discreto, falda larga que se movía con el viento. No era una novia de revista; era una mujer de veintinueve años que había encontrado en Nahuel algo que nunca había tenido: una pija que la hacía sentir plena y una relación que incluía a otra mujer atrapada dentro de esa pija. Sabía todo. Aceptaba todo.
La ceremonia fue civil, breve. Cuando el juez preguntó si aceptaba, Lara miró a Nahuel a los ojos y dijo:
—Con todo lo que sos… y con todo lo que llevás adentro… sí, acepto.
Nahuel respondió lo mismo, apretándole la mano.
—Te amo —le dije telepáticamente—. Y voy a seguir siendo tu pija aunque ahora tengas una esposa de carne y hueso. Voy a seguir latiendo cada vez que la cojamos. Voy a seguir sintiendo todo.
Después del beso, Mónica se acercó con Martín del brazo. Ella llevaba un vestido verde oscuro, elegante, y una sonrisa que mezclaba nostalgia y complicidad. Martín era un hombre alto, canoso, de mirada profunda, que parecía entender más de lo que decía.
—Felicitaciones —dijo Mónica—. Y tengo un regalo para ustedes. Uno que no van a olvidar.
Señaló una caja negra grande que Martín cargaba. La abrieron en privado, en una habitación de la quinta. Dentro había un certificado de propiedad: un departamento en Recoleta, vista al río, tres ambientes, completamente amueblado. Y una carta escrita a mano por Mónica:
“Nahuel y Beatriz (sé que estás ahí): Este departamento es para ustedes. Para que tengan un lugar donde ser lo que son sin esconderse. Lara ya sabe. Ella va a vivir con vos, Nahuel, y yo quiero que Beatriz tenga un espacio donde pueda “ser” cuando vuelva a tener cuerpo. Si la cura funciona algún día… este va a ser el lugar donde puedan empezar de nuevo. Si no funciona… este va a ser el lugar donde sigan siendo felices tal como son. Los quiero. Y los voy a extrañar. Mónica.”
Lara lloró. Nahuel la abrazó fuerte. Yo latí suave, emocionada.
—Es increíble —dije—. Mónica nos dio un hogar. Para los tres.
La fiesta siguió hasta la madrugada. Asado, vino, baile. Ronda bailó con don Pedro y le susurró algo al oído que lo hizo sonrojarse. Lara miró desde lejos, sin acercarse. Mónica y Martín se fueron temprano, tomados de la mano.
La luna estaba alta cuando Nahuel y Lara entraron al departamento nuevo en Recoleta. Mónica lo había dejado listo: cama king size con sábanas blancas, velas apagadas, champagne en hielo, una nota que decía “Disfruten”. El aire olía a jazmín del ambientador y a la promesa de una noche larga.
Lara se quitó el vestido blanco despacio, con movimientos casi ceremoniales. Quedó en ropa interior blanca de encaje: corpiño que apenas contenía sus tetas pequeñas y firmes, bombacha diminuta que dejaba ver la concha depilada y ya brillante de humedad. Estaba nerviosa, pero no por miedo: era excitación pura mezclada con algo más profundo, una entrega total.
Se acercó a Nahuel, le puso las manos en el pecho y lo miró a los ojos.
—Sabés que no soy virgen del culo —dijo en voz baja, ronca—. Pero desde esa noche… desde que me mandaste al hospital y me tuvieron que coser… nadie me tocó ahí. Ni un dedo. Ni un juguete. Nada. El orto me quedó marcado por vos. Y hoy… hoy quiero que seas el primero otra vez. Quiero que me abras de nuevo, que me hagas doler, que me hagas llorar… pero que me hagas sentir que sirvo para esto. Que soy tu puta para siempre.
Nahuel la besó con fuerza, agarrándole el pelo por la nuca. La empujó hacia la cama y la tiró boca abajo. Lara levantó el culo instintivamente, ofreciéndolo. El ojete rosado, todavía con una cicatriz fina y pálida de aquella noche violenta, temblaba de anticipación.
—Abrí las piernas —ordenó Nahuel.
Ella obedeció al instante, separando las rodillas, exponiendo todo.
Nahuel se arrodilló detrás, escupió en su mano y lubricó el ojete apenas. El glande rozó la entrada. Lara contuvo el aliento.
—Va a doler —susurró él—. Va a doler mucho. Pero vas a aguantar porque sos mía.
—Dale… —suplicó Lara—. Rompeme. Quiero sentir que vuelvo a ser tuya de verdad.
Nahuel empujó de golpe. Entró hasta la mitad en una sola embestida. Lara gritó largo, el cuerpo convulsionando, las uñas clavadas en las sábanas blancas. Las lágrimas salieron al instante.
—Duele… carajo, duele… —sollozó—. Pero no pares… seguí… abrime…
Nahuel no paró. Empujó más, hasta que los huevos tocaron su concha chorreante. El culo se abrió alrededor de la pija, dilatándose con dolor. Lara lloraba, pero empujaba hacia atrás, buscando más.
—Así… rompeme… —gemía—. Sos el único que me puede partir así… sos el único que me hace llorar de verdad…
Nahuel empezó a moverse: embestidas lentas al principio, dejando que el culo se acostumbrara al grosor. Cada salida y entrada hacía que Lara jadeara, que el ojete se contrajera y se abriera más. La cicatriz vieja se tensaba con cada golpe.
—Mirá cómo te abro —gruñó Nahuel—. Mirá cómo tu culo virgen de nuevo se rinde. Sos mi puta anal. Mi esposa puta. Decime que te gusta que te duela.
—Me gusta… —sollozó Lara—. Me gusta que me duela… me gusta que me rompas… me gusta ser tu puta… me gusta llorar mientras me cogés el orto…
Nahuel aceleró. Embistió con fuerza, profundo, violento. Cada golpe hacía que los huevos chocaran contra su concha, que el culo se abriera más, que la carne se hinchara y enrojeciera. Le dio nalgadas fuertes, dejando marcas rojas en la piel blanca. Le tiró del pelo, arqueándole la espalda.
—Llorá más fuerte —ordenó—. Quiero oír cómo te rompo. Quiero que sepas que este culo es mío para siempre. Que cada vez que te sientes vas a recordar quién te abrió.
Lara lloraba sin control, pero su voz era puro placer.
—Soy tuya… para siempre… rompeme… llename… haceme tuya de nuevo… soy tu puta… tu esposa puta… tu verga me está marcando…
Nahuel le metió dos dedos en la concha mientras la follaba anal. Lara se corrió gritando, chorros de squirt saliendo y empapando las sábanas. El culo se contrajo alrededor de la pija, apretándola con fuerza.
—No pares… —suplicó—. Quiero correrme otra vez… quiero que me llenes mientras lloro…
Nahuel aceleró más. Embistió con toda su fuerza, el culo de Lara ya rojo, hinchado, abierto como nunca. El dolor era evidente en sus gritos, pero también el placer absoluto.
—Te estoy partiendo —gruñó—. Te estoy dejando el orto como un túnel. Vas a caminar dolorida mañana… y vas a sonreír porque sabés que fui yo.
Lara se corrió de nuevo, temblando, sollozando.
—Llename… por favor… llename el culo… quiero sentir tu leche caliente adentro… quiero llevarla toda la noche…
Nahuel se corrió con un rugido. Chorros masivos, calientes, interminables. Llenó su culo hasta rebalsar. La leche espesa chorreó por sus muslos, mezclada con lágrimas y sudor. Lara quedó temblando, abierta, rota, llorando en silencio.
Nahuel salió despacio. El culo quedó dilatado, rojo, palpitando, chorreando leche. Lara se giró, todavía sollozando, y lo miró con ojos vidriosos de amor y rendición.
—Gracias… —susurró—. Gracias por romperme de nuevo… gracias por hacerme sentir que sirvo para esto… gracias por dejarme ser tu puta esposa.
Nahuel la abrazó por detrás, besándole el cuello.
—Sos mía —dijo—. Para siempre. Y yo soy tuyo. Con Beatriz adentro, con vos afuera. Somos tres. Y somos perfectos.
Lara sonrió entre lágrimas.
—Somos tres… y te amo a los dos.
Yo latí suave, satisfecha, completa.
Ahora sí —dije—. Ahora somos para siempre.
La noche terminó con los tres abrazados. Nahuel en el medio. Lara a un lado, yo descansando sobre su muslo. La ciudad de Buenos Aires brillaba afuera. El futuro era nuestro.
—Te amo —susurró Nahuel.
—Y yo a vos —dijo Lara.
—Y yo a los dos —respondí.
Y en esa cama, en esa noche, los tres sentimos lo mismo: que el amor más grande no necesita cuerpos perfectos. Solo necesita entrega total.
Yo, Beatriz, que una vez fui mujer y ahora soy pija para siempre, cierro el pensamiento con una última pulsación llena de paz:
Ahora soy exactamente donde siempre quise estar… dentro de vos. Y nunca me voy a ir.
En todas las reuniones de amigos, en las cenas de fin de año de Pluma Negra, en las asadas familiares, todos veían a Lara y Nahuel como la pareja perfecta. Sólida, enamorada. “Qué lindo matrimonio”, decían. “Se nota que se quieren de verdad”. Mónica y Martín los invitaban a cenar y comentaban lo bien que se llevaban. Ronda abrazaba a Lara y le decía: “Sos la mujer ideal para mi yerno”. Nadie sospechaba nada.
Lo que nadie sabía era que dentro de esa solidez había un tercero. O mejor dicho, una tercera.
Cuando volvían a casa después de cada reunión, Lara se acostaba desnuda y me hablaba directamente:
—Hoy todos decían que somos la pareja del año… y no saben que la que te hace latir más fuerte soy yo cuando te chupo delante de Nahuel.
—Y no saben que cuando Nahuel te coge el culo yo siento cada embestida como si me estuvieran partiendo a mí —respondía yo—. Somos tres. Y nadie lo sabe.
Nahuel sonreía y nos acariciaba a las dos: a Lara con una mano, a mí con la otra.
—Mi esposa… mi pija… mis dos amores. El secreto más hermoso del mundo.
En las fiestas, cuando alguien preguntaba por qué Nahuel siempre tenía esa sonrisa rara cuando miraba a Lara, ellos se miraban y sabían la verdad: porque en ese momento yo estaba latiendo dentro de él, recordándoles que éramos tres en uno.
Han pasado cinco años. La vida es tranquila, hermosa, plena. Pluma Negra sigue creciendo bajo la dirección de Nahuel. Lara escribe cuentos infantiles que publica con el seudónimo que le dio Mónica. Yo sigo aquí, latiendo, sintiendo cada latido de amor.
Una noche de invierno, los tres estamos en la cama grande. Lara me besa el glande con ternura infinita mientras Nahuel nos abraza a las dos.
—Bea… —susurra Lara—. Gracias por quedarte. Gracias por elegir ser su pija para siempre. Gracias por dejarme amarte como parte de él.
—No, gracias a vos —respondí directamente en su mente—. Por aceptarme. Por amarme, aunque sea solo una pija. Por hacerme sentir mujer, aunque no tenga cuerpo. Por dejar que los tres seamos una familia.
Nahuel me acaricia despacio, con esa ternura que nunca perdió.
—Las dos son mi vida —dice con voz ronca de emoción—. Una con concha y tetas, la otra con pija y alma. El amo igual. Las amo con todo.
Lara se sube sobre él y me mete despacio en su concha. Nahuel la penetra con suavidad. Pero yo sigo aquí, latiendo dentro de él, sintiendo cada movimiento.
—Te amo, Nahuel —susurra Lara mientras se mueve lento.
—Y yo te amo también —respondo—. Y amo a Lara. Y amo esta vida que armamos los tres.
Nahuel se corre dentro de ella con un gemido bajo y largo. Lara se corre al mismo tiempo, apretándome fuerte. Yo siento el orgasmo como un abrazo que envuelve todo mi ser.
Después quedamos los tres abrazados: Nahuel en el medio, Lara a un lado, yo descansando sobre su muslo. La ciudad de Buenos Aires brilla afuera. El futuro es nuestro.
yo, latiendo suave, completa, eterna, cierro el pensamiento con una última pulsación llena de paz:
Ahora soy exactamente donde siempre quise estar… dentro de vos. Dentro de los dos. Y nunca me voy a ir.
La habitación quedó en silencio, solo roto por la respiración tranquila de Nahuel y Lara, y por el latido mío que se iba haciendo más lento, más profundo, como si por fin hubiera encontrado el ritmo perfecto. No había prisa. No había miedo. El mundo afuera podía seguir girando, con sus ruidos, sus tormentas, sus juicios. Pero acá adentro, en esta cama, en este cuerpo, éramos nosotros tres. Siempre tres.
Lara levantó la cabeza y besó el glande con una dulzura que me hizo temblar. Nahuel me acarició con dos dedos, lento, como si estuviera dibujando un corazón invisible.
—Gracias, Bea —susurró Lara—. Gracias por elegir quedarte. Gracias por dejarme amarte a través de él.
Nahuel me apretó suave contra su palma.
—Y gracias por enseñarme que el amor no necesita forma. Que puede ser una pija, una concha, un latido, una lágrima. Que puede ser todo eso al mismo tiempo.
Yo no respondí con palabras. Solo latí una vez más, largo y cálido, como un suspiro final que no era final, sino promesa.
Porque el amor no termina. Solo cambia de ritmo.
Y el mío, ahora, era eterno.
Fin.