Raúl y Renata se habían comprometido a hacer un asado para invitar a las otras dos parejas y tener una gran “fiesta” pero pasaban los días y no se daba. Raúl una sola vez que le pregunte me dijo que de momento no se daban las circunstancias, pero sin mayores explicaciones y no iba a ser persistente. Me había apuntado al poco tiempo de llegar aquí a un gimnasio, donde además de hacer lo habitual, vi que hacían un arte marcial, el pencak silat, que lo daba un malayo. Poco a poco fui cogiendo el ritmo y no se me daba nada mal, estaba orgulloso de mi progreso. Hice amistad con el profesor y con otro malayo, Khairul, delgado, fibrado, 1.63, moreno y además hablaba a la perfección el español, había estado viviendo varios años de joven en Salamanca. De unos 40/44 años, difícil de saber. Siempre nos íbamos a tomar te, despues de nuestra sesión deportiva.
Un tema recurrente en Khairul, era las comparaciones y diferencias entre la cultura asiática y la europea. Siempre basada en nuestras costumbres, alimentación, religión, educación... hasta que un día introdujo las costumbres sexuales. Comentaba que la actividad sexual entre personas del mismo sexo era ilegal. Y que eran vistas como inmorales y desviados. Detallaba todo y nos dejaba asombrados. Pensaba que las mujeres malayas por tantos condicionantes sexualmente lo mismo eran retraídas y él decía que no tenía por qué ser así. Desde ese día mostraba mucho interés y preguntaba demasiado, mis contestaciones eran sinceras y como no tenía nada de que avergonzarme no ocultaba nada.
Llevábamos seis meses aproximadamente cuando sin venir a cuento, un día me esperaba antes de entrar en el gimnasio, quería hablar conmigo. Nos fuimos a uno de sus lugares preferidos para tomar te. Nunca le había visto beber alcohol. Sabia porque me lo había comentado, que era musulmán, porque la constitución malaya así lo marca para ellos, pero como les sucede a muchos católicos no era muy practicante. Y por eso quería hablar conmigo, porque dentro de su círculo era imposible hablar de lo que quería hablar. Lo que me conto me dejo un poco en fuera de juego porque no me lo esperaba. Tenía un problema familiar que resumiré. Estaba y está muy enamorado de su mujer Shima. El “problema” era con ella, que por lo que contaba su esposa sufría o padecía hipersexualidad, ese era su diagnóstico. Y el ya no daba más de sí, no sabía si es que él no sabía darle placer a su mujer o es que ella era una enferma. Khairul me comentaba que alargaba sus sesiones en el gimnasio, porque al llegar a casa ella se tiraba encima literalmente, no le daba descanso, mañana, tarde y noche.
Si cara era de estar desbordado y lo que yo no entendía, era porque me lo contaba a mí y fue como si me leyera el pensamiento. —Ya se Alex, te estarás preguntando porque te cuento todo esto. Pues para que me ayudes— me dijo muy serio con cara de súplica. —La verdad que no sé cómo puedo ayudarte, porque en eso no tengo ni idea— le respondí. Apretó sus labios, lo hizo conteniéndose en decir algo, pero al final no pudo contenerse más —Alex si puedes, si quieres. Ya he oído que tienes un existo con las mujeres desbordante y que no paras, todas las noches sin parar, por lo que quiere decir que eres un hombre con mucho vigor y luego perdóname por lo que voy a decir, pero te he visto en las dichas desnudo tienes un pene excesivo y atractivo— lo expreso con tranquilidad, sin nerviosismo y sabiendo medir mucho sus palabras. Le tuve que explicar que no hiciera caso a lo que decía la gente, que no sabían más que mentir. —Mira Khairul en todo ese tiempo solo he estado una vez con una mujer, solo una, aquí se me está dando muy mal—
—Pues mucho mejor, así podrás “cubrir” mejor a Shima— es como lo traduciría yo. Le pregunte que es lo que quería decir, aunque sabia de sobra a que ese estaba refiriendo, pero por si acaso. Me lo dejo muy claro y solo tuve una pregunta, la que hago siempre en estos casos, si ella quería, si sabía algo... —ella no sabe nada, ni jamás se lo he comentado, solo ha estado en mi cabeza y por dar una solución práctica— me dijo con la misma tranquilidad. Jamás vi a nadie con esa tranquilidad. —Mira Khairul, no te voy a mentir, he estado varias veces en esta misma situación, con la diferencia que el esposo ya había hablado o fantaseado con su esposa y más o menos estaba preparada. Y luego lo más importante que yo le tendría que gustar a ella y ella a mi—. Con la misma tranquilidad —eso lo daba por descontado, conozco a Shima y sé que le entraras por los ojos a la primera y por cómo te veo mirar a las mujeres, a ti ella te va a volver loco—
—Vamos a hacer una cosa si te parece Khairul. Quedamos un día para tomar un té o un cafe, vienes con tu esposa Shima y salimos de dudas.— Le propuse para salir del bucle en el que estábamos. —Para que esperar, ven conmigo a mi casa y lo vemos sobre la marcha, sin obligaciones—, más que una proposición fue un ruego desesperado. Pensé que no pasaba nada por conocernos. De camino a su casa trate convencerle para que llamara a su esposa avisándola de que iba con compañía, pero no quiso. Al llegar a su casa que era una casa adosada. Ella en su idioma y desde la una de las plantas superiores, le gritaba en su idioma para que subiera, el tono de voz, aun no entendiéndola era de “ven que te voy a pillar”, el entonces en ingles le dice que ha llevado a un amigo. Se produce un silencio absoluto. Me saca una cerveza sin alcohol y nos sentamos.
Escucho pasos y llega Shima, solo le veo la cara, cejas morenas, muy bien maquillada, labios rojos, ojos oscuros, mirada intensa, una cara preciosa. Un pañuelo de color coral que cubría completamente su cabeza y una especie de blusón color vino con un pantalón del mismo color. Nada de llevarlo ajustado, imposible saber cómo podría ser el resto de su cuerpo. Una sonrisa de anuncio, los dientes super blancos y una encía completamente rosada. Ella con un tono de voz suave, casi sumiso, le decía a su marido que tenía que haber avisado para tener algo preparado. Sus manos eran largas y perfectas, con unas uñas esculpidas y con dibujos en la manicura. Trabajaba en unos laboratorios de analista y Khairul ingeniero. Shima estaba descolocada, no debía ser costumbre que su marido se presentase en su casa sin antes avisarlo. Ella rondaría entre el 1.57/1.62. Además, había algo fundamental, ella estaba esperando la llegada de su marido para follar. Por lo que había dicho el y por lo poco que percibí al llegar a su casa.
Mi primera impresión que estaba para follársela, solamente por esa cara tan bonita y por esos labios que atraían mi mirada. Se notaba tensión en los tres. En Shima porque no entendía que hacía yo allí y el motivo por el que su marido no le había dicho nada. En Khairul, porque suponía que estaba tratando de confirmar que yo le gustaba a su esposa y que a mí me gustaba ella, pero necesitaba saber que tenía que ser hasta el punto de querer follar entre nosotros. Y a mí que palpaba las tensiones y que no veía ninguna salida en ese momento. Ya estaba pensando cómo hacer una retirada decorosa y sin llamar mucho la atención, cuando se levanta Khairul, se acerca a Shima —es más que un buen amigo, es un hermano, no hace falta que lleves esto— le dice quitándole el pañuelo que le cubría la cabeza. Ella pone cara de pavor, no se lo esperaba y no supo reaccionar, hasta que con sus dos manos se acicala con sus dedos su melena morena.
Ella se dirige a él en su idioma, el tono es respetuoso pero serio —Shima habla en inglés, que mi hermano nos entienda, no tenemos que ser mal educados— le dijo el, con la misma suavidad de ella. Shima me pidió disculpas. Él se quedó sentado junto a ella. Acariciaba sus hombros, su cuello y sobre todo su nuca. Cuando lo hacia la cara de ella era de placer contenido. Ya no pensaba en marcharme, quería ver a donde llegaba Khairul y hasta donde aguantaba Shima. Ahora me preguntaba a mí mismo “¿Sera tan excitante, tan explosiva, tan cachonda... en resumen la esposa de Khairul?”, porque según el, cuando se producía el “incendio” era imposible el apagarlo.
—En cualquier momento puede explotar ¿estarás preparado?— dijo en español mirándome y ella creo que ni le llego a escuchar, su cara, su expresión era de estar “descompuesta”. Ella le miraba suplicante, con ardor en sus ojos, para que me fuera. Algo le dijo en su idioma que no entendí, ni por el tono, pero por la respuesta que él le dio en ingles pude entenderlo —no mi querida esposa, no se va a ir, va a ser el bombero que apague todo tu fuego—, ella lo miraba con intensidad e incredulidad, no era fingido. Fue cuando el llevo su mano al centro de su entrepierna por encima de sus pantalones y ella dio un suspiro que contuvo de manera inmediata. Entonces el en su idioma le dijo algo en tono serio, pero con cierta suavidad. A Shima se le abrieron de manera exagerada los ojos. Se quedo de pie mirando a su marido y le replico algo, —ve a ponerte como seguro que estabas antes de saber que venía acompañado, como me recibes siempre y baja— le dijo Khairul a su mujer y esta no reaccionaba. Hasta que subió por las escaleras.
Pasaba el tiempo y viendo que tardaba, supuse que no iba a bajar, que se había encerrado en su habitación avergonzada por lo sucedido. No sé, era lo que se me pasaba por la cabeza. Porque se la veía una mujer muy elegante, una profesional además de muy cualificada, reconocida. Decidí que era hora de marcharme y cuando quise hacerlo alegando que su mujer no iba a bajar porque estaría enfadadísima él ni titubeo —de acuerdo que estará confundida, pero su excitación será superior a la normal y bajara. Lo único que pasa que Shima, no es de prisas, solo bajara cuando se vea perfecta—
Empezó a sonar música rara. No me extraño al verla bajar que hubiera tardado tanto. Su maquillaje era distinto, mucho más intenso. Su melena como el de una leona. Como ropa, llevaba un montón de velos estilo gasas, de colores que trasparentaban su cuerpo. Enseñaba todo, pero no se le veía nada totalmente. Mi polla se trasformo en un tótem. Su expresión era completamente erótica. Se fue hacia su marido, pero Khairil la “rechazo” diciéndole —ve con Alex, hazle lo que me haces a mí, que es tu regalo, por ser la mejor esposa que pueda tener nadie, te amo—, ella dudo, me miro a los ojos y note como si le saliera fuego por ellos. Bailaba delante de su marido hasta que vino hacia mí, extendió una mano para que se la agarrara y una vez que se la agarre tiro de mi para que me pusiera de pie.
La tensión en la habitación era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Shima, con esa mirada de leona en celo, me había plantado delante de su marido, y yo, con una erección que a punto estaba de romper la cremallera, era el centro de ese huracán erótico. Su pregunta, —¿estás seguro KHAIRUL?" Porque te hare cornudo y eso no se podrá limpiar despues—, colgó en el aire, una mezcla de desafío y deseo desenfrenado. La respuesta de Khairul no fue verbal. Fue un gesto. Una inclinación de cabeza, casi imperceptible, que para ella fue toda la autorización que necesitaba.
Se volvió hacia mí y la sumisión que había mostrado antes se desvaneció, reemplazada por una autoridad carnal. Me empujó suavemente hacia el sofá. —Siéntate—, susurró, y su voz, antes suave, ahora tenía un filo de mando. Obedecí. Se arrodilló frente a mí, sus ojos oscuros fijos en los míos, y con una lentitud tortuosa, desabrochó mi cinturón. El sonido del metal y el deslizarse de la cremallera fue el único ruido aparte de nuestra respiración. Liberó mi polla, y cuando lo vio en toda su erección, un gemido bajo y gutural escapó de su garganta. Era un sonido de pura necesidad, de hambre satisfecha finalmente.
—No te voy a mentir, Alex—, dijo Khairul desde su silla, con la voz rota por la emoción mientras se masturbaba lentamente su polla de no más de doce centímetros, observándonos. —Ella es un fuego. Y tú eres la gasolina—.
Shima no perdió más tiempo. Su lengua, cálida y experta, trazó una línea desde la base de mi polla hasta la punta, haciendo circular por todo mi cuerpo. Me tomó en su boca, no con timidez, sino con una avidez feroz. Cada movimiento era una declaración, una afirmación de su poder. Me miraba mientras lo hacía, sus ojos brillando con un triunfo lascivo. Este era su terreno, su elemento, y yo era simplemente el afortunado receptor de su arte. Sus manos exploraban mi cuerpo, mis muslos, mis testículos, mientras su cabeza bailaba un ritmo primario sobre mi polla. No era una mamada; era una posesión.
De repente, se detuvo, dejándome al borde del abismo. Se levantó, y con la misma lentitud, se despojó de los velos. Uno por uno, las capas de gasa transparente cayeron al suelo, revelando el cuerpo que su marido había descrito como insaciable. Era perfecto. Piel dorada, pechos pequeños y firmes con pezones oscuros y erectos, una cintura estrecha que se ensanchaba en unas caderas hechas para el agarre. Y entre sus piernas, un pequeño vello triangular oscuro que enmarcaba unos labios ya hinchados y brillantes por su excitación. Se acercó a su marido, le dio un beso profundo y le susurró algo al oído. Él asintió, con la respiración agitada.
Volvió hacia mí. Esta vez, no se arrodilló. Se subió al sofá, una pierna a cada lado de mi cuerpo, y se posó sobre mi dura polla. No me penetró de inmediato. Frotó su sexo húmedo contra mi polla, lubricándolo, torturándome con la promesa de lo que estaba por venir. —Khairul dice que eres vigoroso—, dijo, su voz un jadeo. —Demuéstramelo. Demuéstrame que puedes apagar mi fuego—.
Y con eso, se hundió sobre mí. La sensación fue abrumadora. El calor, la humedad, la forma en que sus músculos se contraían y me aprisionaban. Era apretada, increíblemente apretada, y suave como la seda. Comenzó a moverse, al principio lentamente, balanceándose, disfrutando de cada centímetro. Pero pronto, el ritmo se aceleró, impulsado por la misma urgencia que Khairul había descrito. Sus caderas golpeaban las mías con una fuerza salvaje, sus tetas rebotaban con cada embestida, y sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con los jadeos de su marido, que ahora se había acercado para verlo de cerca.
Agarró mi pelo y me obligó a mirarla. —Mírame—, gritó. —¡Mírame mientras te follo! ¡Mírame mientras tu polla me llena!—. Sus ojos estaban desorbitados, perdidos en un éxtasis que parecía casi doloroso. El "incendio" del que hablaba Khairul estaba ahí, ardiendo con una ferocidad que me asustaba y me excitaba a la vez. La cambié de posición, poniéndola a cuatro patas en el sofá, y la penetré desde atrás. Su espalda se arqueó como la de una gata en celo, y gritó cuando la entré de nuevo, más profundo esta vez. La veía a ella, perdida en la furia del placer, y a él, sentado en la silla, con los ojos vidriosos, masturbándose al unísono con mis embestidas, un espectador feliz de su propia y sublime humillación.
La sesión fue una maratón. Pasamos del sofá al suelo. La tuve tumbada boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, dándole toda mi fuerza, embistiéndola salvajemente, mientras sus uñas arañaban mi espalda y me suplicaba que no parara, que fuera más duro, más rápido. Era una máquina del sexo, un torbellino de deseo que absorbía todo lo que le daba y pedía más. Y yo, impulsado por la extraña mezcla de lujuria y la necesidad de cumplir la promesa a su marido, le di todo lo que tenía.
Finalmente, cuando sentí que ya no podía más, cuando mis piernas temblaban y mi respiración era un fuego en mi pecho, la llevé al borde una última vez. Su cuerpo se tensó, un grito agudo y prolongado escapó de sus labios, y su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla en un orgasmo que pareció durar una eternidad. Esa fue mi señal. Me retiré a tiempo, y con unos pocos movimientos de mi mano, liberé toda mi tensión sobre su vientre y sus tetas, marcándola como el territorio que había conquistado.
Nos quedamos los tres en silencio durante un largo momento. El único sonido era el de nuestro esfuerzo por recuperar el aliento. Shima yacía en el suelo, con los ojos cerrados, una sonrisa de pura satisfacción en sus labios. Khairul se levantó, se acercó a ella y la besó, un beso tierno y lleno de amor. Luego, me miró a mí y me dio las gracias. —Gracias, hermano—, dijo. —Has apagado el fuego. Por ahora—. Y en sus ojos, supe que esto no era el final. Era solo el comienzo de una amistad mucho más profunda y complicada.
Pensaba por sus palabras que todo había terminado por ese día, pero Shima dijo —No, no, no... mi coño sigue ardiendo, esto va a continuar en nuestra habitación.— La escalera se convirtió en el camino hacia un nuevo infierno, un paraíso de pecado. La mano de Shima en mi polla no era una guía, era una ancla de carne y deseo que me arrastraba hacia arriba, hacia la guarida del león. Cada escalón era un pacto, una renuncia a la cordura. Detrás, la sombra de Khairul nos seguía, un espectador silencioso de la degradación que estaba a punto de presenciar, la degradación que su esposa ansiaba.
La habitación era un santuario de orden y elegancia, una cama enorme con una colcha de seda, muebles oscuros de madera. Un contraste violento con la suciedad que estábamos a punto de cometer en ella. Shima me soltó y se quedó de pie en el centro de la alfombra, su cuerpo aún brillando por el semen y el sudor. Se volvió hacia mí, y en sus ojos ya no había solo lujuria, había una necesidad desesperada, un vacío que solo el dolor y la sumisión extrema podían llenar.
—Azótame—, susurró, su voz temblando de anticipación. —Castígame. Khairul es bueno, es amoroso... pero es blando. Necesito que seas duro conmigo. Necesito sentir que no tengo control—.
Miré hacia la puerta. Khairul estaba allí, apoyado en el marco, su rostro una máscara de fascinación y dolor. Su pequeña erección había vuelto a la vida, una prueba irrefutable de que su tormento era también su éxtasis.
—¿Y él?—, pregunté, señalando con la cabeza.
—Eso no te importa—, replicó Shima con una ferocidad nueva. —Él está aquí para aprender. Para ver lo que una mujer como yo realmente necesita. Ahora, obedece—. Se acercó a la cómoda y abrió un cajón. De él sacó un cinturón de cuero, no ancho, pero flexible y pesado. Me lo tendió. —Usa esto—.
El cuero se sintió pesado y real en mi mano. Esto ya no era un trío, era un ritual oscuro. Le ordené que se arrodillara en el borde de la cama, con las nalgas en el aire, ofrecidas a mí como un sacrificio. Lo hizo sin dudar, arqueando su espalda, presentándome su sexo hinchado y ansioso. La primera vez que el cinturón silbó en el aire y golpeó su piel, el sonido fue un chasquido seco que llenó la habitación. Shima gritó, pero no fue un grito de dolor, fue de liberación. Una línea roja y perfecta apareció en su carne pálida.
—¡Otra!—, gritó. —¡Más fuerte!—.
Y así lo hice. Una y otra vez. El cuero silbaba cada vez de forma más violenta y su piel se convertía en un lienzo de rayas rojas y moradas. Cada azote era una confesión, cada grito una plegaria. Sus gemidos se volvieron más profundos, más animales. Con el golpe número seis, su cuerpo se estremeció en un orgasmo brutal y seco, sin que nadie la tocara. El dolor la había llevado al clímax.
Pero no había terminado. —Ahórcame, asfíxiame—, jadeó, volviéndose a mirarme con los ojos inyectados en sangre. —Necesito sentir que me muero en tus manos—.
Fue entonces cuando Khairul intervino por primera vez. Se acercó, con un pañuelo de seda en la mano. Se lo dio a Shima. —Usa esto, mi amor. Es más suave—, le dijo, su voz un hilo roto de emoción. El marido le entregaba a su esposa el instrumento para su propia asfixia a manos de otro hombre.
Shima me lo pasó a mí. —Hazlo. Apriétalo hasta que vea estrellas—.
La rodeé con el pañuelo de seda desde atrás, mientras la penetraba de nuevo, a cuatro patas sobre la cama. El contraste era infernal: mi polla entrando y saliendo de su calor húmedo mientras el pañuelo se cerraba lentamente sobre su delicado cuello. Su respiración se convirtió en un jadeo ahogado. Su cuerpo, atrapado entre el placer de la penetración y el pánico de la asfixia, empezó a convulsionarse. Sus manos se agarraron desesperadamente a mis brazos, no para detenerme, sino para aguantarse. Vi a Khairul al otro lado de la habitación, masturbándose con una furia silenciosa, lágrimas corriendo por sus mejillas.
Justo cuando sus ojos empezaron a girar hacia atrás, aflojé el nudo. El aire entró en sus pulmones con un espasmo violento, y con él llegó un orgasmo tan devastador que su cuerpo se desplomó sobre la cama, temblando incontrolablemente. La seguía follando, sintiendo cómo sus espasmos internos me exprimían hasta el último límite.
Cuando por fin me retiré, ella yacía inmóvil, solo el suave levantarse de su pecho demostraba que estaba viva. Me volví hacia Khairul. Él se había corrido en su mano, y su semen manchaba el suelo. Nos miramos. No había palabras. Solo un entendimiento terrible y perfecto. Habíamos cruzado un umbral del que no había vuelta atrás. Shima no era solo hipersexual; necesitaba el dolor y la sumisión como otros necesitan el aire. Y yo, sin buscarlo, me había convertido en su sacerdote, y él, en el fiel que observaba el sacrificio. La noche, claramente, no había hecho más que empezar.
El silencio en la habitación era pesado, cargado con el peso de lo que acabábamos de hacer. Shima yacía sobre la cama de seda, un cuerpo tembloroso y satisfecho, un templo profanado y consagrado de nuevo. Yo, de pie, sentía el sudor enfriarse sobre mi piel, mi polla aún medio erecta, un recordatorio carnal de la ferocidad de la que había sido capaz. Y Khairul, en la puerta, era una figura enigmática y magnífica a la vez, su flacidez contrastando con la erección que había mantenido durante toda la sesión.
Fue Shima quien rompió el hechizo. Se incorporó lentamente, apoyándose sobre sus codos. Su pelo era un desastre, su maquillaje corrido, pero sus ojos brillaban con una nueva energía, una claridad peligrosa. No me miró a mí. Miró a su marido.
—Khairul—, dijo, su voz ya no era un susurro, era una orden. —Ven aquí—.
Él obedeció al instante, como un perro que responde al silbido de su amo. Caminó hacia la cama con la cabeza gacha, sin mirarme a los ojos. Su sumisión era palpable, un vapor que se desprendía de él y llenaba la habitación.
—Arrodíllate—, ordenó ella.
Él se arrodilló en el suelo, al lado de la cama, a la altura de su rostro. Shima acarició su mejilla, un gesto de ternura que era tan cruel como cualquier azote. —¿Viste, mi amor? ¿Viste lo que un hombre de verdad puede hacer? ¿Viste cómo me hizo sentir?—.
Khairul solo pudo asentir, un movimiento casi imperceptible. Su vergüenza era tan excitante como el poder de Shima.
—Pero no es justo—, continuó ella, y sus ojos se desviaron hacia mí, una chispa de maldad en ellos. —Alex ha hecho todo el trabajo. Ha satisfecho a tu esposa de una manera que tú nunca podrías. Es hora de que le des las gracias. Es hora de que participes—.
Me miró a mí y sonrió. —Alex, siéntate en el borde de la cama—.
Me senté. Shima se deslizó de la cama y se puso de pie junto a su marido arrodillado. Con una mano en el hombro de él, me señaló mi polla, todavía sucia de sus fluidos. —Límpiala, degústala, sabe a mi—, le dijo a Khairul. —Con tu boca. Es lo mínimo que puedes hacer para agradecerle por haberte dado el espectáculo que tanto te ha gustado—.
El mundo se detuvo. Vi el terror y la excitación luchando en el rostro de Khairul. Esto era una línea que no pensaba que cruzaríamos. Miré a Shima, buscando una señal, una broma. No la encontré. Solo vi a una mujer que estaba disfrutando de su poder absoluto sobre el hombre de su vida, el que se supone que es su dueño y señor.
—Adelante, Khairul—, susurré, probando el terreno. —Obedece a tu esposa—.
Él vaciló un segundo más. Luego, como si rompiera una cadena invisible, se inclinó hacia adelante. Sentí su aliento cálido y titubeante, y luego, la humedad y la suavidad de su lengua. Era tímido al principio, casi reverencial. Pero Shima no tenía paciencia para la timidez.
—¡No la lamas como un helado, imbécil! ¡Chúpala! ¡Hazlo bien!—, gritó, y le dio una bofetada en la nuca que hizo que Khairul diera un respingo.
La bofetada fue el catalizador. Khairul me tomó en su boca con una renovada y desesperada obediencia. Ya no era tímido. Era sumiso. Cumplía la orden de su esposa con una dedicación que me dejó sin aliento. Shima observaba, con una mano metida entre sus piernas, masturbándose lentamente mientras su marido me daba una mamada forzada y excitante.
—Sí, así—, gemía ella. —¿Sabes a qué sabe, Khairul? Sabe a mí. Sabe a tu esposa, bien follada. ¿Te gusta? ¿Te gusta el sabor de mi coño en la polla de otro hombre?—.
Él solo pudo emitir un gemido ahogado, un sonido de sumisión total.
—Eso es. Sigue. Quiero que se corra en tu boca—, me ordenó Shima, mirándome fijamente. —Y quiero que te lo tragues todo. Cada gota. Es tu castigo por no ser suficiente para mí y tu recompensa por ser un marido tan obediente—.
La combinación de su boca caliente y sus palabras obscenas fue demasiado. Agarré la cabeza de Khairul y la empujé hacia abajo, embistiéndole la garganta. Se ahogó, pero no se resistió. Con un rugido, me corrí, inundando su boca con mi corrida. Se tragó convulsivamente, parte de él se derramó por sus labios, pero se lo llevó todo, como le habían ordenado.
Cuando me retiré, él se quedó arrodillado, con la cabeza gacha, temblando. Shima se acercó a él, le levantó la barbilla y le dio un beso profundo, lamiendo los restos de mi corrida de sus labios. —Buen chico—, susurró. —Eres mi marido perfecto. Ahora, vete a la habitación de invitados. Alex y yo vamos a dormir aquí esta noche. No quiero verte hasta la mañana—.
Khairul se levantó, sin decir una palabra, y salió de la habitación como un autómata. La puerta se cerró suavemente detrás de él. Shima se giró hacia mí y se acurrucó a mi lado en la cama, como una gata satisfecha. —Ahora—, dijo con una sonrisa pícara, —es nuestro turno. Y esta vez, solo para nosotros—.
La cama de seda se sentía como un trono, y yo, el rey recién coronado de ese reino de perversiones. Shima se acurrucó contra mí, su cuerpo aún vibrando de los orgasmos, su mente convencida de que había ganado, de que me había convertido en su instrumento. Qué equivocada estaba.
La aparté de mí con una suavidad que era más amenazante que cualquier empujón. Se giró, confundida, una sonrisa de triunfo en sus labios. Esa sonrisa se congeló cuando vio mi cara.
—La fiesta ha terminado, Shima—, dije, mi voz baja y fría, desprovista de la calidez que había mostrado antes. —Tú ya no mandas aquí. A partir de ahora, el único que da órdenes soy yo—.
El color abandonó su rostro. Sus ojos, antes llenos de poder lujurioso, ahora se abrieron de par en par con una incredulidad genuina. —¿Qué... qué estás diciendo?—. Su voz era un hilo, la seguridad deshecha.
—Te estoy diciendo que tu juego de dominatrix aficionada ha acabado. Has querido sumisión, voy a darte la sumisión verdadera. La que no se pide, la que se impone—. Me levanté y me puse de pie frente a ella, mi sombra cubriéndola. —Ahora responde. ¿Alguna vez te han follado el culo?—.
La pregunta la golpeó como una bofetada física. Su expresión cambió del asombro al puro y absoluto espanto. —¡NO!—, gritó, retrocediendo sobre la cama como si yo fuera un monstruo. —¡ESO ES ASQUEROSO! ¡ES ANTINATURAL! ¡ES...!—.
La sonrisa que dibujé en mis labios debió ser algo terrible de ver. —Antinatural. Me gusta esa palabra. Es la misma que tu marido usaría para describir todo lo que hemos hecho esta noche. Qué hipócrita eres, Shima. Te gusta jugar a la sumisa, a la pervertida, pero te asustas de lo real—.
Me agaché, recogí el mismo cinturón de cuero que había dejado caer al suelo. Se lo enseñé. —Vas a aprender que no hay nada 'antinatural' cuando yo decido que lo hay. Vas a aprender que tu culo es tan mío como tu coño o tu boca y más teniendo un culazo como el que tú tienes—.
—¡No! ¡Por favor, no!—, suplicó, las lágrimas comenzando a brotar de sus ojos. Pero ya no era la dominadora; era una presa.
—CUATRO—, dije. —Uno por cada vez que me has ordenado hacer algo esta noche—.
El primer azote la hizo gritar de verdad. Ya no era un grito de placer liberado, era de dolor puro y agudo. La línea roja en sus nalgas se convirtió en el epicentro de su nuevo universo. El segundo y el tercero siguieron, dejando su piel en carne viva, temblando y sollozando. Cuando el cuarto cayó, su resistencia se quebró. Se derrumbó sobre la cama, llorando incontrolablemente, un montón de carne humillada y dolorida.
Me dejé caer sobre ella, sin darle tiempo a recuperarse. La agarré por la cintura y la obligué a ponerse a cuatro patas. Su cuerpo temblaba, un temblor de miedo y agotamiento. Separé sus nalgas con mis manos, revelando el pequeño y apretado orificio que tanto temía. Escupí en él, la única lubricación que iba a recibir.
—No... Alex, por favor... no ahí—, susurró, su voz rota por el llanto.
Hice caso omiso. Puse la cabeza de mi polla, todavía dura como el acero, en su entrada. Estaba increíblemente cerrada. Empujé. Un grito desgarrador escapó de su garganta cuando su ano cedió, rompiendo la resistencia. La penetré hasta el fondo, sin contemplaciones, sin piedad. El calor era diferente, más intenso, más primitivo. El ajuste era tan apretado que casi me dolía a mí.
Al principio, solo hubo dolor para ella. Su cuerpo se tensó, tratando de expulsarme, pero mis manos firmes en sus caderas la mantenían inmovilizada. La follé con una brutalidad calculada, cada embestida una reafirmación de mi poder, una violación de su último tabú.
Pero entonces, algo cambió. Entre sus sollozos, escuché un nuevo sonido. Un gemido. No de dolor. Era un gemido de placer profundo y retorcido, un placer nacido del propio dolor. Su cuerpo, que había estado rígido, comenzó a relajarse, a moverse sutilmente contra mí. Estaba empezando a disfrutarlo. Estaba disfrutando de la destrucción de su propio santuario.
Y entonces empezó a gritar.
—¡SÍ! ¡SÍ! ¡RÓMPEME EL CULO! ¡DESTRÓZAMELO!—, aullaba, su voz tan alta que las ventanas parecían vibrar. Sabía, con una certeza absoluta, que no gritaba solo para mí. Gritaba para Khairul. Gritaba para que su marido, en la habitación de al lado, escuchara cada palabra, cada insulto, cada declaración de sumisión. Quería que supiera que le estaba rompiendo su "delicado culito", que le estaba dando un placer que él nunca podría proporcionarle, un placer que nacía del dolor y la humillación más absolutas.
—¡TU ESPOSO ES UN MARIDO TÍMIDO! ¡YO SOY UN HOMBRE! ¡Y ESTE CULO ES MÍO!—, grité yo, embistiéndola con toda mi fuerza.
Sus orgasmos fueron una sucesión ininterrumpida de convulsiones y gritos. El último fue tan violento que su cuerpo se desplomó sobre la cama, completamente inconsciente, con mi polla todavía enterrada en su culo.
Me retiré lentamente. La miré, tirada en la cama, marcada, usada, rota. Y en el silencio que siguió, escuché un sonido desde la habitación de invitados. Un sonido suave, rítmico. Khairul, su marido sumiso y obediente, se estaba masturbando mientras escuchaba cómo yo follaba y dominaba a su esposa. Y en ese momento, supe que el control era mío. Total, y absolutamente mío.
Los deje solos en su casa y a los tres días fuimos a buscarla a donde ella trabajaba. Al verme ella actuó con mucha normalidad y casi con sumisión ante su marido. No era la mujer salvaje que yo sabía que habitaba dentro de ella. Me trataba con cordialidad, pero no con confianza. No hacía demostración de confianza y avisaba a su marido de que su familia iría esa tarde a su casa. Por eso no tardamos más y nos fuimos a mi piso.
El silencio en el coche era denso, un manto de normalidad forzada. Shima, sentada en el asiento del copiloto, era la imagen de la profesionalidad. Su traje, impecable; su maquillaje, perfecto y discreto. Hablaba con su marido de las compras, de la visita de su familia esa tarde, de planes domésticos. Era la esposa modelo, la nuera ejemplar. No había ni un rastro de la mujer que había gritado hasta quedarse ronca mientras la sodomizaba en su cama conyugal. Me trataba a mí, "el amigo de Khairul", con una cordialidad distante, una sonrisa educada que no llegaba a sus ojos. La sumisión que mostraba era la de la esposa tradicional, no la de la esclava sexual que yo había desatado.
Pero yo la veía. Veía la forma en que sus dedos se apretaban alrededor del bolso cuando me miraba por el retrovisor. Veía el leve temblor en su labio inferior cuando me dirigía la palabra. Era una actriz ganando un Oscar, y su público era su marido. Y yo sabía, con la certeza del que ha visto el alma desnuda de alguien, que debajo de ese traje de sumisión domesticada, latía un corazón de pura y voraz lujuria.
Khairul, por su parte, estaba tenso. Conducía con la mandíbula apretada, lanzándome miradas furtivas, una mezcla de miedo, respeto y una envidia tan profunda que casi podía olerla. Era el guardaespaldas de un secreto que lo consumía.
La excusa de la visita de su familia fue el detonante perfecto. —Deberíamos irnos, mi amor, para que tengas tiempo de preparar todo—, le dijo Shima a Khairul, su voz un canto de sirena de falsa preocupación. Él asintió, aliviado, y enfiló hacia mi piso.
El trayecto final fue un silencio de expectación. Cuando apago el motor en mi garaje, la tensión era casi un sonido audible. Subimos en silencio. Abrí la puerta de mi piso y, en cuanto cruzamos el umbral, la máscara de Shima se hizo añicos.
Khairul se disponía a seguirnos dentro, pero Shima se detuvo en seco. Se giró hacia él y, con una calma helada, se quitó el bolso del hombro y se lo arrojó a su pecho. —Quédate ahí. Y no hagas un ruido. Los adultos vamos a hablar—.
Antes de que Khairul pudiera reaccionar, yo ya había agarrado a Shima por el brazo y la había empujado contra la puerta, que se abrió de golpe. La miré a los ojos. Ya no había cordialidad. Solo hambre.
—¿Tres días, eh, perra?—, susurré, mi voz áspera contra su piel. —¿Tres días actuando como la santa esposa?—.
—¡He estado muerta!—, siseó ella, y sus manos subieron a mi cuello, tirándome hacia ella. —¡He estado muerta sin tu polla! ¡He estado follando a mi marido con los ojos cerrados imaginando que eras tú! ¡He estado en mi trabajo, en reuniones, con el coño goteando pensando en cómo me rompiste el culo, en cómo me azotaste, en cómo me obligaste a ser lo que realmente soy!—.
Nuestros labios se encontraron en un beso violento, de dientes y lengua. No había ternura, era una pelea, una lucha por dominar. La aparté de la puerta y la empujé brutalmente contra la mesa del salón. El cristal tembló bajo el impacto. Ella soltó un gemido de dolor y placer.
—¡Mírame!—, ordenó, sus ojos brillando con una locura feroz. —¡Mírame y fóllame como a la zorra que soy! ¡Hazle saber a ese pobre hombre de ahí fuera que su esposa no es más que una guarra para tu polla!—.
Con un movimiento rápido, levanté su falda larguísima y le arranqué las medias de seda. No llevaba bragas. Su coño estaba ya hinchado, abierto, brillando. Estaba lista. Se agarró a los bordes de la mesa, arqueando la espalda, ofreciéndose a mí. —¡Ahora! ¡Ahora mismo! ¡Déjame sentir lo que me ha faltado!—.
La penetré de un solo golpe, sin previo aviso. Un grito gutural escapó de su garganta, un sonido de pura posesión. La follé con una rabia contenida durante tres días, cada embestida un castigo por su ausencia, una reafirmación de mi propiedad sobre su cuerpo.
—¡SÍ! ¡ASÍ! ¡MÁS DURO!—, gritaba, sin importarle que Khairul estuviera mirando, escuchando todo. —¡Él nunca me ha follado así! ¡Él es un niño! ¡Tú eres un hombre! ¡¡ESTE COÑO ES TUYO!!—.
La mesa golpeaba la pared con un ritmo frenético. Sus palabras eran un torrente de obscenidades, un himno a mi poder y a su propia sumisión. —¡Quiero que me llenes! ¡Quiero que corras dentro de mí y luego vaya a casa y le haga a mi marido la cena con tu semen goteando de mis piernas!—.
Esa imagen, esa declaración de victoria tan perversa, fue lo que me hizo perder el control. La agarré con fuerza por las caderas y la embestí una última vez, tan profundo que sentí cómo la golpeaba en el fondo de su ser. Me corrí con un rugido, llenándola, marcándola por dentro como la había marcado por fuera.
Nos quedamos así un momento, los dos jadeando, pegados el uno al otro, con el olor a sexo y sudor llenando la habitación. Entonces, ella se giró lentamente, su cara una máscara de éxtasis satisfecho. Se acercó a la entrada del piso.
Khairul estaba allí, de pie, pálido, con una erección dolorosamente evidente bajo su pantalón. Shima lo miró con desdén y con una sonrisa triunfal. Se pasó un dedo por su sexo, recogiendo una mezcla de nuestros fluidos, y se lo acercó a la cara de su marido.
—Esto es lo que es un hombre, Khairul—, susurró. —Ahora, vámonos que hay que preparar todo para la familia.